Lluvia de semillas en el pueblo

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A continuación publicamos el capítulo sexto del libro recién publicado por Alhambra Publishing Group, titulado Mi patria de papel, escrito por Guido F. Castellanos. Para leer testimonios acerca del libro y comprar, seguir vínculo:

Mi patria de papel

6

Cuando el niño destroza su juguete, parece que anda buscándole el alma.

Víctor Hugo

 

Después de almuerzo me fui al traspatio de la casa de mis abuelos. Hacía menos de una semana que mis padres me habían traído para que pasara mis acostumbradas vacaciones de verano en el campo. Saqué un cartuchito de papel de los que usaban en la bodega, repleto de semillas de mamoncillo secas, que yo había guardado debajo del lavadero de concreto que estaba detrás de la casa. Las semillas de mamoncillo son redondas, duras y a menudo de mayor tamaño que las coloridas bolas de cristal con las que solíamos jugar. Esta fruta tropical se da en un árbol muy alto, que puede alcanzar hasta los treinta metros. Tiene la cáscara de color verde y una semilla redonda cubierta de una masa gelatinosa de color amarillenta tirando a rosada de sabor agridulce. En Cuba se le llama “árbol macho” al mamoncillo que no da fruto y “árbol hembra” al que lo produce. Es una fruta estacional, de modo que cuando se daba, aprovechábamos para comerla, porque no se mantenía fresca por mucho tiempo. Siempre que la comíamos lo hacíamos en presencia de nuestros mayores, y se nos advertía que tuviéramos sumo cuidado, porque si por descuido se nos iba la semilla para la garganta, podíamos asfixiarnos. De manera que siempre la comíamos con mucha cautela, teniendo presente aquella amonestación. Aunque debo confesar que en más de una ocasión pasé un buen susto porque se me rodaba la semilla para la garganta, aunque jamás me tragué ninguna.

Recostado a la derecha del lavadero estaba un viejo palo de escoba que yo había recortado aproximadamente al largo de un bate de béisbol juvenil. Abuela Chalía estaba en la cocina, fregando y secando la losa y los cubiertos del almuerzo, antes de irse a su dormitorio a descansar un rato. Con el bate improvisado y el cartucho de semillas de mamoncillo en las manos, me planté en el mismo centro del patio, para comenzar a batear con el palo de escoba recortado, en divertida práctica, las esféricas y duras semillas de mamoncillo.

Era la hora de la siesta. Después del almuerzo, cuando el calor del verano en mi pueblo natal comenzaba a alcanzar su mayor intensidad, los vecinos habitualmente se entregaban a la inactividad o eran vencidos por el sopor producido por la digestión y la canícula. Reinaban la tranquilidad y el silencio. Abuela, que me conocía como si me hubiera parido, me dijo:

 — No te pongas a tirar semillas de mamoncillo para los techos, que ya me han dado las quejas de que no dejas dormir la siesta a los vecinos.

 —No, abuela, no voy a tirar semillas de mamoncillo—le aseguré yo, no mintiendo del todo, pues no iba a lanzar las semillas con la mano, sino a batearlas con el palo de escoba recortado.

Durante mi niñez mis padres me compraron muchísimos y variados juguetes. Yo siempre prefería los autos y camiones eléctricos motorizados y los de control remoto. Sin embargo, no había uno solo de ellos que yo dejara sin abrir y explorar, con la insaciable curiosidad de averiguar qué tenían dentro estos maravillosos artefactos, fabricados para mi entretenimiento y deleite. No obstante, a los diez años de edad, prefería jugar a las bolas, montar bicicleta o salir al patio a batear semillas de mamoncillo, que jugar con mis carritos, imaginando que estaba en el cajón de bateo de un magnífico terreno de pelota, vestido de reluciente uniforme, enfrentándome a los mejores lanzadores de béisbol de Cuba en aquella época.

Esperé tranquilamente a que abuela terminara sus trajines en la cocina, para que no me sorprendiera infraganti en mi “actividad delictiva”. Lo único que interrumpía el absoluto silencio de aquella hora era el canto de un sinsonte, que siempre alegraba la campiña. El sinsonte era una de las aves cantoras que abundaban en Limones y en toda Cuba. Mario, el carpintero que vivía en la acera de enfrente, tenía un sinsonte enjaulado que había criado desde que era un pichón. Sin embargo, después de haberse visto obligado a un prolongado encierro en su casa, víctima de una tuberculosis que le amenazó la vida, puso en libertar al sinsonte, y nunca más volvió a tener una de estas aves en cautiverio. El encerramiento, la soledad y la fragilidad de la vida, experimentados en carne propia durante su prolongada convalecencia, le hicieron ver la vida de un modo distinto: quizá ahora valoraba mucho más la libertad, el aire libre y puro y la compañía de otras personas.

