Donald Trump’s Victory: The “Deplorable and Irredeemable” Americans Have Spoken

noviembre 9, 2016

 

Donald Trump has won the 2016 presidential election. The polls were wrong, the mainstream and corrupt media that conspired with the Clinton campaign and tried to destroy Donald Trump, was also wrong. Even many establishment Republicans were wrong. Trump’s victory defied all predictions and is one of the greatest political victories in our two and one half centuries as a nation.

Yes, I voted for Trump, as did tens of millions of Americans, to give him the victory. The American people have spoken clearly and unequivocally. Once again, the democratic process has triumphed and we have decided what we want and also what we don’t want.

This presidential election has been a referendum on many important issues: stagnant economic growth during eight years of a failed Obama presidency, a vote against Obamacare, which was rammed through by a president out of touch with the American people, who lives in an alternate reality where things have been turned upside down and wrong has become right and right is considered wrong. It was also a referendum on the Washington establishment, of which Hillary Clinton has been a part for almost three decades. It was a decisive NO to open borders and illegal immigration. It was a definitive NO to the course towards socialism our nation has been following for decades now, in no small measure due to a left wing mainstream media, most of the professorate in our universities, and eight years of a presidency focused on changing America forever and turning it into one more failed socialist nation in the world. It was a resounding NO to the most corrupt politician running for president in the history of our nation: Hillary Rodham Clinton.  It was a decisive YES to lower taxes, a strong military, to real choices in health insurance, and very importantly, a resounding YES to the appointment of Supreme Court justices who will abide by the United States Constitution and not legislate from the bench.

Donald Trump’s victory was an unquestionable YES to life and the right of the unborn child and a resounding NO to the abortionists in this country, who have created a multimillion dollar industry with the aid and support of politicians like Hillary Clinton, with Planned Parenthood being the nation’s largest abortion vendor. Journalist Kristan Hawkins said it well: “Planned Parenthood’s grip of death has been released from the White House. Come January, their influence will be gone.”

The silent majority isn’t silent anymore because Donald Trump has given us a voice. We were mocked by Hollywood (the cream of the “crap”), and dismissed by socialist professors in their ivory towers, whose numbers have reached epidemic proportions in our Colleges and Universities. The “deplorable and irredeemable” Americans have spoken. It’s time to make America great again!

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.

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¿Qué hay en ese nombre nuevo?

enero 13, 2014

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Los nombres siempre han sido importantes, no sólo en la vida real sino también en la literatura. En más de una ocasión el destino feliz o desdichado de un personaje en una novela o en una obra teatral ha dependido en alto grado del nombre con que el autor lo ha bautizado. Me parece bien cambiar el nombre de una empresa, organización o persona, cuando existe un motivo legítimo para hacerlo o simplemente porque no nos gusta, ya que, como las suelas de los zapatos, los nombres también se gastan con el uso. Por mi parte,  al cabo de medio siglo de uso y maltrato, y por causa de tanta repetición, porque no lo entienden la primera vez que lo pronuncio, y a menudo ni la segunda, en ocasiones he sido tentado a cambiarme el nombre que me pusieron mis padres, con la esperanza de evitar tanta reiteración y que mi personaje en la novela de la vida tenga quizás un final más venturoso. Lo que ocurre es que no acabo de encontrar otro nombre que realmente me guste para mí. Claro, esto lo digo en son de broma, porque lo cierto es que, como la gran mayoría de las personas, estoy irremediablemente ligado psicológica y emocionalmente a ese sonido que he escuchado, no pocas veces mal pronunciado, toda mi vida: Guille, Jido,  Rigo, Ido, Uido, Gudo, Gaido ¡Guido, caramba! Sin embargo, este no parece ser el problema de tantas iglesias bautistas (y no bautistas) en la actualidad, porque se están cambiando, a diestro y siniestro, el nombre que han tenido con frecuencia desde su establecimiento. Lo curioso es que todas estas iglesias tienen en común una palabra “ofensiva” que invariablemente eliminan del antiguo nombre, la cual siempre las ha identificado como iglesia y con su particular denominación (aunque a veces dejen intacta parte del nombre antiguo).

Me divierte hasta cierto punto, por disparatada e inútil, esta tendencia actual de cambiarse el nombre de tantas Iglesias en Estados Unidos, eliminando el término bautista, como si esto fuera una fórmula mágica que les permitirá, en un intento desesperado más, renovar una imagen dañada, en algunos casos irreparablemente, lograr mayor aceptación de los integrantes de sus comunidades y de los creyentes de otras denominaciones, o al menos aparentar alguna medida de relevancia.

El vocablo “bautista” se ha convertido en anatema. Según algunas iglesias, esta palabra evoca imágenes de órganos de tubos, cultos formales y rígidos, y estrechez de criterio. Quizá ya no se utilicen órganos de tubos, ni se celebren cultos formales y rígidos en la mayoría de estas iglesias, no obstante, la estrechez de criterio, la incultura, la falta de vigencia y la mediocridad no se erradican con una mano de pintura y un rótulo nuevo con un nombre diferente.

