El auténtico intelectual y la fe en Dios

febrero 24, 2009

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            J. J. Rousseau                                C.S. Lewis

¿Se puede ser un auténtico intelectual y a su vez tener fe en Dios? También cabe la pregunta, ¿se puede ser un verdadero intelectual y al mismo tiempo ser ateo? Aunque la palabra “intelectual” en la actualidad tiene connotaciones peyorativas, es preciso que primero definamos en términos sencillos y al menos en el sentido más amplio del vocablo quién es un intelectual. El diccionario de la Real Academia Española define a un intelectual como aquel que se ha “dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras”. En el antiguo Diccionario Webster Ilustrado leemos que un intelectual es aquel que “posee un elevado grado de inteligencia y entendimiento”. En la actualidad abundan los diccionarios en línea. Uno de los más conocidos, WordReference.com, aporta la siguiente definición de intelectual: “Que realiza actividades que requieren preferentemente el empleo de las facultades del intelecto”.  Según la edición en español (Siglo XXI, México, febrero de 2001), del Diccionario de Política de Bobbio, Matteucci y Pasquino, los intelectuales son “artistas, investigadores, científicos y, en general, los que han adquirido, con el ejercicio de la cultura, una autoridad y un influjo en las discusiones públicas”. Según el escritor cubano Carlos Alberto Montaner, un intelectual es “alguien que se aproxima a la realidad desde el mundo de las ideas”. Otra definición añade que un “intelectual es aquel que está enamorado de la sabiduría y anda siempre en busca de la verdad”.

Aunque las definiciones anteriores son incompletas –en particular las de los diccionarios, que son tan generales que ayudan poco–, y el intelectual escapa a una definición concreta y restrictiva, las mismas arrojan alguna luz sobre el significado del vocablo. Tomándolas en conjunto, podemos afirmar que un intelectual es la persona que consagra una porción substancial de su vida al estudio y la reflexión crítica y equilibrada sobre la realidad y el mundo en que la ha tocado vivir. Por eso estimamos que ningún ateo puede ser un auténtico intelectual; en el mejor de los casos se trata de un intelectual incompleto o truncado, porque aparte de Dios no hay verdadero conocimiento ni reflexión crítica y equilibrada sobre la realidad ni sobre nada.

Cuando se descarta a Dios, la sabiduría humana no sólo es incompleta sino en extremo engañosa. A la persona que busca sabiduría prescindiendo de Dios, puede ocurrirle lo que dice la Biblia: que siempre está aprendiendo, pero nunca llega al conocimiento de la verdad; o se envanece en sus propios razonamientos, y profesando ser sabio, no hace otra cosa que convertirse en necio. Porque es imposible ser sabio prescindiendo de Dios. El que desecha a Dios tiene, en el mejor de los casos, una perspectiva muy limitada y defectuosa de la realidad, de la vida en general y del ser humano en particular. Y al desechar a Dios, desprecia la sabiduría por excelencia y eterna, se pierde en el laberinto de los conocimientos humanos y se convierte en sabio según su propia opinión.

Antiguamente el intelectual era el sacerdote o el ministro religioso. A partir del siglo dieciocho, con Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), considerado uno de los escritores más influyentes de todos los tiempos, quien a su vez era un desequilibrado mental con delirio de persecución, y un mentiroso patológico, convencido de su absoluta rectitud moral, comenzaron a surgir los intelectuales modernos y laicos, entre los que ha habido creyentes en el Dios verdadero, agnósticos y ateos. Según el historiador británico Paul Johnson, en su libro titulado Intelectuales,  “por primera vez en la historia humana, y con confianza y audacia creciente, estos hombres afirmaban que podían diagnosticar los males de la sociedad, y curarlos, usando sólo sus propios intelectos”. Estos “nuevos intelectuales laicos”, afirma Johnson, desde entonces “han sometido con deleite a la religión y a sus protagonistas al escrutinio crítico”. (Es incomprensible cómo los intelectuales le han prestado tanta atención durante más de dos siglos a las ideas incongruentes y contradictorias del sagaz e infame de Rousseau. Sólo la credulidad y la ceguera humanas pueden explicar al menos en parte este fenómeno.  En el libro ya citado, Johnson señala que “todo esto es muy desconcertante y sugiere que los intelectuales son tan poco razonables, tan ilógicos y tan supersticiosos como cualquiera. La verdad parece ser que Rousseau fue un escritor de genio, pero irremediablemente desequilibrado tanto en su vida como en sus ideas”.) Además de lo antes dicho, debe tenerse presente que la intransigencia y el extremismo fueron características distintivas de casi todos los intelectuales más influyentes de las dos últimas centurias, como Rousseau, Shelley, Marx, Ibsen, Tolstoi, Brecht, Russell, Sartre,  Gollancz y Hemingway, para mencionar sólo a algunos de los más conocidos.

