Televisión y decadencia

agosto 11, 2011

Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro.      Groucho Marx 

 La prosperidad material y el avance tecnológico constituyen armas de doble filo que es imperativo saber manejar, de lo contrario pueden arrastrarnos a la decadencia espiritual y cultural, y por ende dar pie al anquilosamiento creativo. Lamentablemente, esta decadencia o desculturización de la sociedad es una realidad actual, gracias, no en pequeña medida, al narcótico más adictivo y de más amplio consumo en Estados Unidos y en todo el mundo: la televisión. La cultura audiovisual de la televisión representa todo lo que la auténtica cultura no es. La persona que busca estímulo intelectual y enriquecimiento cultural, no los hallará en la televisión sino en la buena literatura.

La televisión nos entretiene—y esta es una función válida—y a veces puede hasta instruirnos. Sin embargo, ¿cuánto tiempo pasamos idiotizados por las superfluas y a menudo degradantes tramas televisivas ideadas para nuestro consumo? ¿Somos conscientes de todo el tiempo que hemos perdido hablando de lo que sucede en la televisión, en la mayoría de los casos inconsecuente? ¿Cuántas horas hemos malgastado embobados por una retahíla de culebrones, telenovelas a menudo genéricas,  siempre políticamente correctas y descafeinadas? No en balde al televisor se le llama acertadamente la “caja del idiota”.

La decadencia de la sociedad en todo aspecto y la corrección política han contaminado a la televisión quizá más que a ningún otro medio. Los antihéroes se multiplican como los conejos. La claridad moral ha sido reemplazada por la ambigüedad. En la guerra sin cuartel de los ratings, se apunta a lo más bajo para llegar a mayor número de televidentes. Así, la hedionda marea de vulgaridad continúa su ascenso. Y es que la virtud por excelencia en este espléndido mundo posmoderno— donde las verdades absolutas no tienen cabida, el revisionismo histórico es norma y el razonamiento lógico y el discernimiento fundamentado en el bien y el mal han sido tirados por la borda— es la bendita “tolerancia” de todos y de todo.

Es cierto que no todo lo que nos llega a través de la pantalla chica es nocivo. Sin embargo, quizá uno de los mayores peligros de la televisión es la pasividad de la televidencia, la cual daña la capacidad de abstracción, porque mediante el continuo bombardeo de imágenes, nos lo entrega todo masticado y semidigerido. La televisión es, además, enemiga a muerte de la lectura y la reflexión, ya que nos convierte en espectadores pasivos y nos va formando una coraza de indolencia cada vez más gruesa e impenetrable.

La cultura que debe concernirnos y formarnos es la del libro. La cultura popular de la pantalla chica, superflua y  vulgar, es una agresión continua e inmisericorde contra el pensamiento y contra el conocimiento que verdaderamente enriquece. Aun en el actual mundo en que priman las imágenes televisivas, la cultura está primordialmente ligada a los libros, puesto que las imágenes televisivas no pueden transmitir cultura ya que el sentido de lo comunicado está íntimamente ligado al medio de la comunicación. Esto se debe a que la comunicación de la televisión es parecida a la de la realidad, en la que la voz, los gestos, el lenguaje corporal y las emociones,  junto con otros factores, hacen posible la transmisión del sentido. Sin las imágenes (el medio) la comunicación del significado se hace imposible. De ahí la capital importancia del hábito de la lectura.

El insustituible hábito de la lectura

El mundo está dividido en dos grupos: los que leen y los que no leen. Desafortunadamente, los que leen son una minoría. Las estadísticas recientes sobre la lectura en Estados Unidos, el primer mercado editorial del mundo, no son alentadoras: El 50 por ciento de los adultos carece de la capacidad para leer un libro con nivel de lectura de octavo grado; El 42 por ciento de los graduados universitarios nunca más leyó un libro después de su graduación; Sólo el 5 por ciento de aquellos que se consideran lectores dice haber leído obras exclusivamente de ficción. No en balde en Estados Unidos se han debilitado los vínculos y referencias culturales comunes, y es evidente el empobrecimiento del acervo cultural de la sociedad.