Por otra parte, es necesario señalar que no existe ningún precepto bíblico que prohíba un cambio de nombre. Cada iglesia, por sí sola, al establecerse, debe determinar cómo ha de llamarse, y en el caso de una iglesia ya establecida, si ha de tener un nombre nuevo de hoy en adelante. Ahora bien, si una persona desea cambiarse el nombre, en la mayoría de los casos, legalmente, no se admiten aquellos que hagan confusa la identificación de la persona. Lo curioso, sin embargo, es que, a juzgar por los nuevos nombres de muchas de estas congregaciones, a menudo insulsos, ambiguos y genéricos como el de medicamentos más baratos, ahora no sabemos a ciencia cierta si se trata de iglesias, clubes sociales, hogares para ancianos, centros de rehabilitación, manicomios, moteles o cementerios; ¿o serán a estas alturas la misma cosa? Veamos algunos ejemplos: Christ Journey, Family of God, Peace Community, Fellowship at Two Rivers, Fellowship of Forest Creek, Living Faith, NorthRidge,  North Hills, North Point Community, Graceway, CrossWinds. ¡El colmo sería que una iglesia bautista (si a estas alturas no lo ha hecho ya más de una) se cambiara el nombre y decidiera llamarse The Fellowship of the Ring o The Return of the King!

En definitivas, ¿qué hay en ese nombre nuevo? A la luz de lo antes dicho, es innegable  que ese nombre nuevo, ese cambio cosmético, es fundamentalmente fruto de una estrategia de transformación de imagen y propagandística, en gran medida por un afán contemporizador, en la que las iglesias en cuestión se dan a la desatinada y fútil tarea de colar el mosquito y tragarse el camello, con tal de sacudirse el lastre del nombre antiguo y a menudo los vínculos denominacionales, tener más amplia aceptación y llevar, como suelen alegar, el mensaje del evangelio a mayor número de personas. Este proceder es parecido al de la persona que se empeña en poner curitas sobre una herida profunda que requiere de un torniquete para detener la hemorragia y de intervención quirúrgica. De todos modos, nos consta que numerosas de estas iglesias, como University Baptist Church en Coral Gables, Florida (actualmente Christ Journey),  hace mucho tiempo ya habían dejado de ser bautistas en doctrina y práctica. De modo que el paso lógico para las mismas era eliminar también el nombre.

En resumidas cuentas, el cambio de nombre con la resultante eliminación de la identidad denominacional, es una tendencia postmoderna generalizada en Estados Unidos, en la espiral descendente rumbo al ecumenismo y la descafeinización del cristianismo de los últimos tiempos, porque los bautistas no son el único grupo que ha estado lidiando hace tiempo con el asunto del nombre denominacional.

Guido F. Castellanos

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El arte y la cultura en la vida del creyente

noviembre 12, 2013

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La mayor parte del arte creado por creyentes en la actualidad es mediocre, en el mejor de los casos. Esta declaración fue válida hace cuarenta años y, lamentablemente, lo sigue siendo en la actualidad. La preeminencia artística de los hijos de Dios en siglos anteriores ha quedado en las páginas de la historia. La literatura escrita por creyentes, en particular la ficción, a menudo carece de calidad, autenticidad y de la rica textura de la vida real. ¿Por qué? Primordialmente, porque sus autores continúan empeñándose en emplear los diversos géneros literarios mayormente como herramienta evangelística para “alcanzar” a aquellas personas que suponen hostiles al evangelio si se valen de otros métodos de acercamiento. En la iglesia y en la vida cotidiana del creyente promedio prevalecen la superficialidad y el sentimentalismo barato, la falta de conocimiento bíblico y de cultura general, y la adicción a la pantalla chica, el actual opio del pueblo. En otros términos, podemos decir sin temor a equivocarnos, que el pueblo de Dios hoy en día es adicto a la mediocridad.

   Por otra parte, la ignorancia a menudo nos impide apreciar, no sólo la importancia, sino también el talento otorgado por Dios y el esfuerzo humano en las artes. Como consecuencia, el creyente se priva de un caudal formidable de enriquecimiento y experiencias culturales.

   El auténtico cristianismo no es una mera subcultura que subsiste aislada en una burbuja eclesiástica.  Se trata de una relación personal con Cristo y a su vez de un sistema total de vida. Jesús es el Señor. ¿Qué significa esto? Significa que es amo de toda nuestra vida y de todo en nuestra vida: cuando nos sentamos a la mesa a comer, cuando practicamos un deporte, cuando escribimos una carta o un relato, cuando leemos; también durante las horas laborales y las de descanso.  Quiere decir, además, que Jesús es Señor del arte y la cultura. Entonces, ¿por qué a menudo cuidamos con esmero y desarrollamos únicamente la vida devocional y eclesiástica y dejamos al garete, como jardín estéril, otros aspectos importantes de la vida, como el intelecto, el lado estético, la cultura? Las artes juegan un papel importante en nuestra comprensión del mundo y no es necesario que sean precisamente tratados evangelísticos, teológicos o devocionales para comunicar o mostrar verdades y seamos enriquecidos como personas. Con demasiada frecuencia el mensaje implícito del cristianismo, incluso de los sermones dominicales, ha sido que un creyente en Cristo no debe convertirse en actor, compositor, pintor o novelista. A menudo nuestro cristianismo fracasa en la capacitación de los creyentes para que jueguen un papel dinámico en la cultura fuera de las puertas de la iglesia. Tenemos propensión a los extremos: o nos aislamos en nuestra burbuja eclesiástica como ascetas posmodernos, o perdemos nuestra identidad permitiendo que la cultura popular se meta en el santuario, dirija nuestros cultos y por ende rija la totalidad de nuestra vida.

