¿Quién creó a Dios?

mayo 18, 2009

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El que no cree en Dios buscará explicaciones que concuerden con sus preconceptos.

Esta pregunta, formulada por un niño, es comprensible y hasta encomiable. Sin embargo, cualquier adulto que se atreva a preguntar quién creó a Dios—como últimamente lo han hecho algunos jóvenes universitarios queriéndoselas dar de sagaces y originales—, en la mayoría de los casos no hace más que manifestar a todas luces su puerilidad e ignorancia o su intento de formular una pregunta capciosa que a fin de cuentas no lo es. La respuesta es tan obvia que se cae del árbol. Nuestra mente no puede comprender realmente el concepto de un Dios eterno, quien no fue creado por nadie —porque de otra forma no sería Dios— y que existe independientemente del universo que Él creó. Poseemos mentes finitas, sujetas a la estructura de un universo constituido por el espacio-tiempo-materia en el que funcionan. Nuestras mentes carecen de la capacidad para comprender el infinito y la eternidad fuera de los límites del espacio y el tiempo o anterior a los mismos. No obstante lo dicho, lo que no podemos comprender, podemos creerlo.

En ocasiones me han preguntado si creo en el relato bíblico de la creación literal de Adán y Eva, en el nacimiento virginal de Cristo y en su resurrección, y en los milagros. Cuando me hacen preguntas semejantes, después de responder que sí,  lo primero que hago es averiguar si mi interrogador alguna vez ha leído la Biblia en su totalidad. Muy pocas veces me veo obligado a formular la segunda pregunta: ¿cuántas veces la ha leído?, porque la mayoría de los que formulan estas preguntas jamás ha leído la Biblia. Sólo el mentecato se atreve a juzgar un libro que jamás ha leído. Dicho esto, debe quedar claro que a la Biblia, al igual que a los leones, no hace falta defenderla: sólo basta con abrirle la jaula.

Venimos a este mundo no sabiendo nada. Sin embargo al llegar a la adolescencia muchos piensan que lo saben todo. A menudo es necesario que transcurran veinte o treinta años antes de que comprendan lo poco que realmente  saben. No obstante estos jóvenes, envalentonados en parte por la distante proximidad (esto es un oxímoron) y el anonimato que proporciona la Internet y también, no cabe duda, por la ignorancia, que a menudo es tan atrevida que aquel que la padece confunde la astucia con la  sabiduría y la temeridad con el valor, equivocadamente concluyen que el campo de juego es parejo para todos. Pero lo que no se les acaba de meter en el caletre es que, aun suponiendo que el campo fuese parejo para todos, los más talentosos y experimentados son los que  siguen saliendo al campo de juego regularmente; los demás continuarán, en el mejor de los casos, jugando en las ligas menores y esperando su turno (si es que llega algún día) o seguirán siendo espectadores, aunque se autoengañen pensando que  son capaces de batirse téte a téte con los versados en cualquier materia que a ellos se les antoje discutir, haciendo alarde de su ignorancia. Bien ha dicho Jorge Mañach que “es siempre posible que cualquier “chisgarabís” (mequetrefe) se crea con derecho a discutir los pareceres del especialista más autorizado, y que el talento o la larga dedicación se hallen un poco a la merced del primer bufo que les salga al paso, a veces con una pluma en la mano”. Y en la actualidad este fenómeno ha adquirido proporciones epidémicas, porque cuando Mañach escribió esto, no existía la Internet. Por eso no nos asombra que estos jóvenes que niegan a Dios y formulan preguntas como la que encabeza este artículo, sean los mismos que creen en los mitos modernos, como los logros de la revolución cubana, el Che Guevara, el calentamiento global provocado por el ser humano, y otros por el estilo, y ni siquiera se molestan en comprobar, buscando en esa Internet que tanto usan, si lo que creen es cierto o pura ficción. Por lo antes dicho es conveniente recordar siempre la sabiduría del viejo refrán: “Quien con perros se echa, con pulgas se levanta”. Y otro de parecido significado: “El que con niños se acuesta, mojado se levanta”.

El corazón entendido busca sabiduría: mas la boca de los necios se alimenta de necedades (Proverbios 15:14).

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.

 


El ateísmo: peligroso juego de ruleta rusa con el alma

marzo 21, 2009

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                   Abraham e Isaac, Rembrandt van Rijn

 

Nunca he encontrado un hombre verdaderamente pensador que no creyera en Dios.  