En un hogar donde los adultos no acostumbran a leer, es sumamente difícil que un niño adquiera este insustituible hábito. De manera que quienes no leen o leen sólo cuando están obligados a hacerlo, puestos a escoger, siempre optarán por la pantalla chica. Por eso quien no logra superar su aversión a la lectura jamás podrá ser un buen estudiante, y mucho menos una persona culta, ya que las riquezas de la cultura estarán siempre fuera de su alcance.

Para empeorar aún más las cosas, hoy tenemos el lenguaje escrito en la modalidad del “texteo” telefónico, casi carente de gramática, que no es más que una desintegración del idioma en el que lo único que subsiste es el vocabulario, y para colmo abreviado, en detrimento de la buena ortografía.

El mercado de los libros está en crisis. En Estados Unidos, el decreciente número de librerías en este panorama sombrío continúa librando una valiente batalla para impedir, o al menos retardar, su desaparición. El aumento de la venta de libros electrónicos a nivel mundial y el fácil acceso a las librerías en línea, han agudizado esta crisis, pero no la han causado. Según las estadísticas, la verdad incuestionable es que cada día se venden menos libros y periódicos. El público en su mayoría no recurre a los periódicos y a los libros para informarse e ilustrarse, sino a la televisión y a Internet.

No obstante, la buena literatura nunca pasa de moda, ni es, como algunos piensan, un frívolo pasatiempo de mujeres. La buena literatura ha sido y seguirá siendo la fuente primaria de la verdadera cultura. Por eso es que los libros, cuando hemos aprendido a escogerlos,  a valorarlos y a invertir tiempo y esfuerzo en su lectura, son amigos fieles, pacientes y sabios que enriquecen nuestras vidas como tal vez ninguna otra cosa puede hacerlo.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.

Publicado en El Nuevo Herald el 22 de mayo de 2011,  Televisión y decadencia


El mito de la separación de la iglesia y el estado

agosto 3, 2010

 

La mítica y trillada frase—separación de la iglesia y el estado—ha sido empleada tantas veces en los juzgados estadounidenses y repetida hasta la saciedad por la prensa que hay millones de estadounidenses convencidos de que forma parte de la primera enmienda a la constitución. La frase, sin embargo, no aparece en ninguna parte de la constitución, de sus enmiendas, ni de ningún documento fundacional. La primera enmienda jamás tuvo como objetivo desalojar a Dios del gobierno y sus instituciones. Inequívocamente, la primera enmienda establece que ninguna religión ha de tener carácter estatal. Punto.

La Carta de Derechos, conocida en inglés como Bill of Rights, denomina las diez primeras enmiendas de la Constitución de los Estados Unidos de América. Estas diez enmiendas tienen una doble finalidad: limitar el poder del gobierno federal y garantizar los derechos y libertades de los ciudadanos.

La primera Enmienda a la Constitución de Estados Unidos forma parte de la Carta de Derechos de este país. ¿Cuál es su propósito? Muy sencillo y fundamental: prohibir que la legislatura estadounidense apruebe  cualquier ley relacionada con la adopción de una religión o ratifique cualquier ley que prohíba la libertad de culto, de expresión, de prensa, de reunión o de petición. A continuación citamos íntegramente la primera enmienda a la Constitución de Estados Unidos:

El Congreso no aprobará ley alguna por la que adopte una religión oficial del estado o prohíba el libre ejercicio de la misma, o que restrinja la libertad de expresión o de prensa, o el derecho del pueblo a reunirse pacíficamente y a pedir al gobierno la reparación de agravios.

Es decir, que la primera enmienda a la Constitución de Estados Unidos prohíbe el establecimiento de una religión patrocinada por el gobierno federal. Se procuraba impedir a toda costa lo que ocurría en Inglaterra y su iglesia estatal, a saber, que el gobierno manejara los asuntos de la iglesia y que interfiriera con las prácticas religiosas de los ciudadanos.  Sin embargo, no tenía nada que ver con que el gobierno pudiera ayudar equitativamente a todas las denominaciones religiosas.

¿Qué ocurrió el día después de que la Casa de Representantes adoptara la primera enmienda?  El representante Elías Boudinot propuso una resolución mediante la cual se solicitaba al presidente Jorge Washington que promulgara un Día Nacional de Acción de Gracias (Thanksgiving Day). El 25 de septiembre de 1789, se aprobó la resolución propuesta por Boudinot. Ahora bien, si ACLU (siglas en inglés de American Civil Liberties Union, organización pantalla socialista establecida en 1920, brazo jurídico del movimiento humanista secular estadounidense, y la más exitosa en la destrucción de las leyes y los derechos tradicionales de los ciudadanos estadounidenses) hubiera existido en aquel entonces, no cabe duda de que se habría opuesto tenazmente a esta resolución.