   El “consumo” de arte del creyente promedio es casi nulo. Lo peor de todo es que la lectura de ficción, como el consumo de cualquier arte con fines no evangelísticos o devocionales, para muchos creyentes es una pérdida de tiempo. Según los mismos todo lo que necesitamos saber respecto a cualquier asunto de la vida se encuentra en La Biblia. Lo demás es superfluo. Esta lamentable conclusión se basa principalmente en el hecho de que la mayor parte del arte (inclusive el de mejor calidad) lo crean los no creyentes, de manera que exponerse al mismo, deducen, podría perjudicar nuestra salud espiritual.

   El arte tiende a indicar más que a contar. Miguel Hernández, poeta y dramaturgo español, dijo: “El verdadero arte no debe mostrar, sino evocar”. Hay cristianos, inclusive pastores, que creen firmemente que los creyentes deben escribir sólo acerca del cristianismo y principal o exclusivamente para creyentes. Se equivocan los que así piensan. La primordial preocupación del artista no debe ser el pronunciamiento de criterios en torno a la condición humana, ni la elaboración de un comentario acerca de los tiempos. El creyente que desea escribir, no importa cuál sea el género literario que elija, debe hacerlo con percepción divina en lugar de escribir exclusivamente acerca de religión o cristianismo. Además, la lectura de buena literatura no es un simple pasatiempo de mujeres, porque se trata de la historia de la experiencia de la humanidad. La literatura posibilita el acceso a un mundo diferente. El erudito alemán Dietrich Schwanitz, en su excelente libro titulado La cultura, provee una concisa y valiosísima definición de literatura: “La literatura es el arte de escribir la historia en forma de vivencias y experiencias personales”. De manera que si deseamos comprender nuestra propia cultura, no existe mejor herramienta para lograrlo que la literatura. Acerca de la literatura, concretamente sobre la importancia de la novela, Dietrich Schwanitz afirma en el libro antes citado: “En este sentido, la novela es única. Nos ofrece algo imposible en cualquier otro género artístico y en la realidad: ver el mundo desde la perspectiva de otra persona y, al mismo tiempo, observar su experiencia”.

  El arte proporciona la oportunidad de conocer otra manera de ver el mundo. Lamentablemente, pocas personas (incluso creyentes y líderes cristianos) están interesadas en enriquecer su cultura. La persona culta invariablemente se distingue por la avidez de instruirse y la sed de saber. Y estas dos cualidades las he visto brillar por su ausencia, tanto en la iglesia como fuera de la misma. La persona culta, además de la Biblia, conoce las grandes obras literarias. Quien no las conoce, no es culto. No obstante, hay quienes piensan que sólo con respirar el aire de una biblioteca, en la que casi nunca entran, o el de una librería, donde entran poco (hoy menos aún, porque las librarías tradicionales están desapareciendo), pero nunca en busca de buena literatura, se les pega el conocimiento que contienen sus libros. Quizá algunos de ellos, como dijera el novelista uruguayo Juan Carlos Onetti, no son cultos pero están enterados. La mayoría, lamentablemente, ni siquiera esto.

   El cine forma parte de la cultura actual. Hay mucho que aprender y disfrutar del buen cine. Y no es necesario convertirse en cinéfilo para apreciar la riqueza filmográfica universal que tenemos a nuestra disposición. La persona culta no tiene por qué ocultarle a nadie sus conocimientos del séptimo arte. Sin embargo, la cultura no se despliega como si fuera una bandera. Por eso la persona verdaderamente culta no hará ostentación de la misma. La cultura es como la humildad: si la tienes no la ostentas; si la ostentas, no la tienes. No se es culto para que los demás nos aplaudan.

   En lo que a la lectura de buena literatura se refiere, la iglesia es con demasiada frecuencia predio desolado e infecundo. En mi artículo titulado Televisión y decadencia, publicado en El Nuevo Herald el 22 de mayo de 2011, dije que “el mundo está dividido en dos grupos: los que leen y los que no leen. Desafortunadamente, los que leen son una minoría”. A continuación cito íntegramente uno de los párrafos de mi referido artículo, porque viene al caso:

    “El mercado de los libros está en crisis. En Estados Unidos, el decreciente número de librerías en este panorama sombrío continúa librando una valiente batalla para impedir, o al menos retardar, su desaparición. El aumento de la venta de libros electrónicos a nivel mundial y el fácil acceso a las librerías en línea, han agudizado esta crisis, pero no la han causado. Según las estadísticas, la verdad incuestionable es que cada día se venden menos libros y periódicos. El público en su mayoría no recurre a los periódicos y a los libros para informarse e ilustrarse, sino a la televisión y a Internet”.

   Los desconcertantes datos provistos por encuestas recientes en torno a la lectura en Estados Unidos, reafirman mis anteriores conclusiones. En Estados Unidos, primer mercado editorial del mundo, el 34 por ciento de las personas conservadoras nunca lee. Sólo el 5 por ciento de los que se consideran lectores afirma haber leído obras exclusivamente de ficción. Para rematar, el 50 por ciento de los adultos no posee siquiera la capacidad fundamental para disfrutar la lectura de un libro con nivel de octavo grado. El 70 por ciento de los adultos hace cinco años que no entra en una librería. El 80 por ciento de las familias estadounidenses no compró ni un solo libro el pasado año. El 42 por ciento de los graduados universitarios jamás volverá a leer un libro. Si este es el desconcertante panorama en Estados Unidos, ¿esperamos que sea mejor en los países hispanohablantes? (Datos provenientes en parte de Read Faster, Reading Stats).

