El aborto: infanticidio convertido en derecho constitucional

 

 mamiguiditolimones01

El aborto es infanticidio. No es otra cosa que la horrenda y fétida mancha de nuestra sociedad posmoderna, como lo fue la esclavitud para generaciones anteriores de estadounidenses; es nuestro holocausto.

 

Desde el controversial y controvertido fallo judicial en el caso Roe versus Wade en 1973, en Estados Unidos se realizan más de un millón de abortos anualmente. Desde entonces se han realizado más de 45 millones de abortos en este país. Miles de los mismos se han hecho después de una gestación de doce semanas. ¿Cómo ha sucedido esto, a pesar de la afirmación categórica de la Declaración de Independencia de que “todos los hombres son creados iguales”? ¿Qué clase de magistrados de la Corte Suprema pudieron hacer caso omiso a esta fundamental declaración? ¿Cómo el gobierno y, peor aún, el pueblo, han permitido que los más débiles e indefensos hayan quedado totalmente desprotegidos por la ley en el período inicial de la vida humana? De la misma forma en que los esclavos negros en Estados Unidos eran considerados no personas y no fueron incluidos en la anterior afirmación constitucional, ni formaron parte del grupo que redactó la constitución, este mismo pecado insólito y antihumano se ha repetido en nuestra época, con el beneplácito de la Corte Suprema de Estados Unidos; y  esta vez las principales víctimas son los niños que aún no han nacido.

Todo esto, por supuesto, tiene su origen en la nueva cultura. La promiscuidad y la violencia fueron los rasgos distintivos de las décadas del sesenta y setenta. Esta época, según el historiador británico Paul Johnson, en su libro titulado Intelectuales,  tuvo tres grande temas: la explotación desenfrenada del sexo por placer, la violencia y las drogas. En esta época, un grupo decidido de propagandistas se dio a la tarea de montar una campaña de mercadeo a gran escala para, a base de slogans repetidos hasta la saciedad,  captar la atención de los medios de comunicación y cambiar la percepción del ciudadano, con el fin de derogar las leyes que hasta la fecha habían prohibido el aborto en Estados Unidos. Se desvió la atención del asunto principal, a saber, de sus víctimas (el niño y la madre) y de la conocida verdad de que el aborto es el asesinato de un infante, y de sus derechos como criatura creada igual que todos los hombres,  y se concentró en los slogans que daban la suprema importancia a los supuestos “derechos” de la mujer: el derecho a eliminar al bebé que todavía no ha nacido, como si se tratara de un vestido o de un mueble inservible que nos estorba en la casa. La criatura en el vientre de la madre que iba a ser sacrificada ya no era el problema, sino quién decidía si se sacrificaba o no.  Los cínicos slogans propagandísticos, desde el inicio de la década del setenta, no han cambiado: “libertad de elección” y “las mujeres deben tener control sobre sus propios cuerpos”.

El Dr. Bernard Nathanson, uno de los fundadores de la Liga de Acción Nacional para el Derecho al Aborto y la Reproducción (NARAL, por sus siglas en inglés), explicó: “Persuadimos a los medios de comunicación de que la causa del aborto permisible era liberal,   progresista y sofisticada. Sabiendo que si se realizaba un sondeo auténtico seríamos derrotados, inventamos los resultados de una encuesta ficticia. Anunciamos a la prensa que habíamos realizado encuestas que demostraban que el 60 por ciento de los estadounidenses se pronunciaba a favor de permitir el aborto. Despertamos la simpatía necesaria para venderle a la nación nuestro programa de aborto permisible inventando el número de abortos ilícitos que se realizaban en Estados Unidos. Las cifras reales se aproximaban a los cien mil, no obstante, la cifra que proporcionamos a los medios de comunicación ascendía al millón.

“La constante repetición de la gran mentira convence al público. El número de mujeres que moría por causa de abortos ilícitos era de alrededor de 200 a 250 anualmente. La cifra que le suministramos a los medios de comunicación era de 10.000. Estas cifras erróneas calaron en la conciencia de los estadounidenses y convencieron a muchos que era necesario quebrar la ley relacionada con el aborto.

