El Secreto y la ley de atracción: ¿mito o verdad?

noviembre 9, 2008

el-secreto1

 

Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?  Mateo 7:14-16

 

 

 

 

 

El Secreto y la ley de atracción: ¿mito o verdad?

(Breve análisis crítico)

 

La mentira siempre cabalga sobre los lomos de la verdad. Y ciertamente en el documental The Secret (El Secreto), basado en el libro que lleva el mismo título, escrito por Rhonda Byrne y publicado originalmente en inglés con el título The Secret en 2007, las falsas y perniciosas doctrinas se mezclan con algunos principios universales y claros, expuestos en La Biblia.

 

Cada vez que oigo hablar o leo sobre una “nueva verdad”, una “clave” o un “secreto” en el que se cifran la felicidad, el bienestar y la prosperidad tanto física como espiritual del ser humano, se me activa el radar de la desconfianza y se aguza mi sentido crítico (como debe suceder con cualquier persona que posea aun el más elemental grado de discernimiento, que no es otra cosa que la capacidad para distinguir, partiendo de una cosmovisión judeocristiana de la vida, no sólo entre lo bueno y lo malo, sino entre lo bueno y lo mejor). Estas “nuevas verdades”, “claves” o “secretos” descubiertos y revelados para “beneficio” del ser humano casi siempre son estratagemas con fines de lucro que aparentan ser lógicas, sensatas y por supuesto realizables, mediante las cuales se promete el abastecimiento de necesidades fundamentales y aspiraciones del ser humano con fórmulas simplistas y a menudo peligrosas, para lograr el éxito en todo ámbito de la vida y alcanzar la elusiva felicidad. Sin embargo, cuando se estudian detenidamente estas “nuevas verdades”, “claves” o “secretos”, a la luz de la palabra de Dios, el sentido común y  las experiencias cotidianas, invariablemente aparece el error. 

 

Tenga presente el lector que lo que sigue no es un análisis  exhaustivo (porque para esto sería necesario escribir un libro) sino más bien un breve estudio crítico de los conceptos más importantes expuestos en El Secreto.

 

1) Ninguna de las respuestas provistas por El Secreto es novedosa, secreta ni cosa que se lo parezca. Es más, el pastor protestante Norman Vincent Peale expuso en 1952, en  su éxito de librería titulado El poder del pensamiento positivo, las virtudes del pensamiento positivo en la vida cotidiana. Debe tenerse presente que en la película o documental en cuestión participan autores del movimiento de la Nueva Era , como Jack Canfield (Sopa de pollo para el alma) y el panenteísta Neale Donald Walsch (Conversaciones con Dios); y “visionarios” como Michael Beckwith. Fundamentalmente El Secreto hace hincapié en “la ley de la atracción”, según la autora la ley más importante del universo, relacionada primordialmente con aspectos fundamentales de la vida del hombre como la salud, la felicidad, las riquezas y las relaciones humanas. El principio de “la ley de la atracción”, como lo explica la autora, es “el secreto” o la clave de la salud, la felicidad, las riquezas y las relaciones humanas. Según la autora, la realidad que a diario vivimos la crean nuestros pensamientos. De manera que sólo es necesario el dominio y el uso habitual de “la ley de la atracción” para que logremos atraer todo aquello que queramos para nuestra vida. ¡Tan fácil como coser y cantar!

 

 

2) El Secreto presenta conceptos del panteísmo monístico, a saber, que todo es uno y todo es divino. (El monismo es la doctrina metafísica que concibe todos los aspectos de la realidad, la materia y el espíritu, lo físico y lo psíquico, como fenómenos o aspectos idénticos en su esencia por ser aspectos de una misma sustancia.) Estas ideas panteístas se perciben a lo largo de todo el documental. De hecho, El Secreto conduce a  conclusiones panteístas y antibíblicas, a saber: “Usted es Dios manifestándose en un cuerpo físico; usted es un ser cósmico; usted es el Creador.” Además, “usted es un ser ilimitado”, como afirma Michael Beckwith, denominado visionario en el documental. Se afirma también que “todos estamos conectados, y todos somos parte del Campo de Energía Único que no ha sido creado ni puede ser destruido, o la Mente Suprema Única, o la Conciencia Única, o la Fuente Creativa Única; todos somos Uno”.