Mis primos, Rosa María y Rafaelito, hijos de mi tío Rafael y ambos menores que yo, estaban con mi tía, Iraida, en su dormitorio. Ya tenía el campo libre para realizar mi práctica de bateo y a su vez perturbar el sueño y la tranquilidad de los vecinos. Esto último, a decir verdad, no era mi expresa intención, no obstante me deleitaba el estallido que se producía cada vez que uno de aquellos proyectiles redondos daba contra un techo de metal.  De modo que abrí el cartucho, saqué la primera semilla de mamoncillo, la lancé al aire delante de mí, e hice swing con mi bate improvisado. Fallé en el primer intento. La segunda vez conecté un batazo largo y elevado, que pasó sobre el traspatio de la casa aledaña y calló en medio de la calle lateral de tierra. La tercera semilla bateada fue a dar contra el techo de cinc de la cochera de un vecino llamado Nicomedes, y el impacto sobre el metal produjo un fuerte estallido que se oyó a media cuadra de distancia. Luego le siguió una lluvia continua de semillas de mamoncillo, que causó grande conmoción en el vecindario. Uno de los proyectiles fue a dar contra el techo del lavadero de una de las casas al fondo, donde vivían dos primos hermanos de mi madre, Pablito y Rubén, hijos de un difunto hermano de mi abuela, llamado Abelino. Pablito siempre fue muy estudioso y Rubén muy trabajador. Cuando era muchacho, para tener su propio dinero, Rubén iba de puerta en puerta por el pueblo, vendiendo frutas y aguacates. A veces llegaba a casa de mi tía Cuca, hermana mayor de mi padre, con una buena muestra de aguacates para que ella escogiera. Rubén, haciendo memoria de aquellos tiempos, decía: “¡Concho!, Cuca apretaba todos los aguacates maduros y a menudo no me compraba ninguno”.

En medio de la lluvia de semillas, una vecina comenzó a dar voces desde una ventana:

— ¡Oye, Guidito, deja ya de tirar piedras, que no nos dejas descansar! Se lo voy a decir a tus padres cuando vengan a buscarte.

Paraba la lluvia de semillas por unos instantes y me iba al otro lado de la casa, para que no me vieran. Una vez que cesaban las protestas de los vecinos, arremetía nuevamente, procurando no volver a molestar a los vecinos que se habían quejado. Eso requería muy buena puntería, la cual yo tenía. No obstante, a veces se me escapaba algún proyectil hacia la zona “prohibida”, y entonces me veía obligado a suspender mi práctica de bateo y meterme en la casa. Ciertamente yo había producido una lluvia de semillas de mamoncillo que más bien parecían piedras al rebotar contra los techos de metal de las casas en aquella sección del pueblo azucarero, donde sus habitantes procuraban dormir la siesta, reposar tranquilamente, o disfrutar de alguna novela o programa radial transmitido a esa hora del día.

Las veinticinco o treinta semillas secas de mamoncillo que había metido en el cartucho el día anterior se habían agotado, impulsadas por el swing que yo hacía con el palo de escoba recortado. Después de perturbar la tranquilidad de parientes y vecinos, puse mi bate improvisado junto al fregadero y boté el cartucho de papel a la basura, que ya estaba roto y lleno de tierra.

Abuela Chalía no se enteró de inmediato, sin embargo los vecinos afectados por la ruidosa e irritante lluvia de semillas de mamoncillo, no tardaron en darle nuevamente las quejas de mis fastidiosas travesuras. Después de llegar a sus oídos, abuela me regañó, y me aseguró que jamás volvería a comprarme un solo mamoncillo. 

— ¡Carijo, Guidito!, ¿no te dije que no lo hicieras más? Se acabó: no te compro más mamoncillos, porque los vecinos que no saben que estás en Limones, se enteran de tu llegada cuando escuchan el ruido de la lluvia de semillas de mamoncillos que cae sobre sus techos. Todos los veranos es la misma cosa. ¡Qué salación contigo y las dichosas semillas de mamoncillo, muchacho!

Desde luego, esa amenaza jamás se cumplía, porque cuando se le pasaba el berrinche conmigo, mi consentidora abuela me volvía a comprar mamoncillos y entonces yo volvía a la carga y se repetía el mismo ciclo. Con el tiempo, no obstante, dejé de perturbar la tranquilidad pueblerina de los vecinos con mis lluvias de semillas de mamoncillo, y mi llegada a Limones cada verano dejó de ser una temible amenaza para la paz y la tranquilidad del rural vecindario.  

Publicado con permiso de Alhambra Publishing Group

Se prohíbe la reproducción total o parcial de este capítulo de Mi patria de papel

 

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Mi patria de papel

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