¿Quién creó a Dios?

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El que no cree en Dios buscará explicaciones que concuerden con sus preconceptos.

Esta pregunta, formulada por un niño, es comprensible y hasta encomiable. Sin embargo, cualquier adulto que se atreva a preguntar quién creó a Dios—como últimamente lo han hecho algunos jóvenes universitarios queriéndoselas dar de sagaces y originales—, en la mayoría de los casos no hace más que manifestar a todas luces su puerilidad e ignorancia o su intento de formular una pregunta capciosa que a fin de cuentas no lo es. La respuesta es tan obvia que se cae del árbol. Nuestra mente no puede comprender realmente el concepto de un Dios eterno, quien no fue creado por nadie —porque de otra forma no sería Dios— y que existe independientemente del universo que Él creó. Poseemos mentes finitas, sujetas a la estructura de un universo constituido por el espacio-tiempo-materia en el que funcionan. Nuestras mentes carecen de la capacidad para comprender el infinito y la eternidad fuera de los límites del espacio y el tiempo o anterior a los mismos. No obstante lo dicho, lo que no podemos comprender, podemos creerlo.

En ocasiones me han preguntado si creo en el relato bíblico de la creación literal de Adán y Eva, en el nacimiento virginal de Cristo y en su resurrección, y en los milagros. Cuando me hacen preguntas semejantes, después de responder que sí,  lo primero que hago es averiguar si mi interrogador alguna vez ha leído la Biblia en su totalidad. Muy pocas veces me veo obligado a formular la segunda pregunta: ¿cuántas veces la ha leído?, porque la mayoría de los que formulan estas preguntas jamás ha leído la Biblia. Sólo el mentecato se atreve a juzgar un libro que jamás ha leído. Dicho esto, debe quedar claro que a la Biblia, al igual que a los leones, no hace falta defenderla: sólo basta con abrirle la jaula.

Venimos a este mundo no sabiendo nada. Sin embargo al llegar a la adolescencia muchos piensan que lo saben todo. A menudo es necesario que transcurran veinte o treinta años antes de que comprendan lo poco que realmente  saben. No obstante estos jóvenes, envalentonados en parte por la distante proximidad (esto es un oxímoron) y el anonimato que proporciona la Internet y también, no cabe duda, por la ignorancia, que a menudo es tan atrevida que aquel que la padece confunde la astucia con la  sabiduría y la temeridad con el valor, equivocadamente concluyen que el campo de juego es parejo para todos. Pero lo que no se les acaba de meter en el caletre es que, aun suponiendo que el campo fuese parejo para todos, los más talentosos y experimentados son los que  siguen saliendo al campo de juego regularmente; los demás continuarán, en el mejor de los casos, jugando en las ligas menores y esperando su turno (si es que llega algún día) o seguirán siendo espectadores, aunque se autoengañen pensando que  son capaces de batirse téte a téte con los versados en cualquier materia que a ellos se les antoje discutir, haciendo alarde de su ignorancia. Bien ha dicho Jorge Mañach que “es siempre posible que cualquier “chisgarabís” (mequetrefe) se crea con derecho a discutir los pareceres del especialista más autorizado, y que el talento o la larga dedicación se hallen un poco a la merced del primer bufo que les salga al paso, a veces con una pluma en la mano”. Y en la actualidad este fenómeno ha adquirido proporciones epidémicas, porque cuando Mañach escribió esto, no existía la Internet. Por eso no nos asombra que estos jóvenes que niegan a Dios y formulan preguntas como la que encabeza este artículo, sean los mismos que creen en los mitos modernos, como los logros de la revolución cubana, el Che Guevara, el calentamiento global provocado por el ser humano, y otros por el estilo, y ni siquiera se molestan en comprobar, buscando en esa Internet que tanto usan, si lo que creen es cierto o pura ficción. Por lo antes dicho es conveniente recordar siempre la sabiduría del viejo refrán: “Quien con perros se echa, con pulgas se levanta”. Y otro de parecido significado: “El que con niños se acuesta, mojado se levanta”.

El corazón entendido busca sabiduría: mas la boca de los necios se alimenta de necedades (Proverbios 15:14).

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.

 

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