La palabra escrita y el cristianismo

diciembre 28, 2007

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La lectura, por Berthe Morisot, 1869-70 

¿Podríamos concebir el cristianismo sin la palabra escrita?

La palabra escrita ha jugado un papel preponderante a lo largo de la historia del pueblo de Dios. Desde que Jehová dijo a Moisés, “escribe tú estas palabras”, hasta el momento en que el Señor le ordenó a Juan, “escribe en un libro lo que ves”, transcurrieron aproximadamente mil quinientos años. Durante este período alrededor de cuarenta hombres escogidos por Dios pusieron por escrito los mensajes que, “muchas veces y de muchas maneras” en diferentes épocas Dios había pronunciado. Y cuando Juan le hubo puesto el punto final al libro que hoy conocemos con el nombre de Apocalipsis, La Biblia, la palabra del Dios viviente, se había completado.

 De manera que Dios insistió, a través de la historia, para que los hombres, una vez que hubieran tenido un encuentro con él, se dieran a la tarea de escribir. Moisés fue obediente a este mandato divino. También lo fueron David, Salomón, los profetas antiguotestamentarios, y más tarde los apóstoles. ¿Podríamos concebir el cristianismo sin la palabra escrita? Por supuesto que no. ¿De qué forma comprobaríamos si es divina la procedencia de una doctrina? ¿Cómo podríamos predicar y enseñar con autoridad sin estar seguros de lo que hizo Jesús o de lo que dijo? Sí, Dios sabía de sobra cuán trascendente habría de ser para el hombre su Palabra escrita. Él tenía plena consciencia de cuánto mayor alcance, influencia y permanencia iba a tener la página escrita que la palabra hablada.

 Por eso es que aún después de que su Palabra se terminara de poner por escrito, Dios ha seguido utilizando poderosamente, aparte de la Biblia, la palabra escrita. ¿No ha sido acaso la historia del cristianismo la historia de sus escritos, es decir, de su literatura? ¿Qué hubiera sido, para citar uno de los ejemplos más significativos, de la Reforma Protestante del siglo decimosexto sin la palabra impresa, fruto de la invención de la tipografía, en 1440, por parte de un alemán llamado Juan Gutenberg? No podríamos precisarlo. Lo que sí es innegable es el hecho de que la imprenta revolucionó la historia de la humanidad. 

 Después de la Biblia, que fue el primer libro que se imprimió, se han publicado en cinco siglos millones de libros en casi todos los idiomas conocidos. Por ejemplo, El Peregrino, escrito originalmente en inglés por Juan Bunyan, cuya primera parte viera la luz a principios del 1678, ha sido publicado en más de cien idiomas. Ha sido leído, durante más de trescientos años, por gente de todo nivel cultural. Ha deleitado e inspirado a eruditos y filósofos y ha instruido a los niños en la escuela dominical. Lo han leído tanto protestantes, como judíos, católicos y gente que no profesa ninguna religión. Y por el estilo podríamos citar numerosos ejemplos.   No obstante lo dicho, no podemos comparar siquiera nuestros mejores esfuerzos literarios con la incomparable majestad de la revelación escrita de Dios. Y aunque siempre debemos tener presente que la Biblia que leemos hoy es un libro traducido, tenemos que admitir que ni siquiera así existe un solo libro que se le asemeje.   

La lectura habitual de la mejor literatura 

Me han preguntado en más de una ocasión si alguna vez escribiré un comentario devocional de algún libro de la Biblia o de varios de ellos. Esta idea hace veinte años me entusiasmaba, pero aun si poseyera la capacidad para hacerlo y tuviera el respaldo de una congregación numerosa o de una casa editorial, aunque jamás se debe decir nunca, quizá me lo impediría de todos modos la realidad actual del cristianismo evangélico, particularmente entre los hispanohablantes, porque estimo que no es prudente perder el tiempo escribiendo libros que casi nadie compra y poquísimos leen, salvo algunos pastores y líderes cristianos. Por ejemplo, según las más recientes encuestas sobre la lectura en EE.UU., el primer mercado editorial del mundo, las mujeres, proporcionalmente, son las mayores consumidoras de literatura (nada nuevo). El 34 por ciento de las personas conservadoras en EE.UU. nunca lee. Sólo el 5 por ciento de los que se declaran lectores dicen haber leído obras exclusivamente de ficción. Y, peor aún, el 30 por ciento de la población no posee siquiera las capacidades fundamentales para disfrutar de la lectura de los libros. Y si esta es la realidad en EE.UU., donde más libros se publican y se leen en todo el mundo, ¿esperamos que sea mejor en los países hispanohablantes?  