 

A pesar de que hay diversidad de ideologías entre la intelectualidad y no existen criterios de objetividad absoluta para reconocer a una persona como intelectual, consideramos que un “intelectual ateo” es en gran medida un oxímoron, una contradictio in terminis, aun teniendo en cuenta el alto grado de secularización y hostilidad hacia el cristianismo del mundo actual. El auténtico intelectual busca la verdad sobre todas las cosas, aunque el descubrimiento de la misma le obligue a menudo a cambiar de parecer. Ciertamente, como en una de las definiciones ya citadas, el intelectual está enamorado de la sabiduría: una sabiduría que incluye sin lugar a dudas la palabra de Dios. Esta búsqueda invariablemente conducirá de regreso a Dios, porque el principio de la auténtica sabiduría “es el temor de Jehová” (Proverbios 1:7). Además, el auténtico intelectual, aunque casi siempre es opinionado y crítico, no es sabio en su propia opinión ni soberbio, pues esto es característico del ignorante, no del genuino intelectual, del necio, no del sabio.

 

El auténtico intelectual tiene una mente abierta ante las distintas interpretaciones de la realidad, sin embargo posee discernimiento y sabiduría desarrollados y refinados por un profundo conocimiento de la palabra de Dios, los cuales le permiten con convicción y denuedo, en base a los principios expuestos en la palabra de Dios y a una percepción correcta de la realidad, intentar guiar a la sociedad y por ende contribuir de alguna manera a la transformación del mundo para bien. Aunque, a decir verdad, en el mundo actual este papel tradicional y un tanto mesiánico del intelectual ya ha pasado a la historia. Su rol actual no es tan determinante como quizás lo fue en otras épocas. Además, el auténtico intelectual jamás pierde de vista que Dios existe, está presente y se mantiene muy al tanto de todo lo que ocurre en este mundo que Él creó, a pesar de que los falsos intelectuales modernos quieran de un plumazo hacerlo desaparecer.

 

El verdadero intelectual es tolerante con las ideas ajenas, aunque discrepe de las mismas. El escritor cubano Jorge Mañach, en su ensayo titulado La crisis de la cultura en Cuba, con mucho acierto afirma: “El intelectual que se pique definitivamente con un juicio adverso al punto de acibarar su antigua simpatía, no tiene de “intelectual” sino el ribete, pues aun estará por florecer en él la devoción esencial de todo espíritu culto, que es el amor a la verdad, y en todo caso, al respeto de la civil opinión ajena”. Sin embargo, pese a que el auténtico intelectual debe ser tolerante con las ideas ajenas y a su vez ser consciente de sus flaquezas y tener presente sus limitaciones y lagunas de conocimientos, existe una debilidad humana universal y perenne que los amenaza constantemente, no sólo a ellos, sino también al resto de la humanidad, a saber: no creer la verdad y darle crédito a la mentira. Y la mentira a menudo es difícil de descubrir, porque cabalga sobre los lomos de la verdad.

 

Para concluir, citamos como ejemplo de auténtico intelectual a Clive Staples Lewis, nacido en Belfast, Irlanda en 1898. C.S. Lewis fue profesor de Literatura Medieval y Renacentista en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y ha sido uno de los grandes intelectuales de todos los tiempos. El maestro apologista fue autor de Las Crónicas de Narnia, Cartas del diablo a su sobrino, Trilogía cósmica, Mero cristianismo, La abolición del hombre, El problema del dolor, Los cuatro amores y muchas otras conocidas e influyentes obras literarias a nivel mundial. Se convirtió al cristianismo en 1931 y se hizo miembro de la Iglesia de Inglaterra (Anglicana). El propio Lewis señala su amistad con el escritor británico J.R.R. Tolkien (El señor de los anillos) y los escritos de G.K. Chesterton como influencias definitivas en su conversión.

 

Por supuesto, estamos hablando de “auténticos intelectuales”, y de estos, desafortunadamente, ha habido muy pocos en el mundo.