   Finalmente, en nuestras iglesias no debe marginarse el talento artístico (esto es tema para otro artículo), sino concedérsele espacio y canalizarlo, sin forzarlo a convertirse, desnaturalizándolo, únicamente en una herramienta evangelística.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito de autor.

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La nueva tolerancia

mayo 9, 2012

La nueva tolerancia

El diccionario de la Real Academia Española define la tolerancia como “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”. La definición tradicional de tolerancia nunca incluyó la noción de aceptación. El concepto de tolerancia en Estados Unidos proviene de las creencias judeo-cristianas de sus fundadores. Se trata de una tolerancia que promueve el respeto y la protección de los auténticos derechos de los demás, inclusive los de aquellos con quienes estamos en desacuerdo o que son evidentemente diferentes a nosotros. Esta tolerancia tradicional, en la práctica, fue la que permitió que los cristianos, junto con personas que no lo eran, lucharan por la abolición de la trata de esclavos en Inglaterra y Estados Unidos. La puesta en práctica de esta concepción tradicional de tolerancia en la vida cotidiana nos permite vivir en paz con los demás, aceptar a familiares, vecinos, y compañeros de estudio y laborales, a pesar de su raza, creencias, nacionalidad o sexo; y nos permite, además, aprender de otras culturas y de personas de distinto trasfondo religioso y cultural.

En la actualidad, no obstante, la tolerancia ya no es sólo el respeto de las ideas, las opiniones y las prácticas de los demás, sino también la aceptación de las mismas. De manera que la nueva tolerancia trasciende el respeto de los derechos ajenos y exige la alabanza y la aprobación de las  creencias, los valores y el estilo de vida de la otra persona— con la excepción del cristianismo tradicional, al cual se le considera la fuente principal de intolerancia en el mundo. ¿Por qué? Porque se niega a aceptar y a concederles el mismo valor a conceptos, creencias y estilos de vida que no concuerdan con sus enseñanzas. De modo que cualquier persona que se niega a aceptar los conceptos, las creencias y el estilo de vida de otras personas, es señalada como intolerante, prejuiciosa, de mentalidad estrecha, extremista y fanática. Pero hay más: cualquier persona que sencillamente cree que existen verdades absolutas y que hay creencias y comportamientos correctos y otros que no lo son, será  tachada de intolerante. En una cultura donde predomine la nueva tolerancia, se perseguirá la expulsión de la fe cristiana de la vida pública y el confinamiento de la misma a la vida privada del ciudadano.

Debemos respetar y aceptar a nuestros semejantes. Mas esto no significa en modo alguno la aprobación de sus creencias, opiniones y estilo de vida.  Sin embargo, esta aprobación, para sus adeptos, es el distintivo de la “auténtica” tolerancia. Y para que las nuevas generaciones la practiquen sin el menor estorbo, es preciso enseñarles que las verdades absolutas no existen. Lo lamentable es que la persona que no cree en verdades absolutas carece de habilidad para discernir entre el bien y el mal, y por ende termina aceptando la falacia de que cualquier creencia, conducta o actitud, sea de quien sea y venga de donde venga, posee el mismo valor y merece el mismo respeto y aceptación que la de los demás.

En el actual sistema educacional público estadounidense parece que el único concepto religioso que vale la pena recordar es la nueva tolerancia. Por eso no debe sorprendernos que  la misma sea el tema dominante del currículo. La alarmante afirmación de un alto funcionario del capítulo de la Asociación Nacional Educativa de New Hampshire, deja bien en claro el papel que debe jugar la nueva tolerancia en la enseñanza escolar: Si los niños vienen a la escuela con valores diferentes a los que se les enseña en la escuela, los maestros deben alentarlos a descartar las enseñanzas que reciben de sus padres.

¿Qué les parece? No es de extrañar que haya tantos niños confundidos y que estén aprendiendo poco y mal en esta atmósfera enrarecida por la nueva tolerancia. Los maestros ya no son pedagogos sino trabajadores sociales a quienes no se les permite enseñar ninguna asignatura sin pasarla antes por el filtro descafeinante de la corrección política y la nueva tolerancia.  La historia ya no es historia, porque el revisionismo y la corrección política la han convertido en propaganda. La historia se reescribe con una agenda ideológica bien defina de antemano que sirve de pauta, según el momento y las necesidades de un grupo determinado. La verdad no tiene preeminencia en este proceso revisionista y cuando se convierte en un obstáculo de cualquier índole,  se  hace a un lado. Y en este punto preguntamos, ¿en qué país del mundo se enseña una historia nacional que produce un sentimiento negativo en los alumnos acerca de su propia nación? En Estados Unidos. La fallida filosofía educacional imperante en las escuelas públicas estadounidenses, regida por la nueva tolerancia, está causando la frustración y el desencanto de  muchos maestros con vocación, capacidad y experiencia que laboran en el sistema escolar público, lo que trae como lamentable consecuencia la deserción de no pocos de ellos, resultando en mayor perjuicio de la ya empobrecida calidad de la enseñanza escolar.

Una de las consecuencias nefastas de la nueva tolerancia es la pérdida de las convicciones. Para que una persona posea convicciones, es necesario que esté convencida (y valga la redundancia) de que lo que cree es verdad. Pero si esa persona considera que todas las creencias y estilos de vida de los demás son tan válidos como los suyos, ¿qué convicciones podrá tener respecto a sus propias creencias? Por otra parte, aceptar la nueva tolerancia como filosofía de vida significa admitir que lo que uno cree no tiene mayor valor que cualquier otra “verdad”, entonces no existe verdad alguna que valga la pena defender, y ni hablar de morir por la misma. De manera que uno queda a merced de las opiniones personales. Por eso es que, según la nueva tolerancia, todo el que es inflexible en sus creencias y da a conocer sus convicciones es un fanático. Esto pone de manifiesto el problema fundamental de la nueva tolerancia: su propia intolerancia.

