El auténtico intelectual y la fe en Dios

febrero 24, 2009

rousseau1

cs-lewis1

            J. J. Rousseau                                C.S. Lewis

¿Se puede ser un auténtico intelectual y a su vez tener fe en Dios? También cabe la pregunta, ¿se puede ser un verdadero intelectual y al mismo tiempo ser ateo? Aunque la palabra “intelectual” en la actualidad tiene connotaciones peyorativas, es preciso que primero definamos en términos sencillos y al menos en el sentido más amplio del vocablo quién es un intelectual. El diccionario de la Real Academia Española define a un intelectual como aquel que se ha “dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras”. En el antiguo Diccionario Webster Ilustrado leemos que un intelectual es aquel que “posee un elevado grado de inteligencia y entendimiento”. En la actualidad abundan los diccionarios en línea. Uno de los más conocidos, WordReference.com, aporta la siguiente definición de intelectual: “Que realiza actividades que requieren preferentemente el empleo de las facultades del intelecto”.  Según la edición en español (Siglo XXI, México, febrero de 2001), del Diccionario de Política de Bobbio, Matteucci y Pasquino, los intelectuales son “artistas, investigadores, científicos y, en general, los que han adquirido, con el ejercicio de la cultura, una autoridad y un influjo en las discusiones públicas”. Según el escritor cubano Carlos Alberto Montaner, un intelectual es “alguien que se aproxima a la realidad desde el mundo de las ideas”. Otra definición añade que un “intelectual es aquel que está enamorado de la sabiduría y anda siempre en busca de la verdad”.

Aunque las definiciones anteriores son incompletas –en particular las de los diccionarios, que son tan generales que ayudan poco–, y el intelectual escapa a una definición concreta y restrictiva, las mismas arrojan alguna luz sobre el significado del vocablo. Tomándolas en conjunto, podemos afirmar que un intelectual es la persona que consagra una porción substancial de su vida al estudio y la reflexión crítica y equilibrada sobre la realidad y el mundo en que la ha tocado vivir. Por eso estimamos que ningún ateo puede ser un auténtico intelectual; en el mejor de los casos se trata de un intelectual incompleto o truncado, porque aparte de Dios no hay verdadero conocimiento ni reflexión crítica y equilibrada sobre la realidad ni sobre nada.

Cuando se descarta a Dios, la sabiduría humana no sólo es incompleta sino en extremo engañosa. A la persona que busca sabiduría prescindiendo de Dios, puede ocurrirle lo que dice la Biblia: que siempre está aprendiendo, pero nunca llega al conocimiento de la verdad; o se envanece en sus propios razonamientos, y profesando ser sabio, no hace otra cosa que convertirse en necio. Porque es imposible ser sabio prescindiendo de Dios. El que desecha a Dios tiene, en el mejor de los casos, una perspectiva muy limitada y defectuosa de la realidad, de la vida en general y del ser humano en particular. Y al desechar a Dios, desprecia la sabiduría por excelencia y eterna, se pierde en el laberinto de los conocimientos humanos y se convierte en sabio según su propia opinión.

Antiguamente el intelectual era el sacerdote o el ministro religioso. A partir del siglo dieciocho, con Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), considerado uno de los escritores más influyentes de todos los tiempos, quien a su vez era un desequilibrado mental con delirio de persecución, y un mentiroso patológico, convencido de su absoluta rectitud moral, comenzaron a surgir los intelectuales modernos y laicos, entre los que ha habido creyentes en el Dios verdadero, agnósticos y ateos. Según el historiador británico Paul Johnson, en su libro titulado Intelectuales,  “por primera vez en la historia humana, y con confianza y audacia creciente, estos hombres afirmaban que podían diagnosticar los males de la sociedad, y curarlos, usando sólo sus propios intelectos”. Estos “nuevos intelectuales laicos”, afirma Johnson, desde entonces “han sometido con deleite a la religión y a sus protagonistas al escrutinio crítico”. (Es incomprensible cómo los intelectuales le han prestado tanta atención durante más de dos siglos a las ideas incongruentes y contradictorias del sagaz e infame de Rousseau. Sólo la credulidad y la ceguera humanas pueden explicar al menos en parte este fenómeno.  En el libro ya citado, Johnson señala que “todo esto es muy desconcertante y sugiere que los intelectuales son tan poco razonables, tan ilógicos y tan supersticiosos como cualquiera. La verdad parece ser que Rousseau fue un escritor de genio, pero irremediablemente desequilibrado tanto en su vida como en sus ideas”.) Además de lo antes dicho, debe tenerse presente que la intransigencia y el extremismo fueron características distintivas de casi todos los intelectuales más influyentes de las dos últimas centurias, como Rousseau, Shelley, Marx, Ibsen, Tolstoi, Brecht, Russell, Sartre,  Gollancz y Hemingway, para mencionar sólo a algunos de los más conocidos.