Robert A. Millikan, físico norteamericano

 

 En términos sencillos, ¿qué significa la palabra ateo? ¿Qué cree o no cree un ateo?

 Ateo, en el sentido más amplio de la palabra, es aquel que niega a Dios y vive como si Él no existiera. El vocablo ateo proviene del prefijo griego a (sin o no) y el sustantivo Teos (Dios). El ateo cree que hay pruebas de que Dios no existe. De manera que el mundo,  el universo y todo lo que existe puede explicarse mediante el naturalismo y no a través del súpernaturalismo o la creación especial. El ateo acepta el materialismo como filosofía de vida, y está convencido de que toda creencia, evidencia religiosa y la fe son falsas.

Hay ateos que prefieren que se les llame ateístas o no teístas en vez de ateos, puesto que el vocablo ateo ha tenido históricamente un significado peyorativo.

¿Cuáles son las principales diferencias entre el ateo, el agnóstico y el escéptico?

El agnóstico (del griego a (sin o no) y el sustantivo gnosis (conocimiento, generalmente empírico) cree que no existe suficiente evidencia para probar o descartar la existencia de Dios. Y el escéptico ni afirma ni niega la existencia de Dios. Tampoco niega que sea imposible saber, sin embargo, lo cuestiona todo.

 

¿Qué dice la Biblia sobre el ateo?

No mucho. Pero lo que declara es en extremo significativo y devastador: “Dice el necio en su corazón: no hay Dios” (Salmos 14:1; 53:1). El Dios de La Biblia concibe el ateísmo como idolatría, porque en el sitio que debía corresponderle a Dios queda un vacío que luego ocupa un ídolo, ya sea el ego, otra persona, una profesión, la imagen de un ser humano o de un animal, o cualquier otra cosa. Y a la idolatría sí se le dedica considerable espacio en la palabra de Dios. El ateo entonces, como hemos dicho en anterior artículo, no es tanto aquel que no cree en la existencia de Dios, sino la persona que quiere a Dios fuera de su vida para luego entronizar a un ídolo. Y un ídolo es cualquier persona o cosa que desaloja a Dios de la preeminencia en nuestra vida. “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (Ro. 1:21-23).  

                                                                                                                

Por otra parte, La Biblia enseña que el principio de la sabiduría es el temor de Dios (Salmos 111:10). La sabiduría va mucho más allá de la acumulación de conocimientos: es la capacidad dada por Dios para utilizar correcta y oportunamente nuestros conocimientos y las experiencias de la vida. El verdadero sabio respeta a Dios y tiene siempre presente los principios expuestos en La Biblia, los cuales rigen su vida. Y dije principios divinos, no reglas y mandamientos de hombres, porque los primeros liberan, los últimos esclavizan.

En este punto es necesario señalar que, de todas las libertades, sin duda la más valiosa es la espiritual. El mismo Jesucristo dijo: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. “Así que si el hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:31, 36). Es esencial comprender que el auténtico cristianismo es una relación personal con Cristo y es a su vez un sistema total de vida que nos permite ver el mundo en que vivimos como realmente es, a la vez que nos enseña a vivir según las leyes y los principios morales establecidos por Dios.

 

¿Constituye el ateísmo una muestra de individualidad e inteligencia, o se arriesga innecesariamente todo el que niega la existencia de Dios?

 

No es muestra de ninguna de las dos. El ateísmo es, en la práctica, un juego de ruleta rusa con el alma. Es necesario señalar que resulta muchísimo menos arriesgado y considerablemente más inteligente tener fe en Dios, en su existencia, que no tenerla. La postura del ateo es una especie de intransigencia, de estulticia (a la que ya dije que la Biblia llama necedad: “Dice el necio en su corazón: no hay Dios”, o más bien: “no, Dios”. Salmos 14:1), la decisión descabellada de jugar a la ruleta rusa con su alma. Sólo los tontos, los faltos de entendimiento, o los desquiciados juegan a la ruleta rusa con un revólver y una bala real. El ateísmo es una necedad, una estupidez, una ruleta rusa infinitamente más peligrosa, porque lo que está en juego es el destino eterno del que la practica. Porque si Dios no existe, el creyente no tiene nada que perder. No obstante, si Dios existe, todo aquel que se ha negado en vida a creen en Él, lo perderá todo. Cristo mismo dijo: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?” (Mateo 16:26).

