Donald Trump’s Victory: The “Deplorable and Irredeemable” Americans Have Spoken

noviembre 9, 2016

 

Donald Trump has won the 2016 presidential election. The polls were wrong, the mainstream and corrupt media that conspired with the Clinton campaign and tried to destroy Donald Trump, was also wrong. Even many establishment Republicans were wrong. Trump’s victory defied all predictions and is one of the greatest political victories in our two and one half centuries as a nation.

Yes, I voted for Trump, as did tens of millions of Americans, to give him the victory. The American people have spoken clearly and unequivocally. Once again, the democratic process has triumphed and we have decided what we want and also what we don’t want.

This presidential election has been a referendum on many important issues: stagnant economic growth during eight years of a failed Obama presidency, a vote against Obamacare, which was rammed through by a president out of touch with the American people, who lives in an alternate reality where things have been turned upside down and wrong has become right and right is considered wrong. It was also a referendum on the Washington establishment, of which Hillary Clinton has been a part for almost three decades. It was a decisive NO to open borders and illegal immigration. It was a definitive NO to the course towards socialism our nation has been following for decades now, in no small measure due to a left wing mainstream media, most of the professorate in our universities, and eight years of a presidency focused on changing America forever and turning it into one more failed socialist nation in the world. It was a resounding NO to the most corrupt politician running for president in the history of our nation: Hillary Rodham Clinton.  It was a decisive YES to lower taxes, a strong military, to real choices in health insurance, and very importantly, a resounding YES to the appointment of Supreme Court justices who will abide by the United States Constitution and not legislate from the bench.

Donald Trump’s victory was an unquestionable YES to life and the right of the unborn child and a resounding NO to the abortionists in this country, who have created a multimillion dollar industry with the aid and support of politicians like Hillary Clinton, with Planned Parenthood being the nation’s largest abortion vendor. Journalist Kristan Hawkins said it well: “Planned Parenthood’s grip of death has been released from the White House. Come January, their influence will be gone.”

The silent majority isn’t silent anymore because Donald Trump has given us a voice. We were mocked by Hollywood (the cream of the “crap”), and dismissed by socialist professors in their ivory towers, whose numbers have reached epidemic proportions in our Colleges and Universities. The “deplorable and irredeemable” Americans have spoken. It’s time to make America great again!

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.


¿Qué hay en ese nombre nuevo?

enero 13, 2014

going back in time

Los nombres siempre han sido importantes, no sólo en la vida real sino también en la literatura. En más de una ocasión el destino feliz o desdichado de un personaje en una novela o en una obra teatral ha dependido en alto grado del nombre con que el autor lo ha bautizado. Me parece bien cambiar el nombre de una empresa, organización o persona, cuando existe un motivo legítimo para hacerlo o simplemente porque no nos gusta, ya que, como las suelas de los zapatos, los nombres también se gastan con el uso. Por mi parte,  al cabo de medio siglo de uso y maltrato, y por causa de tanta repetición, porque no lo entienden la primera vez que lo pronuncio, y a menudo ni la segunda, en ocasiones he sido tentado a cambiarme el nombre que me pusieron mis padres, con la esperanza de evitar tanta reiteración y que mi personaje en la novela de la vida tenga quizás un final más venturoso. Lo que ocurre es que no acabo de encontrar otro nombre que realmente me guste para mí. Claro, esto lo digo en son de broma, porque lo cierto es que, como la gran mayoría de las personas, estoy irremediablemente ligado psicológica y emocionalmente a ese sonido que he escuchado, no pocas veces mal pronunciado, toda mi vida: Guille, Jido,  Rigo, Ido, Uido, Gudo, Gaido ¡Guido, caramba! Sin embargo, este no parece ser el problema de tantas iglesias bautistas (y no bautistas) en la actualidad, porque se están cambiando, a diestro y siniestro, el nombre que han tenido con frecuencia desde su establecimiento. Lo curioso es que todas estas iglesias tienen en común una palabra “ofensiva” que invariablemente eliminan del antiguo nombre, la cual siempre las ha identificado como iglesia y con su particular denominación (aunque a veces dejen intacta parte del nombre antiguo).

