Influencia del ateísmo y el humanismo secular en el arte contemporáneo

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Colorful Glass Reflection, arte digital

Guido F. Castellanos

 

 

 

 

El verdadero artista siempre ha empleado su arte para hallarle sentido al mundo en que le ha tocado vivir. Su arte, ya sea la literatura, la poesía, la pintura, la escultura, la música, o la actuación, es tanto su herramienta para el continuo descubrimiento, como el medio para la transmisión de sus descubrimientos al público, pues la obra artística se destina a los demás. El artista no sólo comparte tales develamientos con el mundo, sino que él mismo se convierte en vehículo de cultura.

 

 

Gabriel García Márquez, galardonado con el premio Nobel de Literatura en 1982, en su libro de memorias titulado Vivir para contarla, con mucho acierto dice: “La vocación artística es la más misteriosa de todas, a la cual se consagra la vida íntegra sin esperar nada de ella”. Dicho esto, es necesario señalar que, lamentablemente, el arte contemporáneo, regido mayormente por un código humanista secular, ateo, materialista, y políticamente correcto, ha asumido un papel central como medio de autorrealización y de libre expresión. Y digo “autorrealización y libre expresión” porque éstas no son equivalentes de auténtico arte. En la actualidad innumerables “artistas” emplean la pintura, la escultura, la poesía, la literatura, la música, la actuación, como vehículos para exteriorizar un ser íntimo y recóndito que con harta frecuencia, aun después de una reiterada exteriorización, es incomprensible para los demás.

 

 

Hace poco leí la entrevista de una poetisa, quien declaró sin el menor reparo que su único dios es la poesía. Supongo que estos “poetas ateos” concuerdan con el bardo inglés Shelley cuando éste afirma que “la poesía, con su servidora la imaginación y su ambiente natural la libertad, constituyen el trípode sobre el que se apoyan la civilización y la ética”. Este renombrado poeta e intelectual inglés fue uno de los fervientes discípulos del trastocado intelectual Juan Jacobo Rousseau, sustentaba principios socialistas y perseguía una transformación política que incluía la destrucción de la religión organizada. Lamentablemente, hay artistas que tienen fe en muchas cosas menos en el verdadero Dios. Ciertamente si Dios no existiera, cualquier dios podría ser bueno, si se entiende por “dios” cualquier persona o cosa que tiene la preeminencia en nuestra vida; el arte sería posiblemente uno de los mejores. Pero como que Dios sí existe, ningún substituto satisface plenamente, ninguno es bueno aparte del Dios verdadero; todos se convierten en simples ídolos con pies de barro, y con harta frecuencia en tiranos. No es de extrañar que el arte contemporáneo haya sustituido en gran medida a la religión organizada.

 

 

La influencia demoledora del ateísmo y el humanismo secular en el arte contemporáneo se pone de manifiesto en la creciente y desafortunada tendencia de empequeñecer al ser humano y despojarlo de su dignidad. Se ha ido colando el concepto humanista secular y ateo de que no somos más que carne, huesos y fluidos corporales, que no tenemos un espíritu que trascenderá a nuestros cuerpos mortales, limitados por la materia, el espacio y el tiempo, por lo que muchos artistas se han obsesionado con la miseria, la degradación, la decadencia y la vulgaridad. Estos temas son ensalzados y recurrentes en sus obras. Y muchos, si no se han adherido de lleno al feísmo, al menos incursionan en el terreno de esta tendencia artística y literaria que se empeña en defender lo antiestético y lo vulgar.

 

 

Como acertadamente ha expresado Pedro Carrero Eras, profesor de literatura de la Universidad de Alcalá de Henares, en España, “el arte, en cualquiera de sus manifestaciones y recursos temáticos, está obligado a distanciarse de la vulgaridad”. La vulgarización de las artes, particularmente de la literatura, es mayormente fruto del relativismo moral, el cual se origina en el ateísmo y el humanismo secular. Hay escritores que ridiculizan la misma noción de la expresión vulgar y desvergonzada y rinden culto al mal gusto, porque para ellos todo lenguaje, por procaz y ofensivo que sea, es válido para expresarse libremente. Porque lo que estos artistas llaman “libertad de expresión” a menudo no es otra cosa que un conveniente pretexto para el egoísmo, la irrespetuosidad y la desvergüenza. Con frecuencia esa “libertad de expresión” que tanto exigen, cacarean y defienden no es más que burdo libertinaje. De manera que el concepto de vulgarización, en lo que a la literatura se refiere, es inaceptable para estos literatos modernos. Sin embargo, la marcada vulgarización de una sociedad, como la cubana bajo el régimen marxista y ateo de La Habana, es innegable síntoma del avanzado grado de relajamiento y decadencia de una cultura que ha sido brutal y sistemáticamente destruida. Los artistas no hacen más que reflejar en su obra esa destrucción. Y si para ellos Dios no existe, si impera el relativismo moral, y lo procaz y degradante es plausible como legítima expresión artística, ¿de dónde provendrá la inspiración para crear un arte de elevado vuelo, ennoblecedor, que realmente inspire y edifique? ¿Del nihilismo, del relativismo moral, del feísmo, del empobrecimiento y la vulgarización cultural?

 

 

Lo antes dicho tiene poco o nada que ver con la creación de “arte religioso”, porque el elemento religioso con harta frecuencia está presente en el arte de los ateos y humanistas seculares, aunque el mismo sea hostil al Dios verdadero y al cristianismo. Por eso es que en tantos museos y galerías de arte contemporáneo, al igual que en librerías, cada día se exhiben y se ponen a la venta mayor número de “obras de arte” y “literarias” en las que se celebra lo chabacano, lo escatológico, lo chocante, lo grotesco y lo vulgar.

 

 

Para concluir, citemos como ejemplo las obras de dos pintores franceses afamados de siglos pasados: George Rouault y Henri de Toulouse-Lautrec. El artista católico Georges Rouault pintó prostitutas, como también lo hicieron numerosos de sus contemporáneos. Sin embargo, vale la pena notar la diferencia entre la obra de Rouault y la de Tolouse-Lautrec. El influyente crítico de arte francés Louis Vauxcelles, a quien se atribuyen los vocablos denominativos de dos estilos artísticos, Fauvismo y Cubismo, notó la diferencia en la obra de Rouault: “A diferencia de Toulouse-Lautrec, cuando Rouault pinta una prostituta no existe el deleite cruel de presenciar la exaltación del vicio por parte de una criatura. Él sufre y además llora”. En esto, precisamente, radica uno de los grandes males que aquejan al arte contemporáneo, fruto primordialmente de la perniciosa influencia del ateísmo y el humanismo secular.

 

 

Guido F. Castellanos

 

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