¿Qué sería del mundo si no existieran las flores?

      

 

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 La gratitud como actitud de vida

  

 Dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo“. Efesios 5:20 

 

¿Qué sería del mundo si no existieran las flores? Los jardines quedarían desolados y tristes sin la alegría de la infinidad de formas, matices de colores y fragancias de esos delicados milagros que cada día enriquecen nuestras vidas. ¿Qué le regalaría el hombre enamorado a la mujer amada o a la esposa? El hogar se quedaría sin sus mejores adornos y, en fin, el mundo sería muy distinto, tristemente distinto, empobrecido e incompleto, si no existieran las flores. 

 La gratitud es como las flores: adorna los jardines desolados y grises de nuestra existencia con color, fragancia y alegría, y hasta convierte las penas más grandes en esperanza y victoria.  

 A menudo, sin embargo, la sobreabundancia se convierte en un estorbo que no nos permite ver la mano de Dios en todo lo bueno que nos sucede y que hemos recibido. ¿Acaso tenemos algo que no hayamos recibido? Por ejemplo, ¿quién nos dio la inteligencia y los talentos que tenemos? ¿De dónde vienen la abundancia material, la salud y la vida misma? Son valiosísimos dones otorgados por un Dios que, sin merecerlos, los derrama sobre nosotros a diario.  

 Sin embargo, la gratitud tiene un enemigo despiadado y mortal en la vida del ser humano: el orgullo. La persona orgullosa no es agradecida, porque el orgullo anula el agradecimiento. Mi abuelita materna solía decir que la persona ingrata no merecía vivir. Y no estaba muy lejos de la verdad. En la Biblia se relata la historia de diez leprosos que Cristo sanó. Después de que Cristo los sanara, sucedió algo muy curioso: sólo uno de los diez leprosos volvió para darle las gracias a Jesús por haberle restablecido la salud. Al que volvió a dar gracias, Cristo le preguntó: “¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” (Lucas 17:1:19). Esto, aunque pueda sorprendernos, es una actitud bastante común entre los seres humanos. Y es que la gratitud es mucho más que un gesto: se trata de una actitud hacia Dios como Señor y Soberano, y hacia nuestros semejantes. De la misma manera en que la luz destruye la oscuridad, la gratitud como actitud de vida en nosotros acaba con el orgullo, porque ciertamente nada tenemos que no hayamos recibido.  

 Cuando damos gracias, debemos tener presente que el mismo vocablo proviene de la palabra “gracia”, que significa “favor no merecido”, de modo que el agradecimiento es un reconocimiento de que no merecemos lo que hemos recibido.  

 La gratitud puede transformar en amigos a los conocidos. La persona desagradecida no tiene amigos, pues su ensimismamiento, su orgullo enceguecedor, su autosuficiencia y su impaciencia no le permiten ver el enorme valor que tienen otras personas y lo mucho que pueden enriquecer su vida. Siempre es más importante el dador que la dádiva, porque “la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee”.  

No obstante lo dicho, uno no puede sentirse agradecido por aquello que no sabe que tiene. Y es que el verdadero cristiano siente profunda y constante gratitud hacia Dios por el regalo de la vida eterna que de Él ha recibido por medio de Jesucristo. El apóstol Pablo pudo decir: “Gracias a Dios por su don inefable” (II Co. 9:15). ¿Qué significa eso del “don inefable”? El término “don” viene de la palabra griega “charis”, que significa regalo. Un don es un regalo. En este caso se trata nada menos que de un regalo de Dios. Dice, además, que es un don o regalo “inefable”, es decir, que no se puede explicar con palabras, porque es indescriptible. ¿Nos damos cuenta de qué clase de regalo tiene que ser éste para que el mismo apóstol Pablo no encuentre palabras para explicarlo? Y este es el regalo de Dios al hombre: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Dios nos regaló a Su único Hijo. Todo regalo tiene un precio. Cuando recibimos un regalo el día de nuestro cumpleaños o en Navidad, damos las gracias al dador, reconociendo así que no lo merecemos. No obstante, ese regalo que no nos costó nada a nosotros le costó algo o mucho a la persona que nos lo hizo. Alguien siempre paga el precio por todo lo que recibimos. De igual manera, Cristo pagó el precio, con su muerte en la cruz, para poder ofrecerle a la humanidad el regalo de la vida eterna. Y hoy lo ofrece gratuitamente a todo el que quiera recibirlo: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). 

 En esta época en que celebramos el Día de Acción de Gracias y luego la Navidad, agradezcamos lo mucho que hemos recibido sin merecerlo, incluso la libertad que todavía disfrutamos en este país, y pidamos a Dios que nos ayude a desarrollar la gratitud como actitud de vida. Y no nos olvidemos de ser generosos con los demás y de hacerlo con alegría, porque “más bienaventurado es dar que recibir” (Hch. 20:35).

 Guido F. Castellanos

Este artículo fue publicado en El Nuevo Herald, el 23 de noviembre, 2006 

Se prohíbe la publicación total o parcial sin permiso escrito del autor

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