Me divierte hasta cierto punto, por disparatada e inútil, esta tendencia actual de cambiarse el nombre de tantas Iglesias en Estados Unidos, eliminando el término bautista, como si esto fuera una fórmula mágica que les permitirá, en un intento desesperado más, renovar una imagen dañada, en algunos casos irreparablemente, lograr mayor aceptación de los integrantes de sus comunidades y de los creyentes de otras denominaciones, o al menos aparentar alguna medida de relevancia.

El vocablo “bautista” se ha convertido en anatema. Según algunas iglesias, esta palabra evoca imágenes de órganos de tubos, cultos formales y rígidos, y estrechez de criterio. Quizá ya no se utilicen órganos de tubos, ni se celebren cultos formales y rígidos en la mayoría de estas iglesias, no obstante, la estrechez de criterio, la incultura, la falta de vigencia y la mediocridad no se erradican con una mano de pintura y un rótulo nuevo con un nombre diferente.

Por otra parte, es necesario señalar que no existe ningún precepto bíblico que prohíba un cambio de nombre. Cada iglesia, por sí sola, al establecerse, debe determinar cómo ha de llamarse, y en el caso de una iglesia ya establecida, si ha de tener un nombre nuevo de hoy en adelante. Ahora bien, si una persona desea cambiarse el nombre, en la mayoría de los casos, legalmente, no se admiten aquellos que hagan confusa la identificación de la persona. Lo curioso, sin embargo, es que, a juzgar por los nuevos nombres de muchas de estas congregaciones, a menudo insulsos, ambiguos y genéricos como el de medicamentos más baratos, ahora no sabemos a ciencia cierta si se trata de iglesias, clubes sociales, hogares para ancianos, centros de rehabilitación, manicomios, moteles o cementerios; ¿o serán a estas alturas la misma cosa? Veamos algunos ejemplos: Christ Journey, Family of God, Peace Community, Fellowship at Two Rivers, Fellowship of Forest Creek, Living Faith, NorthRidge,  North Hills, North Point Community, Graceway, CrossWinds. ¡El colmo sería que una iglesia bautista (si a estas alturas no lo ha hecho ya más de una) se cambiara el nombre y decidiera llamarse The Fellowship of the Ring o The Return of the King!

En definitivas, ¿qué hay en ese nombre nuevo? A la luz de lo antes dicho, es innegable  que ese nombre nuevo, ese cambio cosmético, es fundamentalmente fruto de una estrategia de transformación de imagen y propagandística, en gran medida por un afán contemporizador, en la que las iglesias en cuestión se dan a la desatinada y fútil tarea de colar el mosquito y tragarse el camello, con tal de sacudirse el lastre del nombre antiguo y a menudo los vínculos denominacionales, tener más amplia aceptación y llevar, como suelen alegar, el mensaje del evangelio a mayor número de personas. Este proceder es parecido al de la persona que se empeña en poner curitas sobre una herida profunda que requiere de un torniquete para detener la hemorragia y de intervención quirúrgica. De todos modos, nos consta que numerosas de estas iglesias, como University Baptist Church en Coral Gables, Florida (actualmente Christ Journey),  hace mucho tiempo ya habían dejado de ser bautistas en doctrina y práctica. De modo que el paso lógico para las mismas era eliminar también el nombre.

En resumidas cuentas, el cambio de nombre con la resultante eliminación de la identidad denominacional, es una tendencia postmoderna generalizada en Estados Unidos, en la espiral descendente rumbo al ecumenismo y la descafeinización del cristianismo de los últimos tiempos, porque los bautistas no son el único grupo que ha estado lidiando hace tiempo con el asunto del nombre denominacional.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.


