¿Qué hay en ese nombre nuevo?

going back in time

Los nombres siempre han sido importantes, no sólo en la vida real sino también en la literatura. En más de una ocasión el destino feliz o desdichado de un personaje en una novela o en una obra teatral ha dependido en alto grado del nombre con que el autor lo ha bautizado. Me parece bien cambiar el nombre de una empresa, organización o persona, cuando existe un motivo legítimo para hacerlo o simplemente porque no nos gusta, ya que, como las suelas de los zapatos, los nombres también se gastan con el uso. Por mi parte,  al cabo de medio siglo de uso y maltrato, y por causa de tanta repetición, porque no lo entienden la primera vez que lo pronuncio, y a menudo ni la segunda, en ocasiones he sido tentado a cambiarme el nombre que me pusieron mis padres, con la esperanza de evitar tanta reiteración y que mi personaje en la novela de la vida tenga quizás un final más venturoso. Lo que ocurre es que no acabo de encontrar otro nombre que realmente me guste para mí. Claro, esto lo digo en son de broma, porque lo cierto es que, como la gran mayoría de las personas, estoy irremediablemente ligado psicológica y emocionalmente a ese sonido que he escuchado, no pocas veces mal pronunciado, toda mi vida: Guille, Jido,  Rigo, Ido, Uido, Gudo, Gaido ¡Guido, caramba! Sin embargo, este no parece ser el problema de tantas iglesias bautistas (y no bautistas) en la actualidad, porque se están cambiando, a diestro y siniestro, el nombre que han tenido con frecuencia desde su establecimiento. Lo curioso es que todas estas iglesias tienen en común una palabra “ofensiva” que invariablemente eliminan del antiguo nombre, la cual siempre las ha identificado como iglesia y con su particular denominación (aunque a veces dejen intacta parte del nombre antiguo).

Me divierte hasta cierto punto, por disparatada e inútil, esta tendencia actual de cambiarse el nombre de tantas Iglesias en Estados Unidos, eliminando el término bautista, como si esto fuera una fórmula mágica que les permitirá, en un intento desesperado más, renovar una imagen dañada, en algunos casos irreparablemente, lograr mayor aceptación de los integrantes de sus comunidades y de los creyentes de otras denominaciones, o al menos aparentar alguna medida de relevancia.

El vocablo “bautista” se ha convertido en anatema. Según algunas iglesias, esta palabra evoca imágenes de órganos de tubos, cultos formales y rígidos, y estrechez de criterio. Quizá ya no se utilicen órganos de tubos, ni se celebren cultos formales y rígidos en la mayoría de estas iglesias, no obstante, la estrechez de criterio, la incultura, la falta de vigencia y la mediocridad no se erradican con una mano de pintura y un rótulo nuevo con un nombre diferente.

Por otra parte, es necesario señalar que no existe ningún precepto bíblico que prohíba un cambio de nombre. Cada iglesia, por sí sola, al establecerse, debe determinar cómo ha de llamarse, y en el caso de una iglesia ya establecida, si ha de tener un nombre nuevo de hoy en adelante. Ahora bien, si una persona desea cambiarse el nombre, en la mayoría de los casos, legalmente, no se admiten aquellos que hagan confusa la identificación de la persona. Lo curioso, sin embargo, es que, a juzgar por los nuevos nombres de muchas de estas congregaciones, a menudo insulsos, ambiguos y genéricos como el de medicamentos más baratos, ahora no sabemos a ciencia cierta si se trata de iglesias, clubes sociales, hogares para ancianos, centros de rehabilitación, manicomios, moteles o cementerios; ¿o serán a estas alturas la misma cosa? Veamos algunos ejemplos: Christ Journey, Family of God, Peace Community, Fellowship at Two Rivers, Fellowship of Forest Creek, Living Faith, NorthRidge,  North Hills, North Point Community, Graceway, CrossWinds. ¡El colmo sería que una iglesia bautista (si a estas alturas no lo ha hecho ya más de una) se cambiara el nombre y decidiera llamarse The Fellowship of the Ring o The Return of the King!

En definitivas, ¿qué hay en ese nombre nuevo? A la luz de lo antes dicho, es innegable  que ese nombre nuevo, ese cambio cosmético, es fundamentalmente fruto de una estrategia de transformación de imagen y propagandística, en gran medida por un afán contemporizador, en la que las iglesias en cuestión se dan a la desatinada y fútil tarea de colar el mosquito y tragarse el camello, con tal de sacudirse el lastre del nombre antiguo y a menudo los vínculos denominacionales, tener más amplia aceptación y llevar, como suelen alegar, el mensaje del evangelio a mayor número de personas. Este proceder es parecido al de la persona que se empeña en poner curitas sobre una herida profunda que requiere de un torniquete para detener la hemorragia y de intervención quirúrgica. De todos modos, nos consta que numerosas de estas iglesias, como University Baptist Church en Coral Gables, Florida (actualmente Christ Journey),  hace mucho tiempo ya habían dejado de ser bautistas en doctrina y práctica. De modo que el paso lógico para las mismas era eliminar también el nombre.

En resumidas cuentas, el cambio de nombre con la resultante eliminación de la identidad denominacional, es una tendencia postmoderna generalizada en Estados Unidos, en la espiral descendente rumbo al ecumenismo y la descafeinización del cristianismo de los últimos tiempos, porque los bautistas no son el único grupo que ha estado lidiando hace tiempo con el asunto del nombre denominacional.

Guido F. Castellanos

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