 

Estos conceptos torcidos del universo, del mundo y del ser humano, provenientes del panteísmo monístico, no dan cabida a la personalidad humana, no pueden distinguir entre el bien y el mal y excluyen al Dios personal, trascendental y eterno que nos revela la  Palabra de Dios. El panteísmo monístico, por consiguiente, no proporciona un fundamento definitivo y sólido para los incuestionables valores morales universales.

 

3) El concepto de Nueva Era de “la ley de atracción” nos lleva a concluir que todo lo que sucede en la vida del ser humano es fruto de nuestros pensamientos, los cuales establecen la realidad. Según los principios de El Secreto, esto significa que, por ejemplo, quienes se enferman, padecen hambre, son asaltados, violados, golpeados o brutalmente asesinados, sean adultos o niños, se han atraído estas desgracias  mediante sus pensamientos negativos . Para citar uno de los ejemplos del documental, si temo que me van a robar la bicicleta que dejé asegurada con cadena y candado a un poste en una acera, de seguro me la van a robar. Si pienso que la bicicleta está segura y nadie se atreverá a tocarla, ahí estará a mi regreso. El asunto es que, según  El Secreto, “siempre estamos atrayendo cosas a nuestra vida, buenas o malas”. Esto no es más que un disparate y, por supuesto, no proporciona la respuesta al problema del sufrimiento humano. Se trata de una concepción más falsa que un billete de tres dólares.

 

4) Aunque algunos de los conceptos presentados en El Secreto son admirables y enseñados en la Biblia, tal como el énfasis en la expresión de la gratitud (Filipenses 4:11), el dar generosamente (2 Corintios 9:6-8) ), concentrarnos en las virtudes de los demás (Filipenses 2:3), y en que debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos aborrecen (Lucas 6:27-28),  las nociones fundamentales de la “ley de la atracción” (que todo es energía y que todo es uno), en el mejor de los casos son explicaciones incompletas de la realidad. ¿Por qué? Porque, según El Secreto, “la ley de atracción” es “imparcial e impersonal”. El Secreto presenta una perspectiva impersonal del mundo, de manera que no puede haber comunicación entre seres humanos, ni entre Dios y el hombre, pues para ésta es necesaria la personalidad. La transmisión de pensamientos directamente al universo, como la afirma y reitera El Secreto, es una imposibilidad sin la existencia de la personalidad, tanto humana como divina.

5) La autora,  al explicar el proceso de tres pasos de “la ley de la atracción” (pedir, creer y recibir), descontextualiza e interpreta incorrectamente Marcos 11:24, para ilustrar la forma en que debe utilizarse “la ley de la atracción”. El texto bíblico dice: Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá”. Este pasaje bíblico, como cualquier otro, debe interpretarse dentro de su contexto, no sólo bíblico sino histórico, teniendo en mente que los judíos del primer siglo creían, como creen los creyentes en Cristo hoy, en un Dios personal, amoroso, justo, misericordioso y trascendental, creador del universo. Esto es diametralmente opuesto a la cosmovisión del mundo presentada por El Secreto. El libro y la película presentan a un “dios”  impersonal que forma parte del universo, quien es todo y está en todo (concepto panteísta). En El Secreto se afirma que “el Universo responde a nuestros pensamientos”, no un Dios personal. Sin embargo, en el pasaje citado de Marcos, Jesús trata de la oración que se dirige a un Dios personal y amoroso, interesado en la comunión con sus hijos. No consiste en una “ley de la atracción” para obtener lo que deseamos, como si Dios fuera un genio metido en una lámpara, esperando complacer a sus amos terrenales, no sólo con tres deseos, sino con todo aquello que se les antoje, cada vez que frotan la lámpara. Por el contrario, la oración es la comunicación personal con un Dios que escucha y responde  las oraciones de sus hijos (porque Dios siempre contesta sus oraciones, sea sí, no o después), siempre y cuando tales peticiones concuerden con su voluntad (aunque las oraciones no siempre son ni deben ser peticiones. Existe la alabanza, la acción de gracias y la adoración, y todas constituyen comunión con Dios).