El arte y la cultura en la vida del creyente

noviembre 12, 2013

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La mayor parte del arte creado por creyentes en la actualidad es mediocre, en el mejor de los casos. Esta declaración fue válida hace cuarenta años y, lamentablemente, lo sigue siendo en la actualidad. La preeminencia artística de los hijos de Dios en siglos anteriores ha quedado en las páginas de la historia. La literatura escrita por creyentes, en particular la ficción, a menudo carece de calidad, autenticidad y de la rica textura de la vida real. ¿Por qué? Primordialmente, porque sus autores continúan empeñándose en emplear los diversos géneros literarios mayormente como herramienta evangelística para “alcanzar” a aquellas personas que suponen hostiles al evangelio si se valen de otros métodos de acercamiento. En la iglesia y en la vida cotidiana del creyente promedio prevalecen la superficialidad y el sentimentalismo barato, la falta de conocimiento bíblico y de cultura general, y la adicción a la pantalla chica, el actual opio del pueblo. En otros términos, podemos decir sin temor a equivocarnos, que el pueblo de Dios hoy en día es adicto a la mediocridad.

   Por otra parte, la ignorancia a menudo nos impide apreciar, no sólo la importancia, sino también el talento otorgado por Dios y el esfuerzo humano en las artes. Como consecuencia, el creyente se priva de un caudal formidable de enriquecimiento y experiencias culturales.

   El auténtico cristianismo no es una mera subcultura que subsiste aislada en una burbuja eclesiástica.  Se trata de una relación personal con Cristo y a su vez de un sistema total de vida. Jesús es el Señor. ¿Qué significa esto? Significa que es amo de toda nuestra vida y de todo en nuestra vida: cuando nos sentamos a la mesa a comer, cuando practicamos un deporte, cuando escribimos una carta o un relato, cuando leemos; también durante las horas laborales y las de descanso.  Quiere decir, además, que Jesús es Señor del arte y la cultura. Entonces, ¿por qué a menudo cuidamos con esmero y desarrollamos únicamente la vida devocional y eclesiástica y dejamos al garete, como jardín estéril, otros aspectos importantes de la vida, como el intelecto, el lado estético, la cultura? Las artes juegan un papel importante en nuestra comprensión del mundo y no es necesario que sean precisamente tratados evangelísticos, teológicos o devocionales para comunicar o mostrar verdades y seamos enriquecidos como personas. Con demasiada frecuencia el mensaje implícito del cristianismo, incluso de los sermones dominicales, ha sido que un creyente en Cristo no debe convertirse en actor, compositor, pintor o novelista. A menudo nuestro cristianismo fracasa en la capacitación de los creyentes para que jueguen un papel dinámico en la cultura fuera de las puertas de la iglesia. Tenemos propensión a los extremos: o nos aislamos en nuestra burbuja eclesiástica como ascetas posmodernos, o perdemos nuestra identidad permitiendo que la cultura popular se meta en el santuario, dirija nuestros cultos y por ende rija la totalidad de nuestra vida.

   El “consumo” de arte del creyente promedio es casi nulo. Lo peor de todo es que la lectura de ficción, como el consumo de cualquier arte con fines no evangelísticos o devocionales, para muchos creyentes es una pérdida de tiempo. Según los mismos todo lo que necesitamos saber respecto a cualquier asunto de la vida se encuentra en La Biblia. Lo demás es superfluo. Esta lamentable conclusión se basa principalmente en el hecho de que la mayor parte del arte (inclusive el de mejor calidad) lo crean los no creyentes, de manera que exponerse al mismo, deducen, podría perjudicar nuestra salud espiritual.

   El arte tiende a indicar más que a contar. Miguel Hernández, poeta y dramaturgo español, dijo: “El verdadero arte no debe mostrar, sino evocar”. Hay cristianos, inclusive pastores, que creen firmemente que los creyentes deben escribir sólo acerca del cristianismo y principal o exclusivamente para creyentes. Se equivocan los que así piensan. La primordial preocupación del artista no debe ser el pronunciamiento de criterios en torno a la condición humana, ni la elaboración de un comentario acerca de los tiempos. El creyente que desea escribir, no importa cuál sea el género literario que elija, debe hacerlo con percepción divina en lugar de escribir exclusivamente acerca de religión o cristianismo. Además, la lectura de buena literatura no es un simple pasatiempo de mujeres, porque se trata de la historia de la experiencia de la humanidad. La literatura posibilita el acceso a un mundo diferente. El erudito alemán Dietrich Schwanitz, en su excelente libro titulado La cultura, provee una concisa y valiosísima definición de literatura: “La literatura es el arte de escribir la historia en forma de vivencias y experiencias personales”. De manera que si deseamos comprender nuestra propia cultura, no existe mejor herramienta para lograrlo que la literatura. Acerca de la literatura, concretamente sobre la importancia de la novela, Dietrich Schwanitz afirma en el libro antes citado: “En este sentido, la novela es única. Nos ofrece algo imposible en cualquier otro género artístico y en la realidad: ver el mundo desde la perspectiva de otra persona y, al mismo tiempo, observar su experiencia”.