La lectura de ficción, como el consumo de cualquier arte con fines no evangelísticos o devocionales, para muchos creyentes sigue siendo una pérdida de tiempo. Para los mismos todo lo que necesitamos saber respecto a cualquier asunto de la vida se encuentra en La Biblia. Además, como que la mayoría de las obras de arte en la actualidad son creaciones de artistas no creyentes en Cristo, para estos hijos de Dios existe siempre el temor de que su vida espiritual sea perjudicada por el consumo de este tipo de arte. En presencia de una obra de arte, ya sea una pintura, una pieza musical, una obra teatral, una película, o en particular una obra literaria, la pregunta errónea de tantos creyentes en Cristo se reduce a menudo a si el artista es creyente o no, cuando las preguntas que debemos formular son: ¿Manifiesta la obra excelencia técnica? ¿Hay coherencia entre la forma y el contenido de la obra? ¿Se comunica alguna verdad? ¿Expresa el artista su cosmovisión eficazmente, aunque no esté de acuerdo con la nuestra?  Y preguntamos, ¿es Cristo Señor sólo de nuestra vida devocional y eclesiástica, y no de nuestra vida intelectual y cultural? Ciertamente es Señor de toda nuestra vida. Entonces, ¿por qué a menudo cuidamos y desarrollamos solamente la vida devocional y eclesiástica y dejamos al garete, como jardín estéril, otros aspectos importantes de la vida, como el intelecto, el lado estético, la cultura? Las artes juegan un papel importante en nuestra compresión del mundo y no es necesario que sean precisamente tratados evangelísticos, teológicos o devocionales para comunicar o mostrar verdades y para que nos enriquezcan como personas.  

Preguntemos ahora a los lectores, y sobre todo a los que se llaman creyentes en Cristo, no ya si han leído ficción, sino: ¿han leído alguna vez El Peregrino de Juan Bunyan? Mis indagaciones me han llevado a concluir que muy pocas personas han leído o han oído mencionar siquiera este clásico de la literatura cristiana. Y nos preguntamos, ¿cómo es posible que el pueblo de Dios le otorgue tan poca importancia a esta obra y a tantos otros clásicos de la literatura cristiana y al hábito de la lectura en general? El Peregrino es, sin lugar a dudas, una obra maestra, no sólo de la literatura inglesa, sino de la universal. Esta obra es una joya literaria cuyo brillo y valor no han disminuido con el transcurso del tiempo. Se trata nada menos que de la alegoría por excelencia de la literatura universal. Es, además, una novela hasta tal punto dramática, que al menos partes de la misma pueden representarse en el escenario. Pero sobre todo El Peregrino es una exposición teológica -escrita en términos meridianamente claros y sencillos- que armoniza en su totalidad con la Biblia. Fue, precisamente, en la palabra de Dios donde Bunyan encontró la inspiración que le condujo a escribir su inmortal alegoría.

El notable erudito y filósofo francés, Emile Caillet, dijo que, después de la Biblia, El Peregrino es el clásico por excelencia. Y añadió que, además de ser un libro de inspiración e instrucción, El Peregrino es un mapa que traza la ruta del viajero (todo ser humano) hasta el final de la jornada. Después de lo antes dicho, ¿cómo puede cualquiera que se llame creyente en Cristo ignorar una obra literaria de tal importancia? Y aquí está el meollo del asunto: entre los pocos que lo han hecho, andan por ahí los que afirman que El Peregrino es el clásico más aburrido que han leído. Sin embargo, lo que ocurre es que esta obra no se puede leer, ni entender, ni mucho menos disfrutar, si no se tiene un conocimiento al menos elemental de La Biblia. Lo lamentable es que el analfabetismo bíblico, en la actualidad, campea por su respeto, inclusive entre los llamados creyentes en Cristo. Que este libro sea excluido de la lectura de los clásicos de la literatura universal de las listas publicadas por The Great Books Foundation en los EE.UU. y otras instituciones culturales del mundo, no nos sorprende, pero que no forme parte de la biblioteca y de la lectura del pueblo de Dios, no sólo es lamentable sino imperdonable (aunque este no sea el pecado imperdonable según La Biblia).   