Según El Secreto, si creemos que lo que hemos pedido ya nos pertenece, entonces “el Universo comenzará a reorganizarse para que la petición se haga realidad en nuestra vida”. Luego es necesario, como tercer paso, Recibir: “Sentirse como usted se sentiría cuando llegue aquello que ha pedido”.

Aquí nuevamente aparece el “dios” impersonal del Universo. Se expone y se enfatiza el concepto de “los sentimientos”, es decir, que “el Universo es un Universo de sentimientos. En el documental, por ejemplo, Michael Beckwith afirma que “si usted cree algo intelectualmente, pero no posee suficiente intensidad sentimental para sustentar esa creencia, no tendrá el poder necesario para que se haga realidad lo que usted desea. Es necesario sentirlo”. De manera que los sentimientos juegan un papel de primordial importancia en “la ley de la atracción”. Esto es peligrosísimo, porque los sentimientos jamás han constituido una guía confiable para la vida diaria del ser humano. Sería algo así como colocar la carreta delante de los bueyes, o el caballo detrás de coche. Esto, lamentablemente, explica en parte la trágica superficialidad e inmadurez espiritual que aqueja a un sector grande del cristianismo moderno, el cual confiere una importancia desproporcionada a los sentimientos y las emociones, y luego se preguntan (si acaso se lo preguntan alguna vez) por qué sus vidas están en tal desconcierto y zozobra. La Biblia enseña la necesidad de establecer un fundamento doctrinal sólido, sobre el cual debe edificarse la totalidad de la vida de cada creyente: “Para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error,  sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (Efesios 4:14-15). Los sentimientos, por sí solos, casi siempre son malos consejeros. Por otra parte, los sentimientos correctos son el fruto de las creencias y las actitudes correctas, no viceversa. De modo que la vida en la que se entronizan los sentimientos se caracterizará perennemente por la superficialidad, la inconstancia y la falta de solidez de carácter  y de estabilidad emocional.

6) Jesucristo jamás enseñó que los humanos somos seres que poseemos energía divina y que somos capaces de dominar “la ley de la atracción”. La Biblia nos enseña que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, y que esa imagen ha sufrido daños irreparables por el pecado (Romanos 5:12). La restauración de esa imagen en el hombre es posible por la obra de Cristo en la cruz, quien murió por nuestros pecados y resucitó al tercer día, venciendo el pecado, la muerte y a Satanás, y proveyendo la solución para el problema fundamental de la humanidad, a saber: la separación del hombre de Dios como consecuencia del pecado:”Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18).

 

 7) Jesucristo jamás prometió a sus hijos salud perfecta y riquezas constantes aquí en la tierra. Por el contrario, hizo un llamado para que sus seguidores se negaran a sí mismos, tomaran su cruz y lo siguieran (Mateo 16:24; Marcos 8:34; Lucas 9:23). ¿Qué les ocurrió a los apóstoles? Algunos fueron crucificados, otros decapitados; el apóstol Juan fue enviado al destierro a una isla solitaria llamada Patmos, donde trabajaba como esclavo en una cantera de la cual extraían la materia prima para la construcción de los caminos de Roma. La iglesia cristiana, en la actualidad, padece persecución en muchos países del mundo. Muy pocas personas saben que el martirio cristiano no es cosa de un pasado remoto de horrores, superado por el mundo moderno, sino que constituye la cruda y cotidiana realidad en muchas regiones del planeta. En el presente hay un elevadísimo número de creyentes encarcelados y asesinados por la causa de Cristo. ¿Qué paso con ellos? ¿Está acaso Dios esperando a que descubran y pongan en práctica el secreto de “la ley de la atracción” para librarlos de sus tribulaciones y darles salud, comodidad y riquezas? ¿Carecen acaso, como enseña El Secreto, de suficiente intensidad sentimental para sustentar esa creencia y hacerla realidad en sus vidas?