 

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor

 

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La teoría darwiniana de la evolución: ¿auténtica ciencia o hipótesis fallida?

febrero 14, 2009

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 Darwin y la teoría de la evolución (breve análisis)

“Ciertamente hay quienes sostienen que el universo evolucionó a través de un proceso al azar, pero, ¿qué proceso al azar podría producir el cerebro del hombre o el sistema del ojo humano?”.  Wernher von Braun, fundador del programa espacial de la NASA

 

La “gente de derecha” en Estados Unidos, como la denomina Álvaro Vargas Llosa en su artículo titulado Darwin y la derecha, publicado en El Diario Las Américas el 12 de febrero pasado, no menosprecia a Darwin porque lo crea un icono de la izquierda, que de hecho lo ha sido ( el darwinismo ha sido devastador para el mundo por el mensaje fundamental que comunica, las nefandas filosofías que ha engendrado y por los desastrosos efectos que ha tenido dondequiera que se ha arraigado), sino que rechaza sus absurdas teorías de la evolución orgánica porque carecen de auténtica evidencia científica que las sustenten; asimismo constituyen una versión depurada de la mentalidad científica del siglo dieciséis, la cual sustentaba el concepto de la refutada y desacreditada generación espontánea. Además, son irreconciliables con las enseñanzas bíblicas relacionadas con el origen del universo y de la humanidad. A las fallidas teorías de  Darwin no se les puede dar una “segunda oportunidad”, como algunos piden que se les dé, porque para esto es preciso renunciar a las creencias y principios cristianos provenientes de la Palabra de Dios, los cuales constituyen el fundamento inconmovible de nuestras vidas y de la propia sociedad libre y democrática en que aún vivimos. 

Muchos teólogos católicos y de otras denominaciones han abandonado la hermenéutica y prefieren la conveniente interpretación simbólica de la Biblia, lo que deja espacio para acomodar la hipótesis de la evolución. El propio Papa Juan Pablo II publicó una declaración en la que aseveraba que los nuevos conocimientos revelaban que la evolución era “más que sólo una hipótesis”, pero no dio a conocer cuáles eran los nuevos conocimientos a que se refería, ni por qué las milenarias verdades bíblicas relacionadas con el origen del universo y del ser humano habían perdido su validez.

Es lamentable y a su vez vergonzoso que la Iglesia de Inglaterra se haya apartado de la verdad que había creído y proclamado durante siglos al pedirle  disculpas innecesarias e inmerecidas a Carlos Darwin en una carta escrita en el 2008, por haber rechazado en el pasado sus teorías sobre el origen de las especies y del hombre. Con esto, rechazaron el verdadero Evangelio de Cristo, porque la aceptación de una teoría que niega la creación directa y literal de Dios y el pecado original de Adán, es la negación de la eficacia de la obra de Cristo en la cruz. Porque si Dios no creó al ser humano, no hay pecado original, por lo tanto, queda eliminada la necesidad de un Redentor que viene al mundo para rescatar al hombre de las consecuencias del pecado y a concederle la oportunidad del perdón, reconciliarse con Dios y recibir la vida eterna. Al negar esto, la iglesia renuncia a su auténtica razón de ser, a su misión en este mundo.

Carlos Darwin perdió la fe en Dios mucho antes de que se publicara, en 1859, su controvertida obra titulada El origen de las especies. Esto ocurrió, en primer lugar, porque Darwin no podía tolerar la enseñanza cristiana (bíblica) de la condenación eterna. En segundo lugar, se sabe que Darwin padeció enormemente por la muerte de Annie, su hija de diez años. En el caso de Darwin, el abandono de la fe cristiana bien pudo haber sido consecuencia directa de haberse negado a “perdonar” a Dios por la pérdida de su pequeña hija, y de no aceptar sus designios, dos actitudes que luego pueden haberse convertido en un puño de resentimiento y venganza levantado contra Dios mediante su labor científica y sus escritos.

Con la teorías expuestas por Carlos Darwin en El origen de las especies y El origen del hombre, se ha intentado desacreditar el relato bíblico de la creación o, como desdeñosamente lo llama Vicente Echerri en su artículo titulado Doscientos años de Darwin, publicado el pasado 12 de febrero en El Nuevo Herald, “mitos del Edén y visiones de beduinos de hace tres mil años”. No obstante, durante los 150 años transcurridos desde la publicación de la hipótesis darwiniana, no se ha podido probar la veracidad de su teoría. La geología, la paleontología y sobre todo la genética, no han corroborado la teoría de Darwin en modo alguno. Por el contrario, la han desacreditado. 