En un mundo postmoderno donde cada día hay menos personas que creen en las verdades absolutas y en el que la ambigüedad lingüística y el relativismo moral campean por su respeto, no es de extrañar que se adopte, no sólo una nueva y más conveniente definición de tolerancia, según las nuevas y siempre cambiantes normas morales y éticas, sino que impere el revisionismo histórico, y que a lo bueno se le llame malo y viceversa. Ese es el torcido, políticamente correcto, “tolerante” y peligroso mundo en que nos ha tocado vivir.

Guido F. Castellanos

El Nuevo Herald (Miami, Florida) se negó a publicar este artículo. De más está explicar por qué.

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.


Did Jesus Christ Really Exist?

diciembre 7, 2009

 

 

I sometimes get questions about the existence of Jesus from dishonest and ignorant people. Often I feel those questions should not be dignified with a reply.  However, I believe in giving people the benefit of the doubt, and the opportunity to know the true and only Savior, because that is exactly what Christ himself would have done.

People even with the most rudimentary knowledge of history know that at the very least there are, not hundreds, but millions of books written about Christ. History would be almost incomprehensible without Christ. Western culture and American democracy would not have been possible without the influence of Jesus and his words in the Bible. Therefore, doubting the existence of Jesus is equal to saying that history and western culture are based on a myth.

Proving that Christ was a real person is not an issue to any thinking person with a general knowledge of history. However, Christ was much more than a historic figure. He was God in the flesh, the Savior sent by the Father to die for the sins of humanity. He claimed to be the Creator of the universe, the one who can forgive sins. The totality of the prophesies concerning his life and work came true when he came to this world. He also said the Bible is the word of God. Now, if the Bible is not the word of the only true God, Christ was a liar. But if he told the truth, as we believe he did, then the Bible is the word of the living God, and the Bible says that Christ is the only way to heaven, the only Savior. You see, truth is not relative to the individual. Truth is absolute. The law of gravity is an absolute truth. Even if you deny it’s true, if you jump from a ten story building, you will surely pay the consequences. Fundamental biblical truths about Christianity are the same. You may choose to reject them, but you will surely pay the consequences of your decision, and not invalidate those truths at all.

No theologian or serious Bible scholar worth its salt would even dare to challenge the divinity of Christ, much less his existence.

I recommend reading the great little book More Than a Carpenter, by Josh MacDowell, and The Case for Chirst, by Lee Strobel.  Last but not least, read the Gospel of John. You must be warned- reading the Bible could lead to a radical transformation in your own life. Remember, we  cannot both be right about this issue. This is the law of non-contradiction: the opposite of true is false. However, if I am wrong, I have nothing to lose, but you would have everything to lose, because Christ said that he is the only way to heaven, and the only ticket out of hell. What you believe or not will not change these biblical truths; however it will affect your eternal destiny.

 May the historical Jesus, the Christ of the Bible, the Savior of the world, give you understanding and humility to believe and accept these truths and know the Savior personally, not because I say so, but because they are fundamental truths for all humans.

“For God so loved the world, that He gave his only Son, that whoever believes in Him, should not perish but have everlasting life (John 3:16).”

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.

 


El aborto: infanticidio convertido en derecho constitucional

julio 28, 2009

 

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El aborto es infanticidio. No es otra cosa que la horrenda y fétida mancha de nuestra sociedad posmoderna, como lo fue la esclavitud para generaciones anteriores de estadounidenses; es nuestro holocausto.

 

Desde el controversial y controvertido fallo judicial en el caso Roe versus Wade en 1973, en Estados Unidos se realizan más de un millón de abortos anualmente. Desde entonces se han realizado más de 45 millones de abortos en este país. Miles de los mismos se han hecho después de una gestación de doce semanas. ¿Cómo ha sucedido esto, a pesar de la afirmación categórica de la Declaración de Independencia de que “todos los hombres son creados iguales”? ¿Qué clase de magistrados de la Corte Suprema pudieron hacer caso omiso a esta fundamental declaración? ¿Cómo el gobierno y, peor aún, el pueblo, han permitido que los más débiles e indefensos hayan quedado totalmente desprotegidos por la ley en el período inicial de la vida humana? De la misma forma en que los esclavos negros en Estados Unidos eran considerados no personas y no fueron incluidos en la anterior afirmación constitucional, ni formaron parte del grupo que redactó la constitución, este mismo pecado insólito y antihumano se ha repetido en nuestra época, con el beneplácito de la Corte Suprema de Estados Unidos; y  esta vez las principales víctimas son los niños que aún no han nacido.