 

La institucionalización de la mentira: el mito del “muro de separación entre la iglesia y el estado”

¿Cuál es la procedencia de la frase “muro de separación entre la iglesia y el estado”? La mítica frase se pronunció por primera vez en el caso histórico Everson v. Board of Education (Everson versus la Junta Escolar) de la Corte Suprema. El juez Hugo Black dio a conocer un inaudito principio jurídico: “La Primera Enmienda ha levantado un muro entre la iglesia y el estado. Ese muro debe mantenerse alto e infranqueable. No podríamos aprobar la más mínima violación”.  

Desde entonces, el poder judicial estadounidense, paulatina e implacablemente,  ha ido eliminando de la propiedad pública toda huella de cristianismo, ya sea lenguaje, simbolismo, o imágenes. Durante la década del sesenta se aprobaron leyes que prohibieron la oración y la enseñanza religiosa en las escuelas públicas. Más tarde surgieron los inconcebibles litigios en torno a si los alumnos de las escuelas públicas debían emplear la frase “bajo Dios” en el juramento de fidelidad a la bandera. En la actualidad, el poder judicial interpreta la primera enmienda de manera radicalmente distinta o como lo hicieron sus antecesores durante el primer siglo y medio de la república estadounidense. ¿Por qué, si el significado de la constitución estadounidense y sus enmiendas es extremadamente claro? No se trata de un documento complejo y extenso, cuya interpretación requiere de expertos descifradores, poseedores de claves y secretos de los que el ciudadano promedio no dispone. La constitución estadounidense no es como el libro de Apocalipsis en la Biblia u otros escritos difíciles de descifrar. Se trata de un documento breve, claro y de redacción bastante reciente.  De manera que el problema fundamental radica en la pérdida del compromiso que tenían los jueces de la corte suprema estadounidense con los encumbrados principios  fundacionales de la nación. Cuando la fe en el Dios verdadero se descarta como principio regidor de la  vida y el gobierno del hombre, cuando la cosmovisión cristiana ha sido reemplazada por una cosmovisión humanista secular, que no toma a Dios en cuenta o que en el mejor de los casos lo relega a un plano secundario, entonces no es de extrañar que el compromiso con la constitución y sus enmiendas, y el respeto por las mismas disminuya considerablemente o se pierda por completo.

Lo que a menudo se repite, aunque sea una garrafal mentira, llega a creerse como verdad inapelable. Y el mito de la “separación de la iglesia y el estado” es una de esas mentiras que muchos se han tragado, como carnada con anzuelo, sin por lo menos haberse tomado el trabajo de leer la constitución y las enmiendas. La primera enmienda es, clara e indiscutiblemente, una prohibición dirigida al gobierno federal estadounidense. De hecho, si cuando se ratificó la enmienda los trece estados originales de la Unión hubiesen interpretado (por su claridad, sencillez y brevedad, no había nada que interpretar) que la prohibición incluía a los gobiernos estales, la hubieran rechazado. ¿Por qué? Porque cerca de la mitad de los  trece estados originales habían establecido religiones estatales. De manera que, durante el primer siglo y medio de la república estadounidense, tomando en cuenta el contexto del la primera enmienda, la frase, “por la que adopte una religión oficial del estado”, significaba, simple y llanamente, que el gobierno federal no apoyaría ni impondría una iglesia nacional o denominación en particular. ¿Qué ha ocurrido desde entonces? Debido a debilitamiento del cristianismo en Estados Unidos y a la creciente hostilidad hacia éste, el significado de la primera enmienda ha sido radicalmente alterado. En la actualidad, adoptar “una religión oficial del estado”, inconcebiblemente, incluye pronunciar en público el nombre de Dios y de Cristo, y citar la Biblia y los Diez Mandamientos. Sin embargo, los fundadores de esta gran nación jamás tuvieron la intención de que el gobierno estuviera aislado de Dios o que dejara de reconocer su existencia. Mas debido a la prevaleciente y errónea interpretación de la primera enmienda y el consiguiente levantamiento de un  anticonstitucional “muro de separación entre la iglesia y el estado”, el gobierno estadounidense se ha tornado tan secular como los regímenes comunistas  de Cuba, China y de la antigua Unión Soviética (ver capítulo titulado Estados Unidos:  la rana en la olla).