 

Falsas evidencias

¿Qué evidencias científicas existen de que el hombre desciende de algún primate? Ninguna. Por ejemplo, el Hombre de Piltdown, cuyos restos supuestamente fueron hallados en 1912 en Piltdown, Sussex, Inglaterra, por Charles Dawson, un paleontólogo aficionado, fue construido partiendo de la mandíbula de un antropoide moderno y de un cráneo humano fosilizado. Los paleontólogos del Museo Británico concluyeron que los restos del Hombre de Piltdown tenían quinientos mil años. En 1956 se descubrió el engaño. La revista  Selecciones del Reader’s Digest publicó un artículo abreviado del Popular Science Monthly, titulado “The Great Piltdown Hoax” (El gran engaño de Piltdown). Utilizaron el nuevo método para fechar huesos mediante la absorción de fluoruro y descubrieron que los huesos de Piltdown eran fraudulentos. Las nuevas investigaciones revelaron que la mandíbula pertenecía a un primate que había muerto hacía sólo 50 años. Los dientes habían sido limados. Además, tanto a dientes como a  huesos se les había aplicado bicromato de potasa para descolorarlos y ocultar su auténtica identidad. 

Y como éste hay considerables ejemplos de supuestos eslabones hallados, que resultaron ser fraudulentos, como el Hombre de Neandertal, que no eran más que los restos de un ser humano que había padecido de osteoartritis y raquitismo; y el Hombre–Mono de Java (Pithecanthropus erectus) u hombre mono-erecto, descubierto en 1891 por el evolucionista Eugene Dubois. Se trataba de una pequeña porción de la parte superior del cráneo, un fragmento del fémur y tres molares. Los restos fueron hallados en un área de más de 21 metros, en el transcurso de un año y en el antiguo lecho de un río, mezclados con huesos de animales extintos. Se reunieron 24 científicos europeos para estudiar el hallazgo: 10 de ellos indicaron que los restos provenían de un mono; 7 afirmaron que eran de un hombre; y 7 concluyeron que pertenecían a un eslabón que ya no estaba perdido. La controversia y la división imperaron. El prestigioso profesor Virchow, de Berlín, dijo: “No hay evidencia alguna de que estos huesos hayan formado parte de la misma criatura”.  Más tarde el mismo doctor Dobois cambió de parecer. Concluyó que se trataba de los restos de algún tipo de gibón. A pesar de lo antes dicho, las exhibiciones en museos y los dogmáticos libros de texto universitarios no contienen información en torno a la naturaleza equívoca del Hombre-Mono de Java. Su naturaleza cuestionable, al igual que la de la evolución del hombre, se ignora convenientemente o se oculta tras la máscara de los cacareados  “hechos científicos” de la evolución.

En  este punto es necesario señalar que hace mucho tiempo que los datos empíricos tienen muy poca importancia para la ciencia moderna (que excluye al Diseñador y Creador), sobre todo si los mismos tienden a desacreditar la teoría de la evolución. En la ciencia moderna predomina la teoría sobre los datos. Los evolucionistas interpretan los datos recopilados en términos del paradigma científico prevaleciente. En la actualidad la evolución es el paradigma que predomina y éste es en alto grado inmune a la influencia de los datos empíricos.

 

 Una teoría imposible de probar

La teoría de la evolución sigue siendo una teoría, porque es imposible probar científicamente cualquier hipótesis relativa a los orígenes. Lo único que ha podido verse a todas luces, referente al origen de las especies, es que la propia teoría de la evolución, no las especies, ha evolucionado continuamente, durante la relativa brevedad de su existencia. De manera que no existen discrepancias entre la fe y la verdadera ciencia, porque la teoría de la evolución no es verdadera ciencia comprobada ni comprobable, sino simplemente una hipótesis imposible de probar científicamente, puesto que es imposible observar el origen del universo y realizar experimentos en relación con el mismo. ¿En qué hechos está basada la evolución? En convicción religiosa tal vez, más no en hechos científicos, pues es necesario tener muchísima más fe para creer en la teoría de la evolución que en la declaración bíblica de que Dios creó el universo y todo lo que existe. Si creemos que Dios es Dios, ¿por qué pensamos que hay algo imposible para Él?

El biólogo británico L. Harrison Matthews, en el prefacio de El Origen de las especies de Darwin, edición de 1971, dice: “La evolución es la columna fundamental de la biología; por esa razón la biología está en la particular posición de ser una ciencia fundamentada en una teoría no probada- ¿es entonces ciencia o fe? En este sentido, creer en la teoría de la evolución es exactamente paralelo a creer en la creación- ambos son conceptos cuyos seguidores saben que son verdad, pero ninguno, hasta el momento, ha podido ser probado”.

