
Las tres cruces, Rembrandt Van Rijn
Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón (Jeremías 29:13).
El ateísmo y el humanismo secular no proporcionan— ni pueden proporcionar— respuestas ni medianamente satisfactorias para las preguntas fundamentales de la vida: ¿De dónde venimos y quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué ha marchado mal en este mundo? ¿Qué podemos hacer para arreglarlo?
¿Por qué? Porque la cruz de Cristo es lo único que nos permite hallarle sentido a nuestra existencia. La obra de Cristo en la cruz provee respuestas inequívocas y concluyentes para las preguntas fundamentales de la vida. Todo aquel que vive como si Dios no existiera rechaza la obra de Cristo en la cruz. La muerte de Cristo en la cruz es la obra consumada, inmejorable, perfecta, que proporciona genuino significado a todo en la vida. En la cruz todo encuentra su resolución. Los sufrimientos y las injusticias en este mundo carecerían de todo sentido sin Dios y sin la existencia de la vida más allá de la muerte. Sólo si existe un Dios misericordioso y justo, quien ha provisto en Cristo la solución para el dilema de la raza humana, es que hay vida eterna y un cielo para todo creyente en Cristo, y un infierno perpetuo para el incrédulo. Nuestro apóstol, José Martí, al meditar sobre este asunto, dijo: “Las vida humana sería una invención repugnante y bárbara, si estuviera limitada a la vida en la tierra”. Podemos aliviar el hambre, el temor, la injusticia, y hasta las trágicas consecuencias de la guerra en el mundo, sin embargo, en última instancia, los efectos de la muerte de Cristo en la cruz constituyen la única solución para la condición humana.
¿Qué mensaje de consuelo y esperanza puede proveer un ateo a un familiar suyo o a un amigo en su lecho de muerte, o en un velorio a los familiares del finado, si él no cree en Dios ni en la vida después de la muerte? ¿Diría, por ejemplo, ya fulano no está con nosotros, ha desaparecido para siempre, ya nunca más le veremos, si tuvo fe en Dios y en Cristo no le sirvió de nada, porque Dios no existe y Cristo no fue más que un bohemio soñador; ahora sólo le aguardan la inconsciencia, la nada y el olvido eternos, como los que nos aguardan a nosotros también cuando muramos? Ante la absoluta ausencia de respuestas satisfactorias, no le queda más remedio que guardar silencio, o sentarse en un rincón a dormitar, como los he visto yo, mientras que el ministro abre la palabra de Dios para proporcionar consuelo y esperanza, mediante la muerte y la resurrección de Cristo, a todo el que quiera recibirlos:
“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:1-3, 6).
Es necesario hacer hincapié en que las verdades más importantes y elevadas están disponibles a través de la fe, no de la razón. De otra forma, sólo un grupo de privilegiados a lo largo de la historia de la humanidad, es decir, los más inteligentes-quizás los “brillantes” intelectuales ateos como Rousseau, Shelley, Ibsen, Tolstoi, Hemingway, y otros-, hubiera tenido acceso a la verdad; los demás se quedarían en la ignorancia. La entrada al cielo sería semejante a recibir un premio al mérito de la inteligencia privilegiada. No obstante Dios, en su infinito amor y en su inescrutable sabiduría, ha querido hacer espacio para todo tipo de persona. De manera que el creyente emplea la fe para lograr la entrada al ámbito de la revelación, e ingresa con la esperanza de que la fe saque a la luz verdades que están ocultas para la razón.
El apóstol Pablo, citando la palabra de Dios en el Antiguo Testamento, dice: “Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1 Corintios 1:19-21, 26-29).
Para concluir, es preciso señalar que Dios no se manifiesta a todo el mundo, sino sólo a aquellos que lo buscan de corazón: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13). De manera que ni el ateo ni el agnóstico, ni ninguna persona que rechace al verdadero Dios y a su Hijo Jesucristo, tendrán acceso a las verdades más importantes del universo mientras persista en su rechazo. De ahí que el propósito de la fe, aún en lo que concierne a la salvación, sea el descubrimiento de verdades de vital importancia para el ser humano, las cuales están fuera de nuestro alcance a través de medios puramente naturales.
Guido F. Castellanos
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