 

A pesar de que hay diversidad de ideologías entre la intelectualidad y no existen criterios de objetividad absoluta para reconocer a una persona como intelectual, consideramos que un “intelectual ateo” es en gran medida un oxímoron, una contradictio in terminis, aun teniendo en cuenta el alto grado de secularización y hostilidad hacia el cristianismo del mundo actual. El auténtico intelectual busca la verdad sobre todas las cosas, aunque el descubrimiento de la misma le obligue a menudo a cambiar de parecer. Ciertamente, como en una de las definiciones ya citadas, el intelectual está enamorado de la sabiduría: una sabiduría que incluye sin lugar a dudas la palabra de Dios. Esta búsqueda invariablemente conducirá de regreso a Dios, porque el principio de la auténtica sabiduría “es el temor de Jehová” (Proverbios 1:7). Además, el auténtico intelectual, aunque casi siempre es opinionado y crítico, no es sabio en su propia opinión ni soberbio, pues esto es característico del ignorante, no del genuino intelectual, del necio, no del sabio.

 

El auténtico intelectual tiene una mente abierta ante las distintas interpretaciones de la realidad, sin embargo posee discernimiento y sabiduría desarrollados y refinados por un profundo conocimiento de la palabra de Dios, los cuales le permiten con convicción y denuedo, en base a los principios expuestos en la palabra de Dios y a una percepción correcta de la realidad, intentar guiar a la sociedad y por ende contribuir de alguna manera a la transformación del mundo para bien. Aunque, a decir verdad, en el mundo actual este papel tradicional y un tanto mesiánico del intelectual ya ha pasado a la historia. Su rol actual no es tan determinante como quizás lo fue en otras épocas. Además, el auténtico intelectual jamás pierde de vista que Dios existe, está presente y se mantiene muy al tanto de todo lo que ocurre en este mundo que Él creó, a pesar de que los falsos intelectuales modernos quieran de un plumazo hacerlo desaparecer.

 

El verdadero intelectual es tolerante con las ideas ajenas, aunque discrepe de las mismas. El escritor cubano Jorge Mañach, en su ensayo titulado La crisis de la cultura en Cuba, con mucho acierto afirma: “El intelectual que se pique definitivamente con un juicio adverso al punto de acibarar su antigua simpatía, no tiene de “intelectual” sino el ribete, pues aun estará por florecer en él la devoción esencial de todo espíritu culto, que es el amor a la verdad, y en todo caso, al respeto de la civil opinión ajena”. Sin embargo, pese a que el auténtico intelectual debe ser tolerante con las ideas ajenas y a su vez ser consciente de sus flaquezas y tener presente sus limitaciones y lagunas de conocimientos, existe una debilidad humana universal y perenne que los amenaza constantemente, no sólo a ellos, sino también al resto de la humanidad, a saber: no creer la verdad y darle crédito a la mentira. Y la mentira a menudo es difícil de descubrir, porque cabalga sobre los lomos de la verdad.

 

Para concluir, citamos como ejemplo de auténtico intelectual a Clive Staples Lewis, nacido en Belfast, Irlanda en 1898. C.S. Lewis fue profesor de Literatura Medieval y Renacentista en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y ha sido uno de los grandes intelectuales de todos los tiempos. El maestro apologista fue autor de Las Crónicas de Narnia, Cartas del diablo a su sobrino, Trilogía cósmica, Mero cristianismo, La abolición del hombre, El problema del dolor, Los cuatro amores y muchas otras conocidas e influyentes obras literarias a nivel mundial. Se convirtió al cristianismo en 1931 y se hizo miembro de la Iglesia de Inglaterra (Anglicana). El propio Lewis señala su amistad con el escritor británico J.R.R. Tolkien (El señor de los anillos) y los escritos de G.K. Chesterton como influencias definitivas en su conversión.