La teoría de la evolución, después de 38 años de haberse escrito lo anterior, sigue sin ser probada. Por lo tanto, sólo puede ser clasificada como creencia, como filosofía subjetiva de orígenes, y de hecho como la auténtica religión de muchos científicos. Los científicos pueden teorizar tocante al pasado y el futuro, sin embargo sólo el presente puede ser observado. De manera que es falso el concepto generalizado de que la evolución ha sido comprobada científicamente. Durante décadas se ha enseñado en todo el mundo la teoría de la generación espontánea (que la vida proviene de la materia no viviente), a pesar de que esta hipótesis hace tiempo fue desacreditada científicamente por Pasteur, Redi y Spallanzani, quienes demostraron que la vida proviene únicamente de vida pre-existente.

Nos preguntamos, ¿por qué es generalmente aceptada como hecho comprobado una teoría de orígenes desprovista de evidencias científicas reales? La respuesta es obvia: porque la creación especial efectuada por un Dios todopoderoso y eterno es enteramente inaceptable para los científicos ateos y agnósticos. Vale la pena citar lo escrito por George Wald, ganador en 1967 del Premio Nobel de la Paz en el terreno de la ciencia:

“En cuanto al origen de las vida en esta tierra, sólo hay dos posibilidades: creación o generación espontánea (evolución). No hay una tercera forma. La generación espontánea fue refutada hace 100 años, pero eso nos lleva únicamente a otra conclusión: la creación sobrenatural. Esta no podemos aceptarla por razones filosóficas (motivos personales); por tanto, escogemos creer lo imposible: que la vida surgió espontáneamente por casualidad”.

 

Científicos que rechazan la teoría de la evolución

A pesar de esto, no todos los científicos son evolucionistas ateos. Sabemos que numerosos pioneros de la ciencia fueron cristianos devotos que creían en el relato bíblico de la creación, como Luis Pasteur, Isaac Newton, Robert Boyle, Michael Faraday, Lord Kelvin, James Maxwell y Samuel Morse, para citar sólo algunos de lo más conocidos. Y cada día se suman más nombres a la larga lista de científicos que rechazan la evolución y creen en la creación especial.

Ahora surge una pregunta: ¿Por qué es tan importante lo que una persona cree tocante al origen del universo y a su propio origen? Porque lo que una persona cree siempre determina su estilo de vida y, sobre todo, su destino eterno.  Si la evolución es cierta, la vida carece de propósito, de manera que vivamos la vida como mejor nos parezca, porque mañana moriremos y ahí concluirá nuestra existencia. No obstante, si Dios nos creó, la vida no sólo tiene significado sino un propósito eterno. Entonces, lejos de ser un accidente evolutivo, el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, se convierte en la corona de la creación (Génesis 1:26-27).

Aquellos que rechazan y ridiculizan el relato bíblico de la creación y tienen por ignorantes, supersticiosos, anticuados o  “derechistas intransigentes” a los creyentes en Cristo que nos negamos a aceptar una hipótesis de orígenes popular pero fallida, y aceptan por conveniencia moral o arrogancia intelectual la teoría de la evolución como verdad comprobada e irrebatible, es preciso que sepan que el propio peso acumulativo de los hechos científicos y bíblicos ha desacreditado el fraude insostenible y pernicioso de la teoría de la evolución.

Guido F. Castellanos

 Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor 

 

 


La sociedad estadounidense y la rana en la olla

febrero 11, 2009

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El día que desaparezca la libertad religiosa del panorama estadounidense, acto seguido se desvanecerán las demás libertades de que disfrutamos.

 

La inmensa mayoría de los cubanos nacidos bajo el régimen comunista de Cuba no es comunista, sin embargo, lleva las huellas indelebles de una sociedad despojada de libertades, desintegrada, empobrecida espiritualmente y de una cultura destruida y agudamente vulgarizada. En la antigua Unión Soviética y en Cuba los regímenes comunistas pusieron en marcha un experimento a gran escala para crear un nuevo hombre y establecer una nueva sociedad. Este experimento estaba primordialmente impulsado por la supresión de libertades, la represión, el adoctrinamiento político y el lavado de cerebro en las escuelas, bajo el control absoluto del gobierno. Como era de esperarse, estos regímenes ateos concebían a la fe religiosa como un obstáculo peligroso para el exitoso desarrollo de su experimento, por lo que cerraron la mayoría de las iglesias y en la Unión Soviética asesinaron a más de cuarenta mil clérigos. El régimen comunista soviético, además, prohibió la instrucción religiosa en las escuelas. En Cuba, intervinieron todos los centros de instrucción privada y los nacionalizaron, erradicando así por completo la instrucción religiosa privada en toda la isla.