  El arte proporciona la oportunidad de conocer otra manera de ver el mundo. Lamentablemente, pocas personas (incluso creyentes y líderes cristianos) están interesadas en enriquecer su cultura. La persona culta invariablemente se distingue por la avidez de instruirse y la sed de saber. Y estas dos cualidades las he visto brillar por su ausencia, tanto en la iglesia como fuera de la misma. La persona culta, además de la Biblia, conoce las grandes obras literarias. Quien no las conoce, no es culto. No obstante, hay quienes piensan que sólo con respirar el aire de una biblioteca, en la que casi nunca entran, o el de una librería, donde entran poco (hoy menos aún, porque las librarías tradicionales están desapareciendo), pero nunca en busca de buena literatura, se les pega el conocimiento que contienen sus libros. Quizá algunos de ellos, como dijera el novelista uruguayo Juan Carlos Onetti, no son cultos pero están enterados. La mayoría, lamentablemente, ni siquiera esto.

   El cine forma parte de la cultura actual. Hay mucho que aprender y disfrutar del buen cine. Y no es necesario convertirse en cinéfilo para apreciar la riqueza filmográfica universal que tenemos a nuestra disposición. La persona culta no tiene por qué ocultarle a nadie sus conocimientos del séptimo arte. Sin embargo, la cultura no se despliega como si fuera una bandera. Por eso la persona verdaderamente culta no hará ostentación de la misma. La cultura es como la humildad: si la tienes no la ostentas; si la ostentas, no la tienes. No se es culto para que los demás nos aplaudan.

   En lo que a la lectura de buena literatura se refiere, la iglesia es con demasiada frecuencia predio desolado e infecundo. En mi artículo titulado Televisión y decadencia, publicado en El Nuevo Herald el 22 de mayo de 2011, dije que “el mundo está dividido en dos grupos: los que leen y los que no leen. Desafortunadamente, los que leen son una minoría”. A continuación cito íntegramente uno de los párrafos de mi referido artículo, porque viene al caso:

    “El mercado de los libros está en crisis. En Estados Unidos, el decreciente número de librerías en este panorama sombrío continúa librando una valiente batalla para impedir, o al menos retardar, su desaparición. El aumento de la venta de libros electrónicos a nivel mundial y el fácil acceso a las librerías en línea, han agudizado esta crisis, pero no la han causado. Según las estadísticas, la verdad incuestionable es que cada día se venden menos libros y periódicos. El público en su mayoría no recurre a los periódicos y a los libros para informarse e ilustrarse, sino a la televisión y a Internet”.

   Los desconcertantes datos provistos por encuestas recientes en torno a la lectura en Estados Unidos, reafirman mis anteriores conclusiones. En Estados Unidos, primer mercado editorial del mundo, el 34 por ciento de las personas conservadoras nunca lee. Sólo el 5 por ciento de los que se consideran lectores afirma haber leído obras exclusivamente de ficción. Para rematar, el 50 por ciento de los adultos no posee siquiera la capacidad fundamental para disfrutar la lectura de un libro con nivel de octavo grado. El 70 por ciento de los adultos hace cinco años que no entra en una librería. El 80 por ciento de las familias estadounidenses no compró ni un solo libro el pasado año. El 42 por ciento de los graduados universitarios jamás volverá a leer un libro. Si este es el desconcertante panorama en Estados Unidos, ¿esperamos que sea mejor en los países hispanohablantes? (Datos provenientes en parte de Read Faster, Reading Stats).

   Finalmente, en nuestras iglesias no debe marginarse el talento artístico (esto es tema para otro artículo), sino concedérsele espacio y canalizarlo, sin forzarlo a convertirse, desnaturalizándolo, únicamente en una herramienta evangelística.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito de autor.

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