La lectura habitual y esmerada, particularmente de La Biblia, pero también de la mejor literatura disponible en la actualidad, debe formar parte integral de la vida de cada persona, especialmente del pueblo de Dios. En el caso de los creyentes en Cristo, para que esto se haga realidad es imprescindible que nuestros predicadores y líderes den el ejemplo convirtiéndose en asiduos lectores de la mejor literatura (y cuando digo literatura no sólo me refiero a la lectura de libros devocionales sino también de obras que amplíen nuestra cultura y nos ayuden a liberarnos de la mentalidad provincial, de la pobreza intelectual y del conformismo con la mediocridad musical, artística y literaria que lamentablemente con harta frecuencia han caracterizado al pueblo de Dios. No cabe duda, debemos ser primordialmente hombres y mujeres de El Libro. Sin embargo, esto debe conducir a que nos hagamos el insustituible hábito de la lectura, a fomentarlo en nuestros hogares y entre todos aquellos que están bajo nuestro ministerio. Si la historia del cristianismo ha sido en efecto la historia de sus escritos, de su literatura, estamos convencidos de que Dios quiere que las generaciones actuales y futuras de sus hijos sigan escribiendo (¿cómo podrán escribir si no leen primero?), y que tengamos el conocimiento y la sabiduría para saber distinguir, no sólo entre lo malo y lo bueno, sino también entre lo bueno y la mejor.   

Guido F. Castellanos  

Se prohíbe la publicación total o parcial sin permiso escrito del autor   


Mi patria en ruinas

diciembre 21, 2007

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“Los bárbaros que todo lo confían a la fuerza y a la violencia nada construyen, porque sus simientes son de odio”.  José Martí

El socialismo es la filosofía del fracaso, el credo de la ignorancia y el evangelio de la envidia; su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria”.  Winston Churchill

La Habana actual está desconocida. La capital de “La Perla de las Antillas” no es ni la sombra de lo que antaño fue: está en ruinas. Su gloria, su majestad y su incomparable belleza pertenecen a una época perdida hace medio siglo que jamás volverá. Esta realidad se palpa en el documental de 86 minutos titulado Habana: arte nuevo de hacer ruinas, dirigido por los alemanes Florian Borchmeyer y Matthias Hentschler y filmado en La Habana, ganador del Premio Especial del Festival de Cine Latino de Los Angeles, California, en 2007. El documental es producción de Rarosmedia, http://www.ruinas.de.

Florian Borchmeyer, nacido en Alemania, estudió Lenguas Románticas y Literatura en Berlín, París y La Habana.  Es crítico literario para el periódico Frankfurter Allgemeine Zeitung y colaborador del Festival Internacional de Cine de Munich. Ha sido premiado en la categoría de mejor documental de Premios de Baviera 2006 por la obra en cuestión: Habana: arte nuevo de hacer ruinas.

Sobre este documental, su propio creador,  Florian Borchmeyer,  afirma: “La belleza de la ciudad está impregnada por la poesía de las ruinas.  Algo menos poéticas son para sus habitantes las ruinas de La Habana. Los derrumbes que en ocasiones dejan como estela algunos muertos es un escenario que se repite con cierta frecuencia. Para los habitantes la decadencia de la ciudad y de sus edificios habitados es una fuente constante de dolor y deja un sentimiento de culpabilidad”.

 El cineasta alemán continúa diciendo que “el documental retrata cinco personas que viven en la Habana, en edificios con diferentes estados de deterioro. Todos ellos intentan escapar de su propia existencia pues en la convivencia con estas ruinas se sienten amenazados de convertirse ellos mismos en ruina. El plomero Totico escapa de su ruidoso vecindario en Cetro Habana para encontrar refugio junto a sus palomas en la azotea del edificio donde vive.  El “sin techo” Reinaldo encuentra cobija entre los escombros del teatro donde una vez Caruso cantara para la alta sociedad. Misleidys, ex esposa de un millonario, deja detrás de sí su jaula de oro y a su esposo y sueña bajo los destrozos de lo que fuera en otros tiempos un hotel de lujo. El latifundista expropiado Nicanor lucha contra la decadencia de la casa construida por sus padres, para vivir, al menos en el marco de lo privado, como si la revolución socialista nunca hubiera tenido lugar. El escritor Ponte se construye una filosofía de las ruinas para hacerse explicable y tolerable el paulatino deterioro de la ciudad y del sistema político”.