 

Después del desplome del comunismo soviético en 1991, se difundió por el mundo la noticia de que los políticos del nuevo gobierno ruso lamentaban la falta de honestidad y caridad del pueblo, por lo que contrataron a organizaciones extranjeras para que vinieran al país a enseñar Los Diez Mandamientos y sus implicaciones para la vida cotidiana, en escuelas públicas repletas de analfabetos bíblicos.

 

Una sociedad libre y próspera como la de Estados Unidos, encara hoy en día un desafío formidable. A pesar de la libertad para disfrutar la vida a plenitud y las innumerables oportunidades que hasta la fecha ha brindado este país en todo aspecto, no pocos de los que llegamos como exiliados a esta gran nación, que nos recibió con brazos abiertos y nos proporcionó la oportunidad de comenzar una nueva vida, observamos con preocupación lo que ya hace años acontece en este país, a saber, que muchos de los cambios que se dieron en Rusia y en Cuba con la instauración de regímenes marxistas, están aconteciendo aquí, en la nación más libre del mundo, sin necesidad de que se establezca un régimen totalitario marxista o socialista.

 

Cuando en Estados Unidos, además de las asignaturas básicas, se impartían principios morales y se permitía la formación del carácter en el aula, se enseñaba el creacionismo bíblico, no se prohibía hablar de Dios y de Jesucristo y se permitía la lectura irrestricta de la Biblia, las escuelas públicas no eran sitios peligrosos, como en la actualidad. ¿Qué ocurrió? La influencia de John Dewey, quizá el educador más influyente del siglo veinte en Estados Unidos, logró erradicar de la educación pública estadounidense los últimos vestigios del mensaje cristiano y su propósito, y los reemplazó con la teoría de la evolución, el socialismo, la ciencia secular y la ausencia de valores absolutos. Dewey creía que la religión era fundamentalmente un intento de ajuste a las dificultades de la vida, y por tal motivo el ser humano debía librarse de las ideas y creencias anticuadas, como el cristianismo. La ciencia debe ser la guía para cualquier fe moderna, pues sólo ella abre la puerta que conduce al conocimiento confiable, explicaba Dewey. Él sabía que la enseñanza pública en todos los niveles era el campo de batalla para el derrocamiento definitivo del cristianismo y la libertad religiosa, porque el día que desaparezca la libertad religiosa del panorama estadounidense, acto seguido se desvanecerán las demás libertades de que disfrutamos. Que no quepa la menor duda que el cristianismo constituye el mayor impedimento para la dominación absoluta, no sólo de Estados Unidos sino del mundo entero, por parte del humanismo secular. La asistencia federal a la educación, que comenzó en alta escala en 1957, inició el control secularista de las escuelas públicas. Desde entonces, el dominio filosófico de las escuelas públicas (gubernamentales) ha pasado mayormente de las comunidades locales a manos del gobierno federal. Cal Thomas, conocido periodista estadounidense, en un artículo titulado Republicans Can Help Kids with Choice,  publicado en 1999 en el número del 21 de agosto del Colorado Spring Gazette, dijo que “la izquierda humanista sabe que la única forma de crear enormes cantidades de robots ideológicos y sociales, deseosos de continuar en sus fallidos pasos, es encarcelar a multitudes de niños en escuelas gubernamentales en donde se les obliga a aprender la ideología liberal y se les miente tocante al sexo, la historia y sobre muchos otros asuntos, a expensas de los contribuyentes”.

 

Si el sistema escolar público estadounidense es supuestamente el de un gobierno libre y democrático, ¿por qué entonces se prohíbe hablar de Dios y de Cristo en el aula, la lectura de la Biblia en clases, la oración pública, y la enseñanza del creacionismo bíblico, como en los países comunistas; y por otro lado, impera el revisionismo histórico, se enseñan la teoría de la evolución como hecho científico comprobado e indiscutible, el multiculturalismo y la corrección política; se condena la cultura occidental, la cual ha provisto la mayor parte del conocimiento, el progreso, la medicina, la tecnología, los alimentos, la calidad de vida y la libertar del mundo; se enseña el antiamericanismo, y se reparten condones a los estudiantes? ¿No se está pareciendo demasiado el actual sistema escolar público estadounidense, controlado por el gobierno federal, al que establecieron los comunistas en Rusia, y al que aún impera en la Cuba marxista? Y si algún padre osado, que realmente valore la libertad y la patria potestad sobre sus retoños desea comprobar el grado de libertad que disfrutan los padres para tomar decisiones respecto a la educación de sus hijos en este país, que se atreva a sacar a un hijo de la escuela pública y le comunique a la dirección que no lo enviará más a la escuela. No dude que pronto recibirá una desagradable sorpresa por parte de las autoridades docentes, y comprobará que los largos tentáculos del gobierno estadounidense cada día se adentran más en la vida privada del ciudadano y van dejando gradualmente menos espacio para las decisiones que debían corresponderles exclusivamente a las familias y no a los burócratas gubernamentales.