 

Por supuesto, estamos hablando de “auténticos intelectuales”, y de estos, desafortunadamente, ha habido muy pocos en el mundo.

 

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor

 


Influencia del ateísmo y el humanismo secular en el arte contemporáneo

enero 21, 2009

colorfulglasstreflection-low

 

Colorful Glass Reflection, arte digital

Guido F. Castellanos

 

 

 

 

El verdadero artista siempre ha empleado su arte para hallarle sentido al mundo en que le ha tocado vivir. Su arte, ya sea la literatura, la poesía, la pintura, la escultura, la música, o la actuación, es tanto su herramienta para el continuo descubrimiento, como el medio para la transmisión de sus descubrimientos al público, pues la obra artística se destina a los demás. El artista no sólo comparte tales develamientos con el mundo, sino que él mismo se convierte en vehículo de cultura.

 

 

Gabriel García Márquez, galardonado con el premio Nobel de Literatura en 1982, en su libro de memorias titulado Vivir para contarla, con mucho acierto dice: “La vocación artística es la más misteriosa de todas, a la cual se consagra la vida íntegra sin esperar nada de ella”. Dicho esto, es necesario señalar que, lamentablemente, el arte contemporáneo, regido mayormente por un código humanista secular, ateo, materialista, y políticamente correcto, ha asumido un papel central como medio de autorrealización y de libre expresión. Y digo “autorrealización y libre expresión” porque éstas no son equivalentes de auténtico arte. En la actualidad innumerables “artistas” emplean la pintura, la escultura, la poesía, la literatura, la música, la actuación, como vehículos para exteriorizar un ser íntimo y recóndito que con harta frecuencia, aun después de una reiterada exteriorización, es incomprensible para los demás.

 

 

Hace poco leí la entrevista de una poetisa, quien declaró sin el menor reparo que su único dios es la poesía. Supongo que estos “poetas ateos” concuerdan con el bardo inglés Shelley cuando éste afirma que “la poesía, con su servidora la imaginación y su ambiente natural la libertad, constituyen el trípode sobre el que se apoyan la civilización y la ética”. Este renombrado poeta e intelectual inglés fue uno de los fervientes discípulos del trastocado intelectual Juan Jacobo Rousseau, sustentaba principios socialistas y perseguía una transformación política que incluía la destrucción de la religión organizada. Lamentablemente, hay artistas que tienen fe en muchas cosas menos en el verdadero Dios. Ciertamente si Dios no existiera, cualquier dios podría ser bueno, si se entiende por “dios” cualquier persona o cosa que tiene la preeminencia en nuestra vida; el arte sería posiblemente uno de los mejores. Pero como que Dios sí existe, ningún substituto satisface plenamente, ninguno es bueno aparte del Dios verdadero; todos se convierten en simples ídolos con pies de barro, y con harta frecuencia en tiranos. No es de extrañar que el arte contemporáneo haya sustituido en gran medida a la religión organizada.

 

 

La influencia demoledora del ateísmo y el humanismo secular en el arte contemporáneo se pone de manifiesto en la creciente y desafortunada tendencia de empequeñecer al ser humano y despojarlo de su dignidad. Se ha ido colando el concepto humanista secular y ateo de que no somos más que carne, huesos y fluidos corporales, que no tenemos un espíritu que trascenderá a nuestros cuerpos mortales, limitados por la materia, el espacio y el tiempo, por lo que muchos artistas se han obsesionado con la miseria, la degradación, la decadencia y la vulgaridad. Estos temas son ensalzados y recurrentes en sus obras. Y muchos, si no se han adherido de lleno al feísmo, al menos incursionan en el terreno de esta tendencia artística y literaria que se empeña en defender lo antiestético y lo vulgar.