“Habana: arte nuevo de hacer ruinas cuenta la historia de personas que esperan a que el techo caiga sobre sus cabezas y sin embargo no quieren salir de ahí. En otros lugares sus casas quedarían renovadas, transformadas en museos o completamente demolidas. En La Habana, por el contrario, las ruinas están habitadas pero al mismo tiempo, tal y como sus habitantes se resignan a percibir, las vidas se les arruinan dentro de ellas”, agrega Borchmeyer.

”Se llama arte nuevo de hacer ruinas”, explica Borchmeyer, ”porque se trata de la paradoja de construir una capital en ruinas a partir de una capital que antes estaba entera”. Arte nuevo porque, como el tratado de Lope de Vega sobre la comedia española, la ruinología habanera se reduce a un tratado de ‘descomposición’”.

La desconcertante realidad de la destrucción que inevitablemente ocasiona un régimen totalitario comunista, como el que ha esclavizado a Cuba durante cerca de cincuenta años, para el que sin Dios y sin absolutos morales y espirituales ha valido todo, se manifiesta con una crudeza ineludible en este documental: la destrucción de la cultura, de la sociedad, de la economía, del espíritu de un pueblo y aun de su infraestructura y sus ciudades, como la gran capital habanera.

Esta mágica ciudad que hace cincuenta años era el orgullo de sus habitantes, en la actualidad está repleta de edificios a punto de desplomarse y de escombros. Y esta realidad le consta a los cubanos habitantes de estas ruinas, moradores del antiguo Hotel Regina o del teatro Campoamor, uno de los más prestigiosos de toda Latinoamérica en sus buenos tiempos. Estos edificios destruidos, estas ruinas habaneras, ya no son ni la sombra de lo que fueron hace casi medio siglo.

Sin embargo, estas ruinas que Florian Borchmyer y Matthias Hentschler muestran en su premiado documental, son también el símbolo de las luchas cotidianas, sin recursos, y con pocas esperanzas, de la gran mayoría de la población para impedir que sus propias vidas y sus viviendas se derrumben. En estas investigaciones sobre la decadencia de la capital cubana, los autores del documental establecen una metáfora que, casi sin palabras, pone en relieve la situación política, económica, social y aun espiritual de la nación. En esta ciudad, al igual que en el resto del país, nada avanza, nada prospera, todo se deteriora y se derrumba; todo, incluso el propio régimen inservible y parasítico que tiene a la capital cubana y a todo el país, Fidelandia, en las deplorables condiciones en que se encuentra.

En el documental aparece el escritor y ruinólogo cubano Antonio José Ponte quien, según Borchmeyer, “está excluido de la sociedad de escritores y no puede publicar más en Cuba. Él ya no existe, al menos ante los ojos de la oficialidad”. Antonio José Ponte habla sobre estos edificios, que han sido testigos durante muchos años de la magia de la ciudad de ayer y que en el presente lo son de la tragedia de esa urbe convertida en ruinas. Ponte explica que “de alguna manera, los habitantes de las ruinas también son ruinas”.  Borchmeyer afirma que la imaginación se convierte en “una especie de refugio, porque uno tiene que refugiarse en un pasado más saludable si el presente está en ruinas”.  Todo este drama real, lamentable, desgarrador, se revela con el trasfondo de la música de Gustav Mahler, La muerte de Venecia, que sirve para recalcar la destrucción de la ciudad capitalina y de toda la nación.

Para aquellos que siguen creyendo a estas alturas, contra toda verdad, en el insostenible mito de la revolución cubana, este documental es una enérgica sacudida, un doloroso pellizco en el costado que obliga a despertar del inconcebible letargo en que por casi medio siglo han estado sumidos tantos ciudadanos del mundo, particularmente de Latinoamérica. A pesar de esto, los realizadores de Habana: arte nuevo de hacer ruinas, tuvieron el valor de presentar el documental en el festival de Río de Janeiro, donde fueron abucheados como “agentes del imperialismo yanqui”. No cabe duda de que no existe peor ciego que el que no quiere ver. Y esta frasecita conminatoria y gastada, lanzada a Borchmeyer y su equipo ha sido, por supuesto, una de las consignas favoritas de la vacía retórica del régimen comunista cubano desde sus inicios, el que ha culpado a EE.UU., durante medio siglo, de casi todos sus fracasos y miserias. Alguien ha dicho acertadamente que si EE.UU. no existiera, Fidel Castro lo hubiera inventado. Sin embargo, el escritor Antonio José Ponte, marginado por el régimen y, según tenemos entendido, quizá uno de los mejores escritores que quedan en la isla, al analizar la decadencia de La Habana demuestra una extraordinaria valentía y se convierte, como concuerdan otros analistas, en la conciencia de Cuba. La teoría de Antonio José Ponte, según los autores del documental, va más allá de las ruinas habaneras y “espera a que Fidel Castro, la mayor ruina de Cuba, se derrumbe”. 