Todo esto, por supuesto, tiene su origen en la nueva cultura. La promiscuidad y la violencia fueron los rasgos distintivos de las décadas del sesenta y setenta. Esta época, según el historiador británico Paul Johnson, en su libro titulado Intelectuales,  tuvo tres grande temas: la explotación desenfrenada del sexo por placer, la violencia y las drogas. En esta época, un grupo decidido de propagandistas se dio a la tarea de montar una campaña de mercadeo a gran escala para, a base de slogans repetidos hasta la saciedad,  captar la atención de los medios de comunicación y cambiar la percepción del ciudadano, con el fin de derogar las leyes que hasta la fecha habían prohibido el aborto en Estados Unidos. Se desvió la atención del asunto principal, a saber, de sus víctimas (el niño y la madre) y de la conocida verdad de que el aborto es el asesinato de un infante, y de sus derechos como criatura creada igual que todos los hombres,  y se concentró en los slogans que daban la suprema importancia a los supuestos “derechos” de la mujer: el derecho a eliminar al bebé que todavía no ha nacido, como si se tratara de un vestido o de un mueble inservible que nos estorba en la casa. La criatura en el vientre de la madre que iba a ser sacrificada ya no era el problema, sino quién decidía si se sacrificaba o no.  Los cínicos slogans propagandísticos, desde el inicio de la década del setenta, no han cambiado: “libertad de elección” y “las mujeres deben tener control sobre sus propios cuerpos”.

El Dr. Bernard Nathanson, uno de los fundadores de la Liga de Acción Nacional para el Derecho al Aborto y la Reproducción (NARAL, por sus siglas en inglés), explicó: “Persuadimos a los medios de comunicación de que la causa del aborto permisible era liberal,   progresista y sofisticada. Sabiendo que si se realizaba un sondeo auténtico seríamos derrotados, inventamos los resultados de una encuesta ficticia. Anunciamos a la prensa que habíamos realizado encuestas que demostraban que el 60 por ciento de los estadounidenses se pronunciaba a favor de permitir el aborto. Despertamos la simpatía necesaria para venderle a la nación nuestro programa de aborto permisible inventando el número de abortos ilícitos que se realizaban en Estados Unidos. Las cifras reales se aproximaban a los cien mil, no obstante, la cifra que proporcionamos a los medios de comunicación ascendía al millón.

“La constante repetición de la gran mentira convence al público. El número de mujeres que moría por causa de abortos ilícitos era de alrededor de 200 a 250 anualmente. La cifra que le suministramos a los medios de comunicación era de 10.000. Estas cifras erróneas calaron en la conciencia de los estadounidenses y convencieron a muchos que era necesario quebrar la ley relacionada con el aborto.

“Otro mito que le proporcionamos al público a través de los medios de comunicación fue que la legalización del aborto sólo significaría que los abortos que se hacían ilegalmente después se realizarían legalmente. Por supuesto, la realidad es que el aborto en la actualidad se utiliza como método anticonceptivo primario, y que el número de abortos anuales en Estados Unidos ha aumentado un 1.500 por ciento desde su legalización”.

En su sitio en la Internet, Planned Parenhood Federation of America (PPFA) promueve el aborto como si se tratara de una opción más para el control de la natalidad. Afirman que el aborto es bastante común en Estados Unidos: “Los abortos son muy comunes. De hecho, más de una de cada tres mujeres en Estados Unidos que han cumplido cuarenta y cinco años de edad se hacen un aborto”. Sin embargo, lo común de esta práctica en la actualidad no elimina el hecho de que es infanticidio y que va en contra de la enseñanza bíblica referente la santidad de la vida humana. En nuestra cultura posmoderna de muerte, la matriz de la mujer, en lugar de ser un sitio para engendrar y proteger la vida humana,  se ha convertido en una cámara insidiosa para el asesinato de los más frágiles e indefensos.

El Dr. Nathanson, como ha ocurrido con innumerables médicos y personal involucrado directamente en la industria del aborto, años más tarde abandonó NARAL y las filas de los aborteros y se dio a la tarea de proclamar la verdad tocante al aborto, parte de la cual acabamos de citar. Esto le condujo a la producción del documental The Silent Scream (El grito silencioso). En este documental aparece lo que recogió un aparato de ultrasonido durante un aborto en el primer trimestre de embarazo. Luego Nathanson produjo un segundo documental, titulado Eclipse of Reason (El eclipse de la razón), en el que el aborto filmado es de un embarazo que pasa del tercer trimestre. A continuación citamos las palabras del Dr. Nathanson describiendo lo que ocurre:

“Tomaron un fetoscopio, un instrumento óptico largo con un lente en un extremo y una potente lámpara en el otro, lo insertaron en la matriz de una mujer con un embarazo de diecinueve semanas y media, y fijaron una cámara al lente. Luego el abortero procedió con el aborto.

“Este procedimiento se conocía con el nombre de D&E (dilatación y evacuación). Consiste en la dilatación de la cérvix, la ruptura de la fuente, y luego se introduce un instrumento grande hasta el útero, donde se agarra un miembro del cuerpo del bebé y se hala hasta desprenderlo de su cuerpo por la fuerza. Este procedimiento se repite hasta que el niño ha sido descuartizado y extraído a pedazos.

“Luego se arma en una mesa al niño descuartizado, como un rompecabezas, lo que cerciora al abortero de que el niño ha sido extraído en su totalidad. Todo esto lo filmamos a través del fetoscopio”.

Se estima que en el mundo entero se realizan cerca de cincuenta (50) millones de abortos anualmente. Mundialmente, se efectúan aproximadamente veintiséis (26) abortos por cada cien (100) embarazos. Rusia tiene la tasa más elevada de abortos, con el 62,6 por ciento.

