El ateísmo: ¿rebelión intelectual o moral?

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La creencia popular es que el ateísmo es primordialmente una rebelión intelectual. ¿Será esto cierto, o podremos demostrar, sin lugar a dudas, que el ateísmo no es más que una rebelión moral? Veamos. El mayor problema para el ateo no es la invisibilidad de Dios, sino el hecho de que sus leyes y principios morales le resultan intolerables. Toda manifestación de incredulidad en Dios tiene un origen moral. El ateo vive adaptando la verdad a sus deseos, no viceversa. Es decir, que el carretón para ellos va siempre delante de los bueyes.

No cabe duda de que el atractivo perenne del ateísmo radica en que éste da al traste con Dios—al menos el Dios “inflexible” y “severo” del cristianismo—, y libera al ser humano para que el mismo pueda disfrutar irrestrictamente los placeres del pecado y el desenfreno. Es decir que, al deshacerse del juez, el ateo está convencido de que no estará sujeto a un juicio moral, ni en esta vida, ni después de la muerte. Como dice el conocido refrán: muerto el perro, se acabó la rabia.

 La libertad—más bien el libertinaje—sexual es, sin lugar a dudas, el motivo más poderoso para el ateísmo. Una cosmovisión materialista no puede producir otra cosa que una moralidad materialista. De manera que el darwinismo se ha convertido para un sinnúmero de personas en el fundamento de su moralidad. Si el ser humano desciende de los animales y es una mera continuación de los mismos, y no es fruto de una creación especial, como afirman las Escrituras, “a imagen y semejanza de Dios”, entonces, al igual que ellos, carecemos de conciencia moral. De manera que el darwinismo se convierte en un vehículo conveniente y eficaz para liberar al hombre de la restrictiva y asfixiante moralidad tradicional. El ateo puede entonces desentenderse, de una vez y para siempre, de las antiguas ataduras morales y vivir de acuerdo a sus deseos y pasiones naturales.

Todo el que conoce la historia del ateísmo sabe que Julian Huxley, nieto de Tomás H. Huxley, amigo y socio de Darwin, afirmó: “La sensación de alivio espiritual que resulta del rechazo del concepto de Dios como ser sobrenatural es enorme”. Su propio hermano, Aldous Huxley, conocido ateo, dijo: “Yo tenía motivos para no querer que el mundo tuviera significado, por lo que di por sentado que no lo tenía, y pude fácilmente encontrar motivos satisfactorios para apoyar esta suposición. Para mí, sin duda al igual que para la mayoría de mis contemporáneos, la filosofía de la absurdidad era fundamentalmente un instrumento de liberación. Deseábamos liberación de determinado sistema de moralidad, el cual interfería con nuestra libertad sexual” (itálicas del autor).

En el libro titulado Por qué no soy cristiano, Bertran Russell afirmó: “La peor característica de la religión cristiana es su actitud tocante al sexo”. Por eso precisamente es que la mayoría de los ateos contemporáneos han decidido romper con el cristianismo. Denish D’Souza, en su libro titulado What´s  So Great About Chirstianity (Lo grandioso del cristianismo), afirma que “cuando un ateo provee justificaciones detalladas de por qué Dios no existe y por qué la moralidad tradicional es una ilusión, lo más probable es que esté pensando en sus órganos sexuales”.

Éste es precisamente el motivo por el cual muchas personas niegan la existencia de Dios, muy en particular el Dios del cristianismo: para evadir la responsabilidad de rendir cuentas a Dios en la vida venidera. En Romanos 2:6-8 dice: El cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad,  pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia”.

Y en Apocalipsis 21:8 leemos: “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”.

 El ateísmo: un falso refugio

Por lo tanto, el ateísmo es un falso refugio. La Biblia enseña que la muerte no es el fin: nos conduce a la presencia del Señor y Juez del universo, a quien rendiremos cuentas. Muchos procuran evitar a toda costa esta irrevocable comparecencia ante el Juez supremo y, procurando tapar el sol con un dedo, es decir, pretendiendo que Dios no existe, suponen que han anulado su existencia. Es algo así como la promulgación de una ordenanza en una ciudad para abolir la ley de gravedad todos los días entre el medio día y la una de la tarde. ¿Quién será el tonto que se atreverá a lanzarse desde el décimo piso de un edificio hacia la calle a las doce y treinta de la tarde para comprobar la efectividad de la nueva ley? En Juan 3:20 dice: “Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas”.

El ateísmo proporciona un falso refugio para aquellos que se niegan a reconocer que son pecadores y necesitan el perdón de Dios. Porque si Dios no existe, los principios y mandatos suyos en la Biblia, sobre todo cualquier índole de relación sexual fuera del matrimonio, no se convierten en pecados que deben evitarse, sino en incitaciones a las que debemos sucumbir. La reacción de todo el que rechaza a Dios y sus principios morales debe ser, como dice una popular canción de Joan Manuel Serrat, “vencer la tentación sucumbiendo en sus brazos”.

No cabe duda de que muchas personas convenientemente aceptan la declaración nietzscheana de que Dios está muerto. Mas el que está muerto hace más de un siglo es Nietzsche, no Dios. Dinesh D’Souza, en el libro ya citado, tiene razón cuando afirma que “en el plan de Nietzsche, no es enteramente correcto afirmar que Dios ha muerto. Más bien, el ser humano ha matado a Dios con el propósito de obtener la libertad que le permite inventar su propia moralidad”.

Y como que Dios es el origen de la ley moral, su muerte o inexistencia significa que nos hemos quedado sin fundamento ético. Esta falta de fundamento ético permite que el ateo  y todo el que desecha a Dios, evada la culpabilidad, porque su moral es relativa y se define según su conveniencia. Todo el que no cree en Dios buscará explicaciones que concuerden con sus preconceptos. Cada quien se convierte en la autoridad final en lo que a sus principios se refiere. Por eso hemos concluido, sin lugar a dudas, que el ateísmo es fundamentalmente una rebelión moral, no intelectual.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor 

 

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