La palabra escrita y el cristianismo

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La lectura, por Berthe Morisot, 1869-70 

¿Podríamos concebir el cristianismo sin la palabra escrita?

La palabra escrita ha jugado un papel preponderante a lo largo de la historia del pueblo de Dios. Desde que Jehová dijo a Moisés, “escribe tú estas palabras”, hasta el momento en que el Señor le ordenó a Juan, “escribe en un libro lo que ves”, transcurrieron aproximadamente mil quinientos años. Durante este período alrededor de cuarenta hombres escogidos por Dios pusieron por escrito los mensajes que, “muchas veces y de muchas maneras” en diferentes épocas Dios había pronunciado. Y cuando Juan le hubo puesto el punto final al libro que hoy conocemos con el nombre de Apocalipsis, La Biblia, la palabra del Dios viviente, se había completado.

 De manera que Dios insistió, a través de la historia, para que los hombres, una vez que hubieran tenido un encuentro con él, se dieran a la tarea de escribir. Moisés fue obediente a este mandato divino. También lo fueron David, Salomón, los profetas antiguotestamentarios, y más tarde los apóstoles. ¿Podríamos concebir el cristianismo sin la palabra escrita? Por supuesto que no. ¿De qué forma comprobaríamos si es divina la procedencia de una doctrina? ¿Cómo podríamos predicar y enseñar con autoridad sin estar seguros de lo que hizo Jesús o de lo que dijo? Sí, Dios sabía de sobra cuán trascendente habría de ser para el hombre su Palabra escrita. Él tenía plena consciencia de cuánto mayor alcance, influencia y permanencia iba a tener la página escrita que la palabra hablada.

 Por eso es que aún después de que su Palabra se terminara de poner por escrito, Dios ha seguido utilizando poderosamente, aparte de la Biblia, la palabra escrita. ¿No ha sido acaso la historia del cristianismo la historia de sus escritos, es decir, de su literatura? ¿Qué hubiera sido, para citar uno de los ejemplos más significativos, de la Reforma Protestante del siglo decimosexto sin la palabra impresa, fruto de la invención de la tipografía, en 1440, por parte de un alemán llamado Juan Gutenberg? No podríamos precisarlo. Lo que sí es innegable es el hecho de que la imprenta revolucionó la historia de la humanidad. 

 Después de la Biblia, que fue el primer libro que se imprimió, se han publicado en cinco siglos millones de libros en casi todos los idiomas conocidos. Por ejemplo, El Peregrino, escrito originalmente en inglés por Juan Bunyan, cuya primera parte viera la luz a principios del 1678, ha sido publicado en más de cien idiomas. Ha sido leído, durante más de trescientos años, por gente de todo nivel cultural. Ha deleitado e inspirado a eruditos y filósofos y ha instruido a los niños en la escuela dominical. Lo han leído tanto protestantes, como judíos, católicos y gente que no profesa ninguna religión. Y por el estilo podríamos citar numerosos ejemplos.   No obstante lo dicho, no podemos comparar siquiera nuestros mejores esfuerzos literarios con la incomparable majestad de la revelación escrita de Dios. Y aunque siempre debemos tener presente que la Biblia que leemos hoy es un libro traducido, tenemos que admitir que ni siquiera así existe un solo libro que se le asemeje.   

La lectura habitual de la mejor literatura 

Me han preguntado en más de una ocasión si alguna vez escribiré un comentario devocional de algún libro de la Biblia o de varios de ellos. Esta idea hace veinte años me entusiasmaba, pero aun si poseyera la capacidad para hacerlo y tuviera el respaldo de una congregación numerosa o de una casa editorial, aunque jamás se debe decir nunca, quizá me lo impediría de todos modos la realidad actual del cristianismo evangélico, particularmente entre los hispanohablantes, porque estimo que no es prudente perder el tiempo escribiendo libros que casi nadie compra y poquísimos leen, salvo algunos pastores y líderes cristianos. Por ejemplo, según las más recientes encuestas sobre la lectura en EE.UU., el primer mercado editorial del mundo, las mujeres, proporcionalmente, son las mayores consumidoras de literatura (nada nuevo). El 34 por ciento de las personas conservadoras en EE.UU. nunca lee. Sólo el 5 por ciento de los que se declaran lectores dicen haber leído obras exclusivamente de ficción. Y, peor aún, el 30 por ciento de la población no posee siquiera las capacidades fundamentales para disfrutar de la lectura de los libros. Y si esta es la realidad en EE.UU., donde más libros se publican y se leen en todo el mundo, ¿esperamos que sea mejor en los países hispanohablantes?  