 

El socialismo ateo, hasta la fecha, no ha logrado entrar por la puerta frontal y manifiesta de la política estadounidense. Sin embargo, se ha estado colando paulatinamente y con paso firme durante décadas por la puerta solapada de la educación pública en todos los niveles. ¿Le estará ocurriendo a nuestra sociedad estadounidense lo que a la proverbial rana metida en la olla, que muere cocida por no haber percibido el gradual aumento de la temperatura del agua hasta el punto de ebullición?

 

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor


¿Qué ocurre cuando el ser humano niega la existencia de Dios?

febrero 2, 2009

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Belsasar, Rembrandt Van Rijn, 1635

Dice el necio en su corazón: no hay Dios (Salmos 14:1; 53:1).

El ateo no es tanto aquel que no cree en la existencia de Dios, sino la persona que quiere a Dios fuera de su vida para luego entronizar a un ídolo.

 

                     

Karl Marx afirmó que el propósito del comunismo era desentronizar a Dios y destruir el capitalismo. Marx creía que la religión era una engañosa invención humana de los ricos, para controlar a la clase obrera. Por eso aseveró, comentando las obras de Hegel, que “la religión es el opio de los pueblos” (aforismo proveniente de Heine), queriendo señalar que la religión es una forma de escapismo. El mismo Lenin afirmó lo siguiente: “La base filosófica del Marxismo, como repetidamente lo declaran Marx y Engels, es el materialismo dialéctico…un materialismo que es absolutamente ateo y determinadamente hostil a toda religión”.

Es necesario subrayar que el número de genocidios de los regímenes ateos y comunistas de la antigua Unión Soviética y europeos, China, Corea del Norte y Cuba, asciende a más de cien millones.

Hay personas que afirman no creer en Dios porque no es posible probar su existencia ni demostrar su inexistencia mediante los métodos científicos modernos. Sin embargo, esto ocurre primordialmente porque la ciencia moderna ha sido diseñada para que excluya al Diseñador y Creador del universo. De lo que sí hay pruebas definitivas es respecto a lo que ocurre cuando el ser humano niega la existencia de Dios y vive como si él no existiera. ¿Ha pensado alguna vez en esto el ateo?

Enumeremos algunas.

1) Si Dios no existe, tampoco existen el bien y el mal. De modo que el ser humano sólo posee opiniones subjetivas respecto a aquello que considera “bueno” o “malo”. Sin una autoridad moral suprema, ¿con qué autoridad determinaremos el bien y el mal? Las opiniones, como acertadamente ha dicho alguien, son como el ombligo: todos tenemos uno pero ninguno sirve para nada.

2) Si Dios no existe la vida carece de significado. Como pretende explicar la teoría de la evolución, somos entonces producto del azar y la selección natural, y nuestra existencia no posee mayor valor y significado que un grano de arena.

3) Si Dios no existe, el sufrimiento humano no tiene el menor sentido. Además, las más benévolas e inocentes víctimas del abuso, la tortura y el asesinato no tienen mejor destino después de la muerte que los más brutales y sanguinarios verdugos y asesinos de la historia. Sólo si existe un Dios misericordioso y justo, quien ha provisto en Cristo la solución para el dilema de la raza humana, es que Billy Graham y Fidel Castro tienen destinos diametralmente opuestos.

4)   Si Dios no existe, en última instancia, la vida humana es una descomunal tragedia. El ser humano nace, vive, sufre (muchos desmedida e injustamente), muere (algunos horriblemente y no pocos prematuramente) y después sólo le espera la inconsciencia eterna, la nada, el olvido.