“Otro mito que le proporcionamos al público a través de los medios de comunicación fue que la legalización del aborto sólo significaría que los abortos que se hacían ilegalmente después se realizarían legalmente. Por supuesto, la realidad es que el aborto en la actualidad se utiliza como método anticonceptivo primario, y que el número de abortos anuales en Estados Unidos ha aumentado un 1.500 por ciento desde su legalización”.

En su sitio en la Internet, Planned Parenhood Federation of America (PPFA) promueve el aborto como si se tratara de una opción más para el control de la natalidad. Afirman que el aborto es bastante común en Estados Unidos: “Los abortos son muy comunes. De hecho, más de una de cada tres mujeres en Estados Unidos que han cumplido cuarenta y cinco años de edad se hacen un aborto”. Sin embargo, lo común de esta práctica en la actualidad no elimina el hecho de que es infanticidio y que va en contra de la enseñanza bíblica referente la santidad de la vida humana. En nuestra cultura posmoderna de muerte, la matriz de la mujer, en lugar de ser un sitio para engendrar y proteger la vida humana,  se ha convertido en una cámara insidiosa para el asesinato de los más frágiles e indefensos.

El Dr. Nathanson, como ha ocurrido con innumerables médicos y personal involucrado directamente en la industria del aborto, años más tarde abandonó NARAL y las filas de los aborteros y se dio a la tarea de proclamar la verdad tocante al aborto, parte de la cual acabamos de citar. Esto le condujo a la producción del documental The Silent Scream (El grito silencioso). En este documental aparece lo que recogió un aparato de ultrasonido durante un aborto en el primer trimestre de embarazo. Luego Nathanson produjo un segundo documental, titulado Eclipse of Reason (El eclipse de la razón), en el que el aborto filmado es de un embarazo que pasa del tercer trimestre. A continuación citamos las palabras del Dr. Nathanson describiendo lo que ocurre:

“Tomaron un fetoscopio, un instrumento óptico largo con un lente en un extremo y una potente lámpara en el otro, lo insertaron en la matriz de una mujer con un embarazo de diecinueve semanas y media, y fijaron una cámara al lente. Luego el abortero procedió con el aborto.

“Este procedimiento se conocía con el nombre de D&E (dilatación y evacuación). Consiste en la dilatación de la cérvix, la ruptura de la fuente, y luego se introduce un instrumento grande hasta el útero, donde se agarra un miembro del cuerpo del bebé y se hala hasta desprenderlo de su cuerpo por la fuerza. Este procedimiento se repite hasta que el niño ha sido descuartizado y extraído a pedazos.

“Luego se arma en una mesa al niño descuartizado, como un rompecabezas, lo que cerciora al abortero de que el niño ha sido extraído en su totalidad. Todo esto lo filmamos a través del fetoscopio”.

Se estima que en el mundo entero se realizan cerca de cincuenta (50) millones de abortos anualmente. Mundialmente, se efectúan aproximadamente veintiséis (26) abortos por cada cien (100) embarazos. Rusia tiene la tasa más elevada de abortos, con el 62,6 por ciento.

El valor de la vida humana

 Conozco a personas que no han vivido “felices y comiendo perdices” por un impedimento físico, un accidente, una enfermedad prolongada y debilitante, o por el dolor. Sin embargo, se sienten profundamente agradecidas de estar vivas. Saben de sobra cuán valiosa es la vida. Y es que el asunto del aborto tiene que ver directa e incuestionablemente con el origen y el significado de la existencia del hombre.  ¿De dónde venimos? ¿Qué hacemos aquí? ¿Cuánto valemos? Y los asuntos culturales y éticos más problemáticos de nuestra época—el aborto, el suicidio asistido, la eutanasia, la  ingeniería genética—giran en torno al valor de la vida humana y la forma en que ésta debe ser protegida.

Sin embargo, si una persona cree que la vida humana es fruto de un proceso evolutivo de millones de años y que no es creación de un Dios soberano y todopoderoso con un propósito definido y comprensible, entonces esta persona concluirá que no somos más que gérmenes desarrollados, sin mayor importancia que un chimpancé. Todo se reduce al origen de la vida humana. Esto determina lo que creemos tocante a la identidad del hombre, las cosas que realmente valoramos, y aquello que consideramos nuestra razón de existir. Esto determina quién debe vivir y quién debe morir.

