El regalo del perdón

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  El hijo pródigo, Rembrandt Harmenszoon van Rijn

“El perdón es la fragancia que la violeta suelta, cuando se levanta el zapato que la aplastó”. Mark  Twain 

En cierta ocasión, uno de los discípulos se le acercó a Jesús y le preguntó: “Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mat. 18:21-22). Perdonar puede definirse como no volver a tomarles en cuenta a otras personas las ofensas o el daño que nos han hecho. A menudo pensamos que el perdón es un regalo que otorgamos a los demás, sin comprender que el que perdona es probablemente el que recibe el mayor beneficio. El perdón es esencialmente una expresión de amor. La persona que ama sabe perdonar aun a aquellos que no le aman a ella. Tener un espíritu no perdonador es como padecer de un cáncer que nos va minando el alma día tras día, hasta destruirnos.  

El perdón, al igual que la gratitud, es una experiencia liberadora, pues como manifestación de amor tiene el poder de sanar nuestras heridas y contribuir poderosamente a curar las ajenas, porque tiene su origen en el mismo Dios. Además, el perdón produce un inmenso gozo, pues nos trae paz y nos libera del enorme peso del rencor y el enojo que nos agobiaba y nos carcomía a diario. El que perdona se libera del dominio que ejerce sobre él la persona que lo ha herido, pues el rencor y el espíritu no perdonador se convierten en un cruel amo que lo esclaviza y lo va destruyendo paulatinamente. No debemos jamás negarle el perdón a aquellos que nos lo han pedido, pues nuestra sanidad emocional, y a menudo física, depende del perdón a nuestros ofensores. Galileo Galilei dijo: “Los beneficios deben escribirse en bronce y las injurias en el aire” (Galileo Galilei, Opere, IX, 198).            

Aquellos que se han criado en un hogar disfuncional, haya el mismo terminado en divorcio o no, a menudo no saben perdonar, pues, en primer lugar, no se han perdonado a sí mismos por no tener culpa de los problemas o el desenlace de sus padres; en segundo lugar, a menudo están resentidos y no han perdonado al padre, a la madre, o a ninguno de los dos. Una persona proveniente de un hogar así, para poder perdonar, primero debe reconocer que tiene tanto valor como los demás seres humanos y que sus necesidades cuentan. Sin respeto a sí misma primero, la persona no podrá perdonar auténticamente.           

El perdón es también una decisión, lo mismo que el amor. No se ama por casualidad o fortuna, como si el amor que podamos prodigarle a otra persona lo determinara la suerte o el destino. Se ama porque se decide amar, de igual manera que se toma la decisión de perdonar.           

El cristiano verdadero, es decir, aquel que ha experimentado el perdón de Dios por haber invitado a Cristo a entrar en su corazón, debe más que nadie perdonar a sus semejantes, de la misma forma en que Dios le ha perdonado a él todas sus ofensas: pasadas, presentes y futuras.            

¿Por qué en esta Navidad no hacemos memoria de las personas con quienes tenemos enemistad o no estamos en el mejor de los términos por una ofensa no perdonada, y las perdonamos auténtica y definitivamente? ¡Acudamos a ellas, ofrezcámosles nuestro perdón y, si es posible, reconciliémonos con ellas! No, probablemente no vamos a olvidar las ofensas, pero no se las vamos a tomar en cuenta nunca más, ni nos causarán más dolor y amargura. Pidamos a Dios el valor y la fortaleza para hacerlo. Y recordemos: Dios nos perdonará en la medida en que nosotros perdonemos a los demás: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial” (Mat. 6:14). Cristo mismo nos habla con su ejemplo. Cuando fue crucificado, dijo de sus enemigos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.           

En esta Navidad, sobre todos los regalos, ofrezcamos la dádiva del perdón, y descubriremos que, a fin de cuentas, nosotros seremos los que recibiremos los mayores beneficios. Recordemos que Cristo nació en este mundo para que nosotros tuviéramos la oportunidad de ser perdonados mediante su muerte en la cruz. 

¡Feliz  Navidad!                                                                                      

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la publicación total o parcial sin permiso escrito del autor

Este artículo fue publicado en El Nuevo Herald, en diciembre de 2006

2 respuestas a El regalo del perdón

  1. cesvlc dice:

    El perdón a veces es anhelado por aquellos que han perdido toda esperanza de ser felices…

  2. Mauri Jurado dice:

    Perdonar a quien nos ha herido,nos da paz y crecimiento espiritual invaluable.

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