 

 

Como acertadamente ha expresado Pedro Carrero Eras, profesor de literatura de la Universidad de Alcalá de Henares, en España, “el arte, en cualquiera de sus manifestaciones y recursos temáticos, está obligado a distanciarse de la vulgaridad”. La vulgarización de las artes, particularmente de la literatura, es mayormente fruto del relativismo moral, el cual se origina en el ateísmo y el humanismo secular. Hay escritores que ridiculizan la misma noción de la expresión vulgar y desvergonzada y rinden culto al mal gusto, porque para ellos todo lenguaje, por procaz y ofensivo que sea, es válido para expresarse libremente. Porque lo que estos artistas llaman “libertad de expresión” a menudo no es otra cosa que un conveniente pretexto para el egoísmo, la irrespetuosidad y la desvergüenza. Con frecuencia esa “libertad de expresión” que tanto exigen, cacarean y defienden no es más que burdo libertinaje. De manera que el concepto de vulgarización, en lo que a la literatura se refiere, es inaceptable para estos literatos modernos. Sin embargo, la marcada vulgarización de una sociedad, como la cubana bajo el régimen marxista y ateo de La Habana, es innegable síntoma del avanzado grado de relajamiento y decadencia de una cultura que ha sido brutal y sistemáticamente destruida. Los artistas no hacen más que reflejar en su obra esa destrucción. Y si para ellos Dios no existe, si impera el relativismo moral, y lo procaz y degradante es plausible como legítima expresión artística, ¿de dónde provendrá la inspiración para crear un arte de elevado vuelo, ennoblecedor, que realmente inspire y edifique? ¿Del nihilismo, del relativismo moral, del feísmo, del empobrecimiento y la vulgarización cultural?

 

 

Lo antes dicho tiene poco o nada que ver con la creación de “arte religioso”, porque el elemento religioso con harta frecuencia está presente en el arte de los ateos y humanistas seculares, aunque el mismo sea hostil al Dios verdadero y al cristianismo. Por eso es que en tantos museos y galerías de arte contemporáneo, al igual que en librerías, cada día se exhiben y se ponen a la venta mayor número de “obras de arte” y “literarias” en las que se celebra lo chabacano, lo escatológico, lo chocante, lo grotesco y lo vulgar.

 

 

Para concluir, citemos como ejemplo las obras de dos pintores franceses afamados de siglos pasados: George Rouault y Henri de Toulouse-Lautrec. El artista católico Georges Rouault pintó prostitutas, como también lo hicieron numerosos de sus contemporáneos. Sin embargo, vale la pena notar la diferencia entre la obra de Rouault y la de Tolouse-Lautrec. El influyente crítico de arte francés Louis Vauxcelles, a quien se atribuyen los vocablos denominativos de dos estilos artísticos, Fauvismo y Cubismo, notó la diferencia en la obra de Rouault: “A diferencia de Toulouse-Lautrec, cuando Rouault pinta una prostituta no existe el deleite cruel de presenciar la exaltación del vicio por parte de una criatura. Él sufre y además llora”. En esto, precisamente, radica uno de los grandes males que aquejan al arte contemporáneo, fruto primordialmente de la perniciosa influencia del ateísmo y el humanismo secular.

 

 

Guido F. Castellanos

 

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor


Are You an Art Snob?

octubre 22, 2008

Free Blown Floor Decanters (28″ to 37″ tall) from 1958-74, made by Blenko Glass Company and designed by Wayne Husted and John Nickerson.

Blue Dream, Guido F. Castellanos, Abstract digital art

The art snob should always remember the medium does not create the art, the artist does.                                                                    

 Are You an Art Snob?

Snobs are everywhere. They have always existed. Some are more easily identified than others. However, in today’s post we want to concentrate on the Art Snob (or the Snobbish Artist). We will be concerned with two questions: 1) Can you identify an Art Snob if you came face to face with one? 2) Are you an Art Snob? Dictionary.com defines a snob as “a person who believes himself or herself an expert or connoisseur in a given field and is condescending toward or disdainful of those who hold other opinions or have different tastes regarding this field: a musical snob.”   