Los cristianos creemos que Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza. Y por el hecho de que la vida humana posee este singular sello divino, la vida es sagrada, constituye un regalo del Creador: Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra (Génesis 1:26). Sólo Él tiene el derecho y el poder para determinar cuándo vivimos y cuándo morimos.

Si creemos que no tenemos mayor importancia que un mono o que un perro, que la vida tiene escaso o ningún propósito, que no hay vida después de la muerte, y que jamás tendremos que dar cuenta a Dios, entonces podemos llegar a la conclusión de que sólo el ser humano más fuerte, el hermoso, el saludable y el deseable deben vivir, y que podemos eliminar al imperfecto, al minusválido, al viejo, al débil y hasta al feo. Esta cosmovisión materialista, secular, antibíblica, es sostenida en la actualidad por aquellos que promueven el aborto (infanticidio) por cualquier motivo, inclusive en el caso en que se ha comprobado que el niño nacerá con discapacidades.

¿Poseemos valor porque somos saludables, hermosos y jóvenes, o porque somos seres humanos, la corona de la creación, y porque Dios afirma que tenemos valor infinito porque el nos creó y somos portadores su imagen: intelecto, libre albedrío,  alma y destino eternos? ¿Asesinamos a un niño después de un accidente que lo ha dejado incapacitado? ¡Por supuesto que no! Entonces, ¿por qué habremos de matar a un niño en el vientre de su madre simple y llanamente porque éste no es deseado, porque ha de ser inconveniente o porque sabemos que la criatura nacerá con limitaciones intelectuales o físicas?

La consecuencia más seria de las relaciones sexuales es el embarazo. La promiscuidad sexual desatada en la década del sesenta en Estados Unidos trajo una avalancha creciente de embarazos indeseados. En la actualidad la promiscuidad sexual en la adolescencia y las relaciones sexuales premaritales y extramaritales han alcanzado proporciones epidémicas. De ahí que el aborto para muchos se haya convertido en un conveniente método posconceptivo, y en el presente es doctrina cardinal, no sólo de los aborteros, sino de todo el que desecha a Dios. Hace décadas que el aborto ha formado parte de la fórmula de la sociedad permisiva. Paul Johnson, en el capítulo final de su libro titulado Intelectuales, cita a Evelyn Waugh, quien afirma que esta fórmula “implica la virtual eliminación del fundamento cristiano de la sociedad y su reemplazo por la búsqueda universal del placer”. Lo más horrendo del aborto no es que la mujer mata a un niño que no ha nacido, sino que asesina al hijo que lleva en su propio vientre. ¿Qué madre moralmente saludable no sentirá un enorme peso de culpabilidad cuando aborta voluntariamente a su propio hijo? ¿Qué hacen, entonces, los propagandistas del aborto y los aborteros con el cargo de consciencia real por las criaturas abortadas? Procuran hacerse de una conciencia limpia. ¿Cómo? En primer lugar, se deshacen de Dios, lo eliminan, lo matan. Porque si Dios no existe, entonces la criatura abortada es como cualquier animal que muere y regresa al polvo, y no perturbará nunca más la conciencia de la madre ni de aquellos implicados en el aborto. Si Dios no existe, no somos más que animales evolucionados y no hay a quién rendir cuentas por nuestros actos, sean buenos o malos. Así también se elimina de un plumazo el infierno, donde, según la Biblia, irán a parar todos los homicidas. En segundo lugar, se redefine a la criatura en el vientre como ente no auténticamente humano, como no persona. Lo dicho por el ateo Sam Harris, en su libro titulado El fin de la fe, es muy significativo: “Muchos de nosotros consideramos que los fetos humanos durante el primer trimestre son más o menos como los conejos”, y no son merecedores de “total reconocimiento como humanos en nuestra comunidad moral”.

Si el ser humano es el producto de la evolución y no de la creación especial, entonces el fundamento de la moralidad judeocristiana queda desacreditado. Si Dios no nos creó, es inútil hablar acerca de la santidad de la vida, porque no la tiene. En este caso, el aborto y la eutanasia se convierten en prácticas no sólo permitidas sino hasta deseables en determinadas circunstancias. Si Estados Unidos y todas las sociedades occidentales fueran completamente seculares – rumbo que lamentablemente llevan a paso acelerado— no habría debate moral sobre el aborto. De manera que el motivo por el cual  los propagandistas del aborto— quienes en su mayoría rechazan al Dios de la Biblia—, atacan el cristianismo con tanto encono procurando desacreditar sus principios, es precisamente para extirpar su influencia moral y lograr que la sociedad se sumerja en un absoluto secularismo y reciba con brazos abiertos el aborto y la eutanasia.