La lectura de ficción, como el consumo de cualquier arte con fines no evangelísticos o devocionales, para muchos creyentes sigue siendo una pérdida de tiempo. Para los mismos todo lo que necesitamos saber respecto a cualquier asunto de la vida se encuentra en La Biblia. Además, como que la mayoría de las obras de arte en la actualidad son creaciones de artistas no creyentes en Cristo, para estos hijos de Dios existe siempre el temor de que su vida espiritual sea perjudicada por el consumo de este tipo de arte. En presencia de una obra de arte, ya sea una pintura, una pieza musical, una obra teatral, una película, o en particular una obra literaria, la pregunta errónea de tantos creyentes en Cristo se reduce a menudo a si el artista es creyente o no, cuando las preguntas que debemos formular son: ¿Manifiesta la obra excelencia técnica? ¿Hay coherencia entre la forma y el contenido de la obra? ¿Se comunica alguna verdad? ¿Expresa el artista su cosmovisión eficazmente, aunque no esté de acuerdo con la nuestra?  Y preguntamos, ¿es Cristo Señor sólo de nuestra vida devocional y eclesiástica, y no de nuestra vida intelectual y cultural? Ciertamente es Señor de toda nuestra vida. Entonces, ¿por qué a menudo cuidamos y desarrollamos solamente la vida devocional y eclesiástica y dejamos al garete, como jardín estéril, otros aspectos importantes de la vida, como el intelecto, el lado estético, la cultura? Las artes juegan un papel importante en nuestra compresión del mundo y no es necesario que sean precisamente tratados evangelísticos, teológicos o devocionales para comunicar o mostrar verdades y para que nos enriquezcan como personas.  

Preguntemos ahora a los lectores, y sobre todo a los que se llaman creyentes en Cristo, no ya si han leído ficción, sino: ¿han leído alguna vez El Peregrino de Juan Bunyan? Mis indagaciones me han llevado a concluir que muy pocas personas han leído o han oído mencionar siquiera este clásico de la literatura cristiana. Y nos preguntamos, ¿cómo es posible que el pueblo de Dios le otorgue tan poca importancia a esta obra y a tantos otros clásicos de la literatura cristiana y al hábito de la lectura en general? El Peregrino es, sin lugar a dudas, una obra maestra, no sólo de la literatura inglesa, sino de la universal. Esta obra es una joya literaria cuyo brillo y valor no han disminuido con el transcurso del tiempo. Se trata nada menos que de la alegoría por excelencia de la literatura universal. Es, además, una novela hasta tal punto dramática, que al menos partes de la misma pueden representarse en el escenario. Pero sobre todo El Peregrino es una exposición teológica -escrita en términos meridianamente claros y sencillos- que armoniza en su totalidad con la Biblia. Fue, precisamente, en la palabra de Dios donde Bunyan encontró la inspiración que le condujo a escribir su inmortal alegoría.

El notable erudito y filósofo francés, Emile Caillet, dijo que, después de la Biblia, El Peregrino es el clásico por excelencia. Y añadió que, además de ser un libro de inspiración e instrucción, El Peregrino es un mapa que traza la ruta del viajero (todo ser humano) hasta el final de la jornada. Después de lo antes dicho, ¿cómo puede cualquiera que se llame creyente en Cristo ignorar una obra literaria de tal importancia? Y aquí está el meollo del asunto: entre los pocos que lo han hecho, andan por ahí los que afirman que El Peregrino es el clásico más aburrido que han leído. Sin embargo, lo que ocurre es que esta obra no se puede leer, ni entender, ni mucho menos disfrutar, si no se tiene un conocimiento al menos elemental de La Biblia. Lo lamentable es que el analfabetismo bíblico, en la actualidad, campea por su respeto, inclusive entre los llamados creyentes en Cristo. Que este libro sea excluido de la lectura de los clásicos de la literatura universal de las listas publicadas por The Great Books Foundation en los EE.UU. y otras instituciones culturales del mundo, no nos sorprende, pero que no forme parte de la biblioteca y de la lectura del pueblo de Dios, no sólo es lamentable sino imperdonable (aunque este no sea el pecado imperdonable según La Biblia).   

La lectura habitual y esmerada, particularmente de La Biblia, pero también de la mejor literatura disponible en la actualidad, debe formar parte integral de la vida de cada persona, especialmente del pueblo de Dios. En el caso de los creyentes en Cristo, para que esto se haga realidad es imprescindible que nuestros predicadores y líderes den el ejemplo convirtiéndose en asiduos lectores de la mejor literatura (y cuando digo literatura no sólo me refiero a la lectura de libros devocionales sino también de obras que amplíen nuestra cultura y nos ayuden a liberarnos de la mentalidad provincial, de la pobreza intelectual y del conformismo con la mediocridad musical, artística y literaria que lamentablemente con harta frecuencia han caracterizado al pueblo de Dios. No cabe duda, debemos ser primordialmente hombres y mujeres de El Libro. Sin embargo, esto debe conducir a que nos hagamos el insustituible hábito de la lectura, a fomentarlo en nuestros hogares y entre todos aquellos que están bajo nuestro ministerio. Si la historia del cristianismo ha sido en efecto la historia de sus escritos, de su literatura, estamos convencidos de que Dios quiere que las generaciones actuales y futuras de sus hijos sigan escribiendo (¿cómo podrán escribir si no leen primero?), y que tengamos el conocimiento y la sabiduría para saber distinguir, no sólo entre lo malo y lo bueno, sino también entre lo bueno y la mejor.   

Guido F. Castellanos  

Se prohíbe la publicación total o parcial sin permiso escrito del autor   

2 respuestas a La palabra escrita y el cristianismo

  1. Cesar O Ayala dice:

    Excelente artículo.
    Me gustaría saber si puedo poner algun escrito tuyo en la página web de la iglesia. De ser así me lo dejas saber para abrir el espacio y seleccionar un artículo.

    Saludos

  2. gfcastellanos dice:

    Pastor Ayala:

    Gracias por leer mis artículos. Puede seleccionar el artículo que quiera y publicarlo en el sitio web de la iglesia. Sólo que el artículo se publique en su totalidad.

    Saludos,

    Guido Castellanos

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