En conclusión, según la carta escrita por Thomas Jefferson en 1802, poco después de convertirse en presidente de la nación (quien utilizó esta expresión, tomada de una metáfora empleada e un conocido sermón de la época, titulado  The Garden and the Wilderness [El jardín y la jungla]), y dirigida a la Asociación Bautista de Danbury, Connecticut, el “muro de separación” de la metáfora  era para proteger “el jardín” de la iglesia de la invasión de “la jungla” del gobierno, no viceversa. Además, la constitución de Estados Unidos no es un documento viviente que cambia de significado—como algunos pretenden hacernos creer— según la época, las circunstancias y sus intérpretes, sino un contrato íntegro de naturaleza inalterable. En esto, precisamente, radica su verdadero valor y vitalidad. De manera que los continuos e implacables intentos por cambiar, tergiversar o reinterpretar su significado, no son más que atentados contra su auténtico valor y su vida real, que es su inalterabilidad. Así que una constitución cambiada (excepto por enmienda), tergiversada o reinterpretada, como de hecho no pocos jueces nos quieren entregar hoy caprichosa y arbitrariamente,  es una constitución anulada e inservible. Logrado esto, quedan destruidos los fundamentos jurídicos de la nación. No obstante, la constitución estadounidense y sus enmiendas, interpretadas según los designios originales, posee auténticos valor y vida.

El juez de la corte suprema estadounidense, William Renquist, dijo: “La metáfora del “muro de separación” constituye pésima historia y peor ley. Ha caotizado totalmente los fallos judiciales. Debería abandonarse definitivamente”.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso del autor.


Did Jesus Christ Really Exist?

diciembre 7, 2009

 

 

I sometimes get questions about the existence of Jesus from dishonest and ignorant people. Often I feel those questions should not be dignified with a reply.  However, I believe in giving people the benefit of the doubt, and the opportunity to know the true and only Savior, because that is exactly what Christ himself would have done.

People even with the most rudimentary knowledge of history know that at the very least there are, not hundreds, but millions of books written about Christ. History would be almost incomprehensible without Christ. Western culture and American democracy would not have been possible without the influence of Jesus and his words in the Bible. Therefore, doubting the existence of Jesus is equal to saying that history and western culture are based on a myth.

Proving that Christ was a real person is not an issue to any thinking person with a general knowledge of history. However, Christ was much more than a historic figure. He was God in the flesh, the Savior sent by the Father to die for the sins of humanity. He claimed to be the Creator of the universe, the one who can forgive sins. The totality of the prophesies concerning his life and work came true when he came to this world. He also said the Bible is the word of God. Now, if the Bible is not the word of the only true God, Christ was a liar. But if he told the truth, as we believe he did, then the Bible is the word of the living God, and the Bible says that Christ is the only way to heaven, the only Savior. You see, truth is not relative to the individual. Truth is absolute. The law of gravity is an absolute truth. Even if you deny it’s true, if you jump from a ten story building, you will surely pay the consequences. Fundamental biblical truths about Christianity are the same. You may choose to reject them, but you will surely pay the consequences of your decision, and not invalidate those truths at all.

No theologian or serious Bible scholar worth its salt would even dare to challenge the divinity of Christ, much less his existence.

I recommend reading the great little book More Than a Carpenter, by Josh MacDowell, and The Case for Chirst, by Lee Strobel.  Last but not least, read the Gospel of John. You must be warned- reading the Bible could lead to a radical transformation in your own life. Remember, we  cannot both be right about this issue. This is the law of non-contradiction: the opposite of true is false. However, if I am wrong, I have nothing to lose, but you would have everything to lose, because Christ said that he is the only way to heaven, and the only ticket out of hell. What you believe or not will not change these biblical truths; however it will affect your eternal destiny.

 May the historical Jesus, the Christ of the Bible, the Savior of the world, give you understanding and humility to believe and accept these truths and know the Savior personally, not because I say so, but because they are fundamental truths for all humans.

“For God so loved the world, that He gave his only Son, that whoever believes in Him, should not perish but have everlasting life (John 3:16).”

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.

 


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