El valor de la vida humana

 Conozco a personas que no han vivido “felices y comiendo perdices” por un impedimento físico, un accidente, una enfermedad prolongada y debilitante, o por el dolor. Sin embargo, se sienten profundamente agradecidas de estar vivas. Saben de sobra cuán valiosa es la vida. Y es que el asunto del aborto tiene que ver directa e incuestionablemente con el origen y el significado de la existencia del hombre.  ¿De dónde venimos? ¿Qué hacemos aquí? ¿Cuánto valemos? Y los asuntos culturales y éticos más problemáticos de nuestra época—el aborto, el suicidio asistido, la eutanasia, la  ingeniería genética—giran en torno al valor de la vida humana y la forma en que ésta debe ser protegida.

Sin embargo, si una persona cree que la vida humana es fruto de un proceso evolutivo de millones de años y que no es creación de un Dios soberano y todopoderoso con un propósito definido y comprensible, entonces esta persona concluirá que no somos más que gérmenes desarrollados, sin mayor importancia que un chimpancé. Todo se reduce al origen de la vida humana. Esto determina lo que creemos tocante a la identidad del hombre, las cosas que realmente valoramos, y aquello que consideramos nuestra razón de existir. Esto determina quién debe vivir y quién debe morir.

Los cristianos creemos que Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza. Y por el hecho de que la vida humana posee este singular sello divino, la vida es sagrada, constituye un regalo del Creador: Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra (Génesis 1:26). Sólo Él tiene el derecho y el poder para determinar cuándo vivimos y cuándo morimos.

Si creemos que no tenemos mayor importancia que un mono o que un perro, que la vida tiene escaso o ningún propósito, que no hay vida después de la muerte, y que jamás tendremos que dar cuenta a Dios, entonces podemos llegar a la conclusión de que sólo el ser humano más fuerte, el hermoso, el saludable y el deseable deben vivir, y que podemos eliminar al imperfecto, al minusválido, al viejo, al débil y hasta al feo. Esta cosmovisión materialista, secular, antibíblica, es sostenida en la actualidad por aquellos que promueven el aborto (infanticidio) por cualquier motivo, inclusive en el caso en que se ha comprobado que el niño nacerá con discapacidades.

¿Poseemos valor porque somos saludables, hermosos y jóvenes, o porque somos seres humanos, la corona de la creación, y porque Dios afirma que tenemos valor infinito porque el nos creó y somos portadores su imagen: intelecto, libre albedrío,  alma y destino eternos? ¿Asesinamos a un niño después de un accidente que lo ha dejado incapacitado? ¡Por supuesto que no! Entonces, ¿por qué habremos de matar a un niño en el vientre de su madre simple y llanamente porque éste no es deseado, porque ha de ser inconveniente o porque sabemos que la criatura nacerá con limitaciones intelectuales o físicas?

La consecuencia más seria de las relaciones sexuales es el embarazo. La promiscuidad sexual desatada en la década del sesenta en Estados Unidos trajo una avalancha creciente de embarazos indeseados. En la actualidad la promiscuidad sexual en la adolescencia y las relaciones sexuales premaritales y extramaritales han alcanzado proporciones epidémicas. De ahí que el aborto para muchos se haya convertido en un conveniente método posconceptivo, y en el presente es doctrina cardinal, no sólo de los aborteros, sino de todo el que desecha a Dios. Hace décadas que el aborto ha formado parte de la fórmula de la sociedad permisiva. Paul Johnson, en el capítulo final de su libro titulado Intelectuales, cita a Evelyn Waugh, quien afirma que esta fórmula “implica la virtual eliminación del fundamento cristiano de la sociedad y su reemplazo por la búsqueda universal del placer”. Lo más horrendo del aborto no es que la mujer mata a un niño que no ha nacido, sino que asesina al hijo que lleva en su propio vientre. ¿Qué madre moralmente saludable no sentirá un enorme peso de culpabilidad cuando aborta voluntariamente a su propio hijo? ¿Qué hacen, entonces, los propagandistas del aborto y los aborteros con el cargo de consciencia real por las criaturas abortadas? Procuran hacerse de una conciencia limpia. ¿Cómo? En primer lugar, se deshacen de Dios, lo eliminan, lo matan. Porque si Dios no existe, entonces la criatura abortada es como cualquier animal que muere y regresa al polvo, y no perturbará nunca más la conciencia de la madre ni de aquellos implicados en el aborto. Si Dios no existe, no somos más que animales evolucionados y no hay a quién rendir cuentas por nuestros actos, sean buenos o malos. Así también se elimina de un plumazo el infierno, donde, según la Biblia, irán a parar todos los homicidas. En segundo lugar, se redefine a la criatura en el vientre como ente no auténticamente humano, como no persona. Lo dicho por el ateo Sam Harris, en su libro titulado El fin de la fe, es muy significativo: “Muchos de nosotros consideramos que los fetos humanos durante el primer trimestre son más o menos como los conejos”, y no son merecedores de “total reconocimiento como humanos en nuestra comunidad moral”.

Si el ser humano es el producto de la evolución y no de la creación especial, entonces el fundamento de la moralidad judeocristiana queda desacreditado. Si Dios no nos creó, es inútil hablar acerca de la santidad de la vida, porque no la tiene. En este caso, el aborto y la eutanasia se convierten en prácticas no sólo permitidas sino hasta deseables en determinadas circunstancias. Si Estados Unidos y todas las sociedades occidentales fueran completamente seculares – rumbo que lamentablemente llevan a paso acelerado— no habría debate moral sobre el aborto. De manera que el motivo por el cual  los propagandistas del aborto— quienes en su mayoría rechazan al Dios de la Biblia—, atacan el cristianismo con tanto encono procurando desacreditar sus principios, es precisamente para extirpar su influencia moral y lograr que la sociedad se sumerja en un absoluto secularismo y reciba con brazos abiertos el aborto y la eutanasia.