 

Viene al caso un corito, sencillo pero con un mensaje muy profundo, que frecuentemente cantamos en la iglesia:

 

Perder los bienes es mucho,

Perder la salud es más.

Perder el alma es pérdida tal

Que no se recobra jamás.

 

 

¿Qué lugar ocupa en la ciencia moderna la creencia en un Dios creador del universo?

 

Ninguno. La ciencia moderna fue concebida para que excluyera a un Diseñador y Creador. Está fundamentada en el ateísmo filosófico, en el naturalismo y en el materialismo, es decir, en las doctrinas que enseñan que la realidad natural y material es la única que existe, que la naturaleza es todo lo que hay y que la realidad material es la única realidad.

 

Sin embargo, ni la realidad material ni la verdad científica constituyen toda la verdad. Hay infinidad de verdades y de realidades que están más allá de la razón. El naturalismo y el materialismo no son conclusiones científicas, sino proposiciones o premisas. En otros términos, son artículos de fe. No obstante, la fe en Dios busca una ruta que ha sido vedada para la razón, y prosigue cuando la razón no encuentra más derroteros. El verdadero creyente en Dios jamás acepta la fe “a ciegas”, como equivocadamente suponen muchos incrédulos, sino con “los ojos bien abiertos”. La fe, a pesar de que pisa sobre el abismo, siempre encuentra la roca debajo. 

En el libro titulado The Creation-Evolution Controversy ((La controversia entre la creación y la evolución), Randy L. Wysong, profesor de anatomía humana y fisiología, afirma: “Se puede concebir la evolución como un tipo de religión mágica. La magia es simplemente un resultado sin causa, al menos sin una causa competente. “La casualidad”, “el tiempo” y “la naturaleza” son los tres dioses venerados en los templos evolucionistas. Sin embargo, estos dioses no pueden explicar el origen de la vida: son dioses impotentes. De este modo, la evolución queda sin causa competente y, por ende, es sólo una explicación mágica de la existencia de la vida”.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor

 

 


El ateísmo y el humanismo secular ante la muerte

marzo 16, 2009

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Las tres cruces,  Rembrandt Van Rijn

 

 

Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón (Jeremías 29:13). 

 

El ateísmo y el humanismo secular no proporcionanni pueden proporcionarrespuestas ni medianamente satisfactorias para las preguntas fundamentales de la vida: ¿De dónde venimos y quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué ha marchado mal en este mundo? ¿Qué podemos hacer para arreglarlo?

 ¿Por qué? Porque la cruz de Cristo es lo único que nos permite hallarle sentido a nuestra existencia. La obra de Cristo en la cruz provee respuestas inequívocas y concluyentes para las preguntas fundamentales de la vida. Todo aquel que vive como si Dios no existiera rechaza la obra de Cristo en la cruz. La muerte de Cristo en la cruz es la obra consumada, inmejorable, perfecta, que proporciona genuino significado a todo en la vida. En la cruz todo encuentra su resolución. Los sufrimientos y las injusticias en este mundo carecerían de todo sentido sin Dios y sin la existencia de la vida más allá de la muerte. Sólo si existe un Dios misericordioso y justo, quien ha provisto en Cristo la solución para el dilema de la raza humana, es que hay vida eterna y un cielo para todo creyente en Cristo, y un infierno perpetuo para el  incrédulo. Nuestro apóstol, José Martí, al meditar sobre este asunto, dijo: “Las vida humana sería una invención repugnante y bárbara, si estuviera limitada a la vida en la tierra”. Podemos aliviar el hambre, el temor, la injusticia, y hasta las trágicas consecuencias de la guerra en el mundo, sin embargo, en última instancia, los efectos de la muerte de Cristo en la cruz constituyen la única solución para la condición humana.

 ¿Qué mensaje de consuelo y esperanza puede proveer un ateo a un familiar suyo o a un amigo en su lecho de muerte, o en un velorio a los familiares del finado, si él no cree en Dios ni en la vida después de la muerte? ¿Diría, por ejemplo, ya fulano no está con nosotros, ha desaparecido para siempre, ya nunca más le veremos, si tuvo fe en Dios y en Cristo no le sirvió de nada, porque Dios no existe y Cristo no fue más que un bohemio soñador; ahora sólo le aguardan  la inconsciencia, la nada y el olvido eternos, como los que nos aguardan a nosotros también cuando muramos? Ante la absoluta ausencia de respuestas satisfactorias, no le queda más remedio que guardar silencio, o sentarse en un rincón a dormitar, como los he visto yo, mientras que el ministro abre la palabra de Dios para proporcionar consuelo y esperanza, mediante la muerte y la resurrección de Cristo, a todo el que quiera recibirlos:

“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:1-3, 6).