5) Si Dios no existe, el ser humano carece de libre albedrío y es un autómata cuyos pensamientos, decisiones y conducta los determinan los genes y el medio ambiente. El ser humano sólo puede ser libre en todo aspecto cuando existe un Dios soberano quien lo ha creado a su imagen y semejanza moral y espiritual y le proporciona la capacidad de trascender los genes y su entorno.

6) Si Dios no existe, lo santo desaparece y el decoro carece de valor. Por ejemplo, la persona que cree en Dios y conoce su palabra sabe que hay una forma correcta de expresarse y una manera reprochable de hablar. La vulgarización de las artes, particularmente de la literatura, es mayormente fruto del relativismo moral, el cual se origina en el ateísmo y el humanismo secular. Los escritores ateos y seculares ridiculizan la misma noción de la expresión vulgar y desvergonzada y rinden culto al mal gusto, porque para ellos todo lenguaje, por procaz que sea, es admisible para expresarse “libremente”. Y esto para ellos es lo más importante. De manera que el término vulgarización, en lo que a la literatura se refiere, es inaceptable para estos literatos. Sin embargo, la marcada vulgarización de una sociedad, como la cubana bajo el régimen marxista y ateo de La Habana, es innegable síntoma del avanzado grado de relajamiento y decadencia de una cultura que ha sido brutal y sistemáticamente destruida. Los artistas no hacen más que reflejar en su obra esa destrucción.Y si para ellos Dios no existe, ¿de dónde provendrá la inspiración para crear un arte de elevado vuelo, ennoblecedor, que realmente inspire? ¿Del nihilismo, del relativismo moral, del feísmo, del empobrecimiento y la vulgarización cultural? Por eso es que en tantos museos y en galerías de arte contemporáneo cada día se exhiben más “obras de arte” en las que se celebra lo chabacano, lo escatológico, lo chocante lo grotesco y lo vulgar.

7) Si Dios no existe, todos los que a través de los siglos han tenido fe en el Dios verdadero, han vivido engañados; ninguna oración, en ninguna parte del mundo, ha sido escuchada y mucho menos contestada, y jamás ha ocurrido ni un solo milagro. El propio apóstol Pablo afirmó que si la resurrección de Cristo y de los muertos es un embuste, la fe del cristiano carece totalmente de valor y el propio cristianismo no sirve para nada: “Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres. Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos” (1 Corintios 15:16-19, 32b).

8 ) Si Dios no existe no hay derechos humanos inalienables. La evolución no confiere derechos a nadie. La materia y la energía no están interesadas en los derechos individuales. Si Dios no existe, nadie tiene derecho de reclamar derechos personales ni de ninguna índole, porque los derechos provienen de un dador, y ese dador es Dios.

9) Si Dios no existe, el ser humano se convierte en la medida de todas las cosas, y el sitio que debía corresponderle a Dios lo ocupa el ego, otra persona, una profesión, la imagen de un ser humano o de un animal, o cualquier otra cosa. El ateo, entonces, no es tanto aquel que no cree en la existencia de Dios, sino la persona que quiere a Dios fuera de su vida para luego entronizar a un ídolo.

10 ) Si Dios no existe, la afirmación de Dostoievski de que “sin Dios todo es permitido”, se convierte en realidad. De hecho, se convirtió en una trágica realidad en la historia de la URSS, su nación. En Cuba, el fallido experimento marxista de Castro también ha destruido la familia, la sociedad, la cultura y la economía, y la desesperanza y la pobreza de un pueblo en todo aspecto, sobre todo el espiritual, son el horrendo legado de este macabro experimento. El ilustre escritor inglés y profesor de literatura medieval de la Universidad de Oxford, C.S. Lewis, dijo: “Ten como objetivo el cielo y recibirás también la tierra. Ten como objetivo la tierra y perderás ambas cosas”. Tanto el experimento soviético como el cubano ilustran claramente la segunda parte de esta fórmula.

La ciencia moderna excluye al Diseñador y Creador, sin embargo, el Dios invisible se manifiesta al hombre a través de su creación visible: “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Romanos 1:20).

De manera que el verdadero opio de los pueblos es creer que la existencia del ser humano termina con la muerte física, que después viene la nada para todos, que no hay vida eterna o infierno después de la muerte. Se trata de la falsa esperanza de que el ser humano jamás rendirá cuentas a Dios por sus mentiras, crímenes, hipocresía, cobardía, envidia, traición, egoísmo, codicia, promiscuidad… y, sobre todo, por haber rechazado la solución provista por Dios para librar al ser humano de la condenación y el infierno y proporcionarle vida eterna, a saber: la muerte y resurrección de Cristo.

Guido F. Castellanos

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