“A snob, guilty of snobbery or snobbism, is a person who imitates the manners, adopts the world-view and apes the lifestyle of a social class of people to which that person does not by right belong. A snob is perceived by those being imitated as an “arriviste”, perhaps nouveau riche, and the elite group closes ranks to exclude such outsiders, often by developing elaborate social codes, symbolic status and recognizable marks of language. The snobs in response refine their behavior model.” Wikipedia.org

A more concise definition of a Snob would be “one who affects an offensive air of self-satisfied superiority in matters of taste or intellect.” 

Artists, as Caroline Ferdinandsen says, “are often strange, pretentious and hyperbolic people”. She goes on to say that “superiority—or even the flimsy illusion of it—is a nasty thing when it keeps us from dealing gently with our fellow man.”  

From all the information I’ve gathered, and from my own experience, Snobs are insecure people. When someone is genuinely an authority, that person does not treat others with disdain nor has a patronizing or condescending attitude.

Are you an Art Snob? Here’s how you can tell if you are. 

1) You are an Art Snob if you are not gracious and tolerant of creativity in whatever form it takes. According to Derek R. Audette, “the entire ‘my art is better than your art’ thing really gets under my skin. The fact of matter is: Your art IS better than my art…at being what it is. So what? If just so happens that my art is better than your art, at being what it is.”

I have a free blown glass collection from four important American glass designers from the Blenko Historic Period (1947-74): Winslow Anderson, Wayne Husted, Joel Philip Myers and John Nickerson.  The pioneering work of these four exceptional glass designers is extremely important to American culture. The work of the first two designers (Anderson and Husted) basically paved the way for the Studio Glass Movement, and Joel Philip Myers was a founding member of the Studio Glass Movement.

One particular artist told me, with an arrogant and disdainful attitude, that he did not like glass, meaning that he did not consider glass as a legitimate medium for creating beautiful art. If this is not art snobbism at its worst, I don’t know what is. 

2) You are an Art Snob if you paint in oils and believe you are better than or disdain the artist who paints in watercolor, acrylics or uses the computer to create digital art. Digital art began in the 90s with the accessibility and proliferation of the personal computer. It will take time for its acceptance as a legitimate medium. History teaches us that it will take years, sometimes centuries, for new mediums to become accepted. Watercolor, used by Albrecht Durer in the XV century, was not accepted in England until the 1700s. In the USA, watercolor was viewed as a sketching tool until Winslow Homer came along, used it and popularized it as an authentic medium in the XIX century. What about acrylics? Acrylics came along in the early 50s, with the emergence of plastics. Today digital art is fighting for its place as a legitimate art medium.  Early digital prints were not of high quality. However, today that is no longer the case. The use of six colors in Giclee printing produces much better results than four color lithographs. When printed in acid free paper, giclee’s will last for many decades.
————
3) You are an Art Snob if in a home, as Russell Lynes says in Snobs (1950), “you take a quick look at the pictures on the walls, quick but penetrating, as though you were undressing them. This is followed either by complete and pained silence or a comment such as ‘That’s really a very pleasant little water color you have there.’”

4) You are an Art Snob if you consider that other people’s opinions about art are not valid because they don’t have your skills, knowledge or expertise on the subject.  There are snobs that even consider themselves infallible when discussing certain art subjects. The art snob believes he or she possesses additional senses or insights that “ordinary” people don’t posses, which allow for exclusive appreciation of a work of art.

5) You are an Art Snob if it bothers you when people use the term “style” when referring to the work of an artist or to your own work (a fine artist, in the words of the snob), instead of “approach”. The art snob, or the snobbish artist, will inmediately correct you and tell you that an illustrator has a specific style; however “a ‘fine artist’ reacts and approches subject matter”.  Wow! Want to meet a self-righteous and  opinionated jerk? Let me introduce you to the Art Snob! 

Dick Van Vector, in his article titled Top 10 Characteristics of an Art Snob, writes that an Art Snob, among other things, wears a black turtle neck and tight jeans to the gallery, loves or hates French Art, is a wine expert, is a Kandisky expert, and gazes critically and unimpressively at any comtemporary work of art in a gallery.  

Guido F. Castellanos

 


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.