Es necesario hacer hincapié en que las verdades más importantes y elevadas están disponibles a través de la fe, no de la razón. De otra forma, sólo un grupo de privilegiados a lo largo de la historia de la humanidad, es decir, los más inteligentes-quizás los “brillantes” intelectuales ateos como Rousseau, Shelley, Ibsen, Tolstoi, Hemingway, y otros-, hubiera tenido acceso a la verdad; los demás se quedarían en la ignorancia. La entrada al cielo sería semejante a recibir un premio al mérito de la inteligencia privilegiada. No obstante Dios, en su infinito amor y en su inescrutable sabiduría, ha querido hacer espacio para todo tipo de persona. De manera que el creyente emplea la fe para lograr la entrada al ámbito de la revelación, e ingresa con la esperanza de que la fe saque a la luz verdades que están ocultas para la razón.

 El apóstol Pablo, citando la palabra de Dios en el Antiguo Testamento, dice: Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1 Corintios 1:19-21, 26-29).

Para concluir, es preciso señalar que Dios no se manifiesta a todo el mundo, sino sólo a aquellos que lo buscan de corazón: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13). De manera que ni el ateo ni el agnóstico, ni ninguna persona que rechace al verdadero Dios y a su Hijo Jesucristo, tendrán acceso a las verdades más importantes del universo mientras persista en su rechazo. De ahí que el propósito de la fe, aún en lo que concierne a la salvación, sea el descubrimiento de verdades de vital importancia para el ser humano, las cuales están fuera de nuestro alcance a través de medios puramente naturales.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor


El ateísmo: ¿rebelión intelectual o moral?

marzo 9, 2009

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La creencia popular es que el ateísmo es primordialmente una rebelión intelectual. ¿Será esto cierto, o podremos demostrar, sin lugar a dudas, que el ateísmo no es más que una rebelión moral? Veamos. El mayor problema para el ateo no es la invisibilidad de Dios, sino el hecho de que sus leyes y principios morales le resultan intolerables. Toda manifestación de incredulidad en Dios tiene un origen moral. El ateo vive adaptando la verdad a sus deseos, no viceversa. Es decir, que el carretón para ellos va siempre delante de los bueyes.

No cabe duda de que el atractivo perenne del ateísmo radica en que éste da al traste con Dios—al menos el Dios “inflexible” y “severo” del cristianismo—, y libera al ser humano para que el mismo pueda disfrutar irrestrictamente los placeres del pecado y el desenfreno. Es decir que, al deshacerse del juez, el ateo está convencido de que no estará sujeto a un juicio moral, ni en esta vida, ni después de la muerte. Como dice el conocido refrán: muerto el perro, se acabó la rabia.

 La libertad—más bien el libertinaje—sexual es, sin lugar a dudas, el motivo más poderoso para el ateísmo. Una cosmovisión materialista no puede producir otra cosa que una moralidad materialista. De manera que el darwinismo se ha convertido para un sinnúmero de personas en el fundamento de su moralidad. Si el ser humano desciende de los animales y es una mera continuación de los mismos, y no es fruto de una creación especial, como afirman las Escrituras, “a imagen y semejanza de Dios”, entonces, al igual que ellos, carecemos de conciencia moral. De manera que el darwinismo se convierte en un vehículo conveniente y eficaz para liberar al hombre de la restrictiva y asfixiante moralidad tradicional. El ateo puede entonces desentenderse, de una vez y para siempre, de las antiguas ataduras morales y vivir de acuerdo a sus deseos y pasiones naturales.

Todo el que conoce la historia del ateísmo sabe que Julian Huxley, nieto de Tomás H. Huxley, amigo y socio de Darwin, afirmó: “La sensación de alivio espiritual que resulta del rechazo del concepto de Dios como ser sobrenatural es enorme”. Su propio hermano, Aldous Huxley, conocido ateo, dijo: “Yo tenía motivos para no querer que el mundo tuviera significado, por lo que di por sentado que no lo tenía, y pude fácilmente encontrar motivos satisfactorios para apoyar esta suposición. Para mí, sin duda al igual que para la mayoría de mis contemporáneos, la filosofía de la absurdidad era fundamentalmente un instrumento de liberación. Deseábamos liberación de determinado sistema de moralidad, el cual interfería con nuestra libertad sexual” (itálicas del autor).