 ¿Seguirá nuestra sociedad creyendo en los mitos en torno al aborto, fruto en gran medida de la cínica, malévola y desafortunadamente exitosa campaña propagandística realizada por hombres y mujeres sin escrúpulos, quienes han medrado durante décadas a costa de las vidas de los más débiles e indefensos, a saber: que, para una mujer, controlar su cuerpo significa, entre otras cosas, el derecho y la libertad de asesinar a la criatura que lleva en sus entrañas; que el aborto legal y sin riesgo es el derecho de toda mujer; que la criatura que lleva en el vientre es una no persona que no tiene voz ni voto y que ella solamente es la que debe decidir; que el aborto es una decisión personal entre una mujer y su médico; y que el infanticidio es un derecho fundamental del ciudadano estadounidense? ¿Nos daremos cuenta algún día de que este pecado es tan horrendo o peor que el de la esclavitud que tuvieron que padecer los negros en Estados Unidos y en todo el mundo, y que por su elevadísimo y creciente número de víctimas sin duda es aún peor que el holocausto nazi?

 Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.

 

Para más información sobre el aborto, seguir el siguiente vínculo:

http://www.abortionfacts.com/abortion/q_facts.asp

3 respuestas a El aborto: infanticidio convertido en derecho constitucional

  1. Victor Reyes dice:

    ¿No se hacen abortos en Costa Rica y en el resto de los países del mundo? En su articulo critica al gobierno, la corte suprema y el pueblo de los EEUU. ¿No son los pueblos latinoamericanos y del resto de los paises del mundo responsables tambien? A veces por escribir o por recibir reconocimiento muchos escritores NO SON OBJETIVOS.

    • gfcastellanos dice:

      Víctor, gracias por leer el artículo. En primer lugar, el artículo está escrito partiendo de la realidad del país donde vivo y del cual soy ciudadano: Estados Unidos. En otros términos, su alcance es limitado, como lo es el de cualquier otro artículo, no importa el asunto que se trate. No obstante, la perspectiva y el alcance del artículo son restricciones o cauces necesarios, no defectos, ni mucho menos falta de objetividad. A pesar de lo antes dicho, este artículo es quizá el más extenso que he publicado en mi blog (cerca de 2.500 palabras), cuyo formato y propósito no se prestan para trabajos muy extensos. En segundo lugar, desde el inicio del artículo, aunque no se escribió con el fin de proveer datos estadísticos de otros países, proporciono informes sobre el aborto en el resto del mundo y al final de la primera parte afirmo: “Se estima que en el mundo entero se realizan cerca de cincuenta (50) millones de abortos anualmente. Mundialmente, se efectúan aproximadamente veintiséis (26) abortos por cada cien (100) embarazos. Rusia tiene la tasa más elevada de abortos, con el 62,6 por ciento”. Estas alarmantes cifras dejan bien en claro que el mal no es sólo endémico del pueblo estadounidense, sino pandémico, es decir, que aqueja al mundo entero. En tercer lugar, por lo antes dicho, la cosmovisión o perspectiva judeocristiana expresada en el artículo, tiene valor y aplicación en cualquier país y hasta en el rincón más apartado del mundo. Todo lo anterior es obvio cuando se lee el artículo de principio a fin. Finalmente, ¿nos conocemos tan bien que usted hasta intuye mis motivos cuando escribo un artículo? Nos hemos olvidado que el Señor nos ha enseñado a no juzgar a los demás. ¿Disiente de lo que escribí? Magnífico, tiene el derecho, pero rebata con argumentos contundentes, no con críticas infundadas y reproches pueriles. Además, ¿cómo sabe usted que no voy a publicar un segundo y quizá un tercer artículo sobre el aborto?
      Saludos,
      Guido

  2. Fernando dice:

    Muy interesante el articulo de verdad me conmueve mucho, Fernando

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