La que una vez fuera una ciudad impresionante, mágica, singular, especial, hermosa, inolvidable, primordialmente por su gente y su vitalidad, pero también por su arquitectura, hoy por hoy no es más que un predio empercudido de aspecto cadavérico, muriendo lentamente como su “máximo líder”, con un régimen incongruente y putrefacto que chapotea ahogándose en el fango sangriento y los escombros de la destrucción, humana y material, que durante casi medio siglo se ha ido acumulando. 

 ¡Mi patria, mi pobre patria en ruinas! 

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la publicación total o parcial sin permiso escrito del autor 

Habana: arte nuevo de hacer ruinas 

Mi Habana en ruinas


El regalo del perdón

diciembre 10, 2007

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  El hijo pródigo, Rembrandt Harmenszoon van Rijn

“El perdón es la fragancia que la violeta suelta, cuando se levanta el zapato que la aplastó”. Mark  Twain 

En cierta ocasión, uno de los discípulos se le acercó a Jesús y le preguntó: “Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mat. 18:21-22). Perdonar puede definirse como no volver a tomarles en cuenta a otras personas las ofensas o el daño que nos han hecho. A menudo pensamos que el perdón es un regalo que otorgamos a los demás, sin comprender que el que perdona es probablemente el que recibe el mayor beneficio. El perdón es esencialmente una expresión de amor. La persona que ama sabe perdonar aun a aquellos que no le aman a ella. Tener un espíritu no perdonador es como padecer de un cáncer que nos va minando el alma día tras día, hasta destruirnos.  

El perdón, al igual que la gratitud, es una experiencia liberadora, pues como manifestación de amor tiene el poder de sanar nuestras heridas y contribuir poderosamente a curar las ajenas, porque tiene su origen en el mismo Dios. Además, el perdón produce un inmenso gozo, pues nos trae paz y nos libera del enorme peso del rencor y el enojo que nos agobiaba y nos carcomía a diario. El que perdona se libera del dominio que ejerce sobre él la persona que lo ha herido, pues el rencor y el espíritu no perdonador se convierten en un cruel amo que lo esclaviza y lo va destruyendo paulatinamente. No debemos jamás negarle el perdón a aquellos que nos lo han pedido, pues nuestra sanidad emocional, y a menudo física, depende del perdón a nuestros ofensores. Galileo Galilei dijo: “Los beneficios deben escribirse en bronce y las injurias en el aire” (Galileo Galilei, Opere, IX, 198).            

Aquellos que se han criado en un hogar disfuncional, haya el mismo terminado en divorcio o no, a menudo no saben perdonar, pues, en primer lugar, no se han perdonado a sí mismos por no tener culpa de los problemas o el desenlace de sus padres; en segundo lugar, a menudo están resentidos y no han perdonado al padre, a la madre, o a ninguno de los dos. Una persona proveniente de un hogar así, para poder perdonar, primero debe reconocer que tiene tanto valor como los demás seres humanos y que sus necesidades cuentan. Sin respeto a sí misma primero, la persona no podrá perdonar auténticamente.           

El perdón es también una decisión, lo mismo que el amor. No se ama por casualidad o fortuna, como si el amor que podamos prodigarle a otra persona lo determinara la suerte o el destino. Se ama porque se decide amar, de igual manera que se toma la decisión de perdonar.           

El cristiano verdadero, es decir, aquel que ha experimentado el perdón de Dios por haber invitado a Cristo a entrar en su corazón, debe más que nadie perdonar a sus semejantes, de la misma forma en que Dios le ha perdonado a él todas sus ofensas: pasadas, presentes y futuras.            