 ¿Seguirá nuestra sociedad creyendo en los mitos en torno al aborto, fruto en gran medida de la cínica, malévola y desafortunadamente exitosa campaña propagandística realizada por hombres y mujeres sin escrúpulos, quienes han medrado durante décadas a costa de las vidas de los más débiles e indefensos, a saber: que, para una mujer, controlar su cuerpo significa, entre otras cosas, el derecho y la libertad de asesinar a la criatura que lleva en sus entrañas; que el aborto legal y sin riesgo es el derecho de toda mujer; que la criatura que lleva en el vientre es una no persona que no tiene voz ni voto y que ella solamente es la que debe decidir; que el aborto es una decisión personal entre una mujer y su médico; y que el infanticidio es un derecho fundamental del ciudadano estadounidense? ¿Nos daremos cuenta algún día de que este pecado es tan horrendo o peor que el de la esclavitud que tuvieron que padecer los negros en Estados Unidos y en todo el mundo, y que por su elevadísimo y creciente número de víctimas sin duda es aún peor que el holocausto nazi?

 Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.

 

Para más información sobre el aborto, seguir el siguiente vínculo:

http://www.abortionfacts.com/abortion/q_facts.asp


¿Quién creó a Dios?

mayo 18, 2009

Flowers

El que no cree en Dios buscará explicaciones que concuerden con sus preconceptos.

Esta pregunta, formulada por un niño, es comprensible y hasta encomiable. Sin embargo, cualquier adulto que se atreva a preguntar quién creó a Dios—como últimamente lo han hecho algunos jóvenes universitarios queriéndoselas dar de sagaces y originales—, en la mayoría de los casos no hace más que manifestar a todas luces su puerilidad e ignorancia o su intento de formular una pregunta capciosa que a fin de cuentas no lo es. La respuesta es tan obvia que se cae del árbol. Nuestra mente no puede comprender realmente el concepto de un Dios eterno, quien no fue creado por nadie —porque de otra forma no sería Dios— y que existe independientemente del universo que Él creó. Poseemos mentes finitas, sujetas a la estructura de un universo constituido por el espacio-tiempo-materia en el que funcionan. Nuestras mentes carecen de la capacidad para comprender el infinito y la eternidad fuera de los límites del espacio y el tiempo o anterior a los mismos. No obstante lo dicho, lo que no podemos comprender, podemos creerlo.

En ocasiones me han preguntado si creo en el relato bíblico de la creación literal de Adán y Eva, en el nacimiento virginal de Cristo y en su resurrección, y en los milagros. Cuando me hacen preguntas semejantes, después de responder que sí,  lo primero que hago es averiguar si mi interrogador alguna vez ha leído la Biblia en su totalidad. Muy pocas veces me veo obligado a formular la segunda pregunta: ¿cuántas veces la ha leído?, porque la mayoría de los que formulan estas preguntas jamás ha leído la Biblia. Sólo el mentecato se atreve a juzgar un libro que jamás ha leído. Dicho esto, debe quedar claro que a la Biblia, al igual que a los leones, no hace falta defenderla: sólo basta con abrirle la jaula.

Venimos a este mundo no sabiendo nada. Sin embargo al llegar a la adolescencia muchos piensan que lo saben todo. A menudo es necesario que transcurran veinte o treinta años antes de que comprendan lo poco que realmente  saben. No obstante estos jóvenes, envalentonados en parte por la distante proximidad (esto es un oxímoron) y el anonimato que proporciona la Internet y también, no cabe duda, por la ignorancia, que a menudo es tan atrevida que aquel que la padece confunde la astucia con la  sabiduría y la temeridad con el valor, equivocadamente concluyen que el campo de juego es parejo para todos. Pero lo que no se les acaba de meter en el caletre es que, aun suponiendo que el campo fuese parejo para todos, los más talentosos y experimentados son los que  siguen saliendo al campo de juego regularmente; los demás continuarán, en el mejor de los casos, jugando en las ligas menores y esperando su turno (si es que llega algún día) o seguirán siendo espectadores, aunque se autoengañen pensando que  son capaces de batirse téte a téte con los versados en cualquier materia que a ellos se les antoje discutir, haciendo alarde de su ignorancia. Bien ha dicho Jorge Mañach que “es siempre posible que cualquier “chisgarabís” (mequetrefe) se crea con derecho a discutir los pareceres del especialista más autorizado, y que el talento o la larga dedicación se hallen un poco a la merced del primer bufo que les salga al paso, a veces con una pluma en la mano”. Y en la actualidad este fenómeno ha adquirido proporciones epidémicas, porque cuando Mañach escribió esto, no existía la Internet. Por eso no nos asombra que estos jóvenes que niegan a Dios y formulan preguntas como la que encabeza este artículo, sean los mismos que creen en los mitos modernos, como los logros de la revolución cubana, el Che Guevara, el calentamiento global provocado por el ser humano, y otros por el estilo, y ni siquiera se molestan en comprobar, buscando en esa Internet que tanto usan, si lo que creen es cierto o pura ficción. Por lo antes dicho es conveniente recordar siempre la sabiduría del viejo refrán: “Quien con perros se echa, con pulgas se levanta”. Y otro de parecido significado: “El que con niños se acuesta, mojado se levanta”.

El corazón entendido busca sabiduría: mas la boca de los necios se alimenta de necedades (Proverbios 15:14).

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.