Existe un tipo de cristianismo en la actualidad, antibíblico, superficial y peligroso, que pretende fabricar una burbuja de salud, prosperidad y comodidad de la cual no sea necesario salir. La finalidad de esta vida, sin embargo, no es la comodidad sino la preparación para la eternidad. La Biblia nos enseña que hasta el mismo Cristo aprendió la obediencia  a través del sufrimiento. A menudo los creyentes que más han sufrido en la vida son los que nos han dejado los más extraordinarios ejemplos de fe. Por supuesto, nadie, ni el más espiritual de los creyentes en Cristo, desea sufrir ni buscar el sufrimiento. No obstante, es innegable que el sufrimiento y las tribulaciones tarde o temprano llegan a la vida  tanto, del creyente como del incrédulo, y no hay “ley de la atracción” que se los pueda evitar. Vale la pena señalar también que el valor no existiría en un mundo sin sufrimiento: “Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza (Romanos 3:3-4). El concepto de una vida sin dificultades, pruebas, enfermedades y aun persecución por la causa de Cristo, no tiene ni el más mínimo sustento en la Palabra de Dios. Cristo afirmó: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:25).  

8 ) En ninguna parte del Nuevo Testamento aparecen los seguidores de Cristo divulgando y llevando a la práctica El Secreto. Por el contrario, “Jesús le respondió: Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto” (Juan 8:20).

 

9) El Secreto es la presentación de una fórmula simplista mediante la cual, según su autora, el ser humano puede obtener salud, riquezas, bienestar y alegría  por la manipulación efectiva de “la ley de la atracción” En otros términos, “la ley de la atracción” es la fórmula mágica para la obtención de todo lo que a uno se le antoje.

 

Jesucristo, no obstante, hizo hincapié en que la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee (cualesquiera que estos sean). Y afirmó: “¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mateo 16:26).

 

10) El auténtico secreto o clave para esta vida y el más allá no es el conjunto de enseñanzas de Nueva Era, defectuosas y antibíblicas, de “la ley de la atracción” expuestas en El Secreto, sino el mismo Jesucristo, quien vino al mundo a morir por nosotros para que pudiéramos tener vida eterna y que Dios realizara la restauración de su imagen en nosotros. El mismo Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10) Y esto no es un secreto, pues ha sido proclamado por los cristianos durante más de dos mil años, sino el mensaje del evangelio (buenas nuevas de salvación) para un mundo perdido que necesita urgentemente buscar el perdón y la gracia de Dios para salvación y vida eterna. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Lo antes dicho va muchísimo más allá de la salud, las riquezas, el bienestar y la alegría, que son cosas muy importantes pero temporales. Sin embargo, aquello es esencial, puesto que la felicidad suprema de un hijo de Dios es encontrarse cara a cara con su Padre celestial.

 

En conclusión, no debemos aceptar jamás como verdad incuestionable lo que un ser humano asevera o enseña, por sincero y persuasivo que el mismo sea, sin antes someter tales aseveraciones o enseñanzas al fuego escrutador de la palabra de Dios. Porque a menudo, entre los apetitosos bocados que nos llevamos a la boca, con el deseo de satisfacer necesidades reales y sentidas, vienen escondidas las dañinas espinas doctrinales que pueden perjudicarnos irreparablemente.

 

Los cristianos deben, por su parte, imitar el ejemplo de los creyentes de la ciudad de Berea durante el primer siglo de la iglesia cristiana, quienes “eran más nobles que los de Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hech. 17:11).

 

Guido F. Castellanos

 

Se prohíbe la reproducción total o parcial de este artículo sin el permiso escrito del autor