¿Por qué en esta Navidad no hacemos memoria de las personas con quienes tenemos enemistad o no estamos en el mejor de los términos por una ofensa no perdonada, y las perdonamos auténtica y definitivamente? ¡Acudamos a ellas, ofrezcámosles nuestro perdón y, si es posible, reconciliémonos con ellas! No, probablemente no vamos a olvidar las ofensas, pero no se las vamos a tomar en cuenta nunca más, ni nos causarán más dolor y amargura. Pidamos a Dios el valor y la fortaleza para hacerlo. Y recordemos: Dios nos perdonará en la medida en que nosotros perdonemos a los demás: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial” (Mat. 6:14). Cristo mismo nos habla con su ejemplo. Cuando fue crucificado, dijo de sus enemigos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.           

En esta Navidad, sobre todos los regalos, ofrezcamos la dádiva del perdón, y descubriremos que, a fin de cuentas, nosotros seremos los que recibiremos los mayores beneficios. Recordemos que Cristo nació en este mundo para que nosotros tuviéramos la oportunidad de ser perdonados mediante su muerte en la cruz. 

¡Feliz  Navidad!                                                                                      

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la publicación total o parcial sin permiso escrito del autor

Este artículo fue publicado en El Nuevo Herald, en diciembre de 2006


The Yearly Assault on Christmas

diciembre 7, 2007

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  “For unto you is born this day in the city of David a Saviour, which is Christ the Lord” (Luke 2:11).

 

  

The policy of turning Christmas into a secular Holiday Season is another unfortunate example of the assault on Christmas and Christianity, which every year comes in many forms, in the public square and by businesses who “embrace any form of cultural, religious, secular and ethnic diversity”, but are offended by almost any representation of Christianity. 

 

 We know all too well that Jesus, Mary  and Joseph, the Wise Men, the Angels and the animals, have been replaced by the money making parade and show of reindeer, elves, and Santa Claus. The message of salvation and eternal life through the Son of God, who came down from heaven and became Man, has been lost. There was no room in the inn for Mary, Joseph and the baby Jesus. Today, there is no room in so many hearts for the Savior, but the same people always manage to find room for their cars in the full parking lots of the malls all across the country. The Real Christmas has been replaced by the commercially motivated and meaningless “Holiday Season”. 

 

 Many businesses across the nation have taken the politically correct road, eliminating the word Christmas from their stores and instructing employees to say “Happy Holidays” instead of Merry Christmas to customers. They have become one more Christmas stealing Grinch in the politically correct anti-Christian wasteland in our country. It matters very little how diverse our community or any community is in America. The great majority of customers buying at these stores celebrate Christmas, the birth of Jesus Christ. We are celebrating Christmas, not “the season”, as they say. Such expressions as “Season’s Greetings” are empty phrases that have very little to do with the celebration and true meaning of Christmas. 

 

 We are a nation founded on Judeo-Christian principles, not on secular humanist teachings, which produced the failed Socialist and Marxist-Leninist totalitarian forms of government. If other groups do not celebrate Christmas or choose to celebrate their own Holidays, that is perfectly fine and we respect that. However, here, in the United States of America, to offend and penalize the majority, in the name of “cultural diversity”, and to eliminate any vestige of Christianity not to offend other groups who, for the most part don’t even mind our Christmas celebration and are not offended by it, is not only absurd but downright unfair to the majority of their customers who are, indeed, multi-cultural, but mostly Christian, at least in name and tradition. That is not the way to bring people together. Political correctness is a hypocritical, anti-Christian and, for the most part, failed secular humanistic way of trying to “bring people together in peace and love”.  

There would be no “Holiday” without Christmas. What in the world would we be celebrating without it at this time of the year? May I ask what would be the reason for the Season without Christ? Even in the word Holiday (Holy Day) we can’t get away from the historical fact of the birth of Jesus in Bethlehem, more than 2000 years ago, which was indeed the Holy-Day: “For unto you is born this day in the city of David a Saviour, which is Christ the Lord” (Luke 2:11). This is the original Christmas, the Biblical one, the “Real Celebration”, with Christ at the center, with its message of true peace, hope and salvation, offered to all who are willing to receive it.  

The true meaning of Christmas is summed up perhaps in the best known and loved verse in the entire Bible, John 3:16: “For God so loved the world, that He gave His only begotten Son, that whosoever believeth in Him should not perish, but have everlasting life.” This is why we exchange gifts on Christmas day, because God the Father gave first, and He did not give us a mere material gift, but His only Son, the very best of Heaven, to provide salvation for all who would believe in Him. 

Merry Christmas!  

Guido F. Castellanos  

Se prohíbe la publicación total o parcial sin permiso escrito del autor


La agresión anual a la Navidad

diciembre 1, 2007

 

 

 

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“Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:11).

 

  La política de convertir la Navidad en una simple “Época Festiva” secular es un lamentable ejemplo más de la agresión a la Navidad y al cristianismo. Estos ataques se manifiestan cada año en los EE.UU. con diversos matices, tanto en el ámbito público de nuestras ciudades, como en el privado de negocios locales y nacionales, los cuales declaran en sus  filosofías y objetivos corporativos  que “aceptan cualquier manifestación de diversidad cultural, religiosa, secular y étnica”, sin embargo, se ofenden casi por cualquier representación del cristianismo.

 

  Sabemos de sobra que Jesús, María, José, los magos, los ángeles y los animales del establo, han sido substituidos por el desfile lucrativo y espectacular de renos, duendes y Santa Claus. El mensaje de salvación y vida eterna mediante el Hijo de Dios, quien descendió del cielo y se hizo Hombre, se ha perdido. No había espacio en el mesón para María, José y el niño Jesús. Hoy no hay espacio para Él en infinidad corazones, mas los estacionamientos de los grandes centros comerciales están repletos. La verdadera Navidad ha sido reemplazada por una vertiginosa  “Época Festiva” de carácter comercial y carente de significado.

 

  Muchos negocios a lo ancho de la nación han optado por la corrección política, eliminando así la palabra Navidad de su vocabulario y sus entornos y dando instrucciones precisas para que sus empleados saluden a sus clientes con un simple “Happy Holidays” o “Felices Fiestas”, en vez de desearles Feliz Navidad. Estos grandes comercios y tiendas por departamentos se han convertido en censores y aguafiestas seculares del público que mayormente les provee sus ganancias, al unirse a las filas de la corrección política de nuestro país.

Poco importa cuán diversas sean nuestras comunidades culturalmente en EE.UU. Estas empresas afirman que los clientes son de primordial importancia para ellos, sin embargo, hacen caso omiso al deseo y la voluntad de la mayoría para no ofender, según ellos, a otros grupos, etnias y culturas. No obstante, la mayoría de los clientes que compran en sus comercios celebran la Navidad, el nacimiento de Jesucristo. Además, en esta época, eso es precisamente lo que celebramos, la Navidad, no una simple “Fiesta de la Época”. Tales expresiones son frases huecas que no tienen nada que ver con la celebración y el verdadero significado de la Navidad.

Somos una nación establecida en base a principios judeocristianos, no a enseñanzas humanistas seculares, las cuales han producido los horrendos regímenes socialistas y marxista-leninistas, entre otros. Si otros grupos no celebran la Navidad o desean celebrar sus propios días festivos, no nos oponemos en modo alguno y los respetamos. No obstante, aquí, en los EE.UU., ofender y castigar a la mayoría, en nombre de la “diversidad cultural”, y eliminar todo vestigio de cristianismo, para no ofender a otros grupos quienes, de todos modos no se sienten ofendidos porque nosotros celebremos la Navidad, no sólo es absurdo sino también injusto para la mayoría de los clientes, quienes de hecho forman parte de una sociedad multicultural pero mayormente cristiana, al menos por tradición y nombre.

No habría “Época Festiva” sin Navidad. ¿Qué celebraríamos en estos días del año sin la Navidad? ¿Cuál sería el motivo del tiempo festivo sin Cristo? Jesús nació en Belén de Judea hace ya más de 2000 años: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:11). Esta es la historia bíblica, la auténtica “Celebración”, con Cristo como figura central. ¿No es precisamente el nacimiento del Salvador lo que debemos estar celebrando en esta época anualmente, con su mensaje de esperanza, salvación y genuina paz? 

El verdadero significado de la Navidad se resume probablemente en uno de los versículos más conocidos y amados de toda la Biblia, Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. De hecho, por eso es que intercambiamos regalos en la Navidad, porque Dios dio primero. Y no nos dio un simple regalo material, sino a su propio Hijo, lo mejor del cielo, para salvación de todo aquel que cree en Él. 

¡Feliz Navidad!   

Guido F. Castellanos 

 Se prohíbe la publicación total o parcial sin permiso escrito del autor