En el libro titulado Por qué no soy cristiano, Bertran Russell afirmó: “La peor característica de la religión cristiana es su actitud tocante al sexo”. Por eso precisamente es que la mayoría de los ateos contemporáneos han decidido romper con el cristianismo. Denish D’Souza, en su libro titulado What´s  So Great About Chirstianity (Lo grandioso del cristianismo), afirma que “cuando un ateo provee justificaciones detalladas de por qué Dios no existe y por qué la moralidad tradicional es una ilusión, lo más probable es que esté pensando en sus órganos sexuales”.

Éste es precisamente el motivo por el cual muchas personas niegan la existencia de Dios, muy en particular el Dios del cristianismo: para evadir la responsabilidad de rendir cuentas a Dios en la vida venidera. En Romanos 2:6-8 dice: El cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad,  pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia”.

Y en Apocalipsis 21:8 leemos: “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”.

 El ateísmo: un falso refugio

Por lo tanto, el ateísmo es un falso refugio. La Biblia enseña que la muerte no es el fin: nos conduce a la presencia del Señor y Juez del universo, a quien rendiremos cuentas. Muchos procuran evitar a toda costa esta irrevocable comparecencia ante el Juez supremo y, procurando tapar el sol con un dedo, es decir, pretendiendo que Dios no existe, suponen que han anulado su existencia. Es algo así como la promulgación de una ordenanza en una ciudad para abolir la ley de gravedad todos los días entre el medio día y la una de la tarde. ¿Quién será el tonto que se atreverá a lanzarse desde el décimo piso de un edificio hacia la calle a las doce y treinta de la tarde para comprobar la efectividad de la nueva ley? En Juan 3:20 dice: “Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas”.

El ateísmo proporciona un falso refugio para aquellos que se niegan a reconocer que son pecadores y necesitan el perdón de Dios. Porque si Dios no existe, los principios y mandatos suyos en la Biblia, sobre todo cualquier índole de relación sexual fuera del matrimonio, no se convierten en pecados que deben evitarse, sino en incitaciones a las que debemos sucumbir. La reacción de todo el que rechaza a Dios y sus principios morales debe ser, como dice una popular canción de Joan Manuel Serrat, “vencer la tentación sucumbiendo en sus brazos”.

No cabe duda de que muchas personas convenientemente aceptan la declaración nietzscheana de que Dios está muerto. Mas el que está muerto hace más de un siglo es Nietzsche, no Dios. Dinesh D’Souza, en el libro ya citado, tiene razón cuando afirma que “en el plan de Nietzsche, no es enteramente correcto afirmar que Dios ha muerto. Más bien, el ser humano ha matado a Dios con el propósito de obtener la libertad que le permite inventar su propia moralidad”.

Y como que Dios es el origen de la ley moral, su muerte o inexistencia significa que nos hemos quedado sin fundamento ético. Esta falta de fundamento ético permite que el ateo  y todo el que desecha a Dios, evada la culpabilidad, porque su moral es relativa y se define según su conveniencia. Todo el que no cree en Dios buscará explicaciones que concuerden con sus preconceptos. Cada quien se convierte en la autoridad final en lo que a sus principios se refiere. Por eso hemos concluido, sin lugar a dudas, que el ateísmo es fundamentalmente una rebelión moral, no intelectual.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor 

 


La verdad y la cosmovisión cristiana

marzo 2, 2009

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Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres (Juan 8:32).

Vivimos en un mundo postmoderno donde las verdades absolutas no tienen cabida en la vida de un creciente número de personas, incluso de una alarmante cantidad de aquellos que se denominan creyentes en Cristo. Esta peligrosa y lamentable tendencia sólo puede contrarrestarse con la clara exposición de la verdad, tanto desde nuestros púlpitos, como mediante revistas, periódicos, programas televisivos, sitios en la Internet y blogs como éste. Para esto es necesario un conocimiento profundo de la palabra de Dios, el valor para no dejarnos amedrentar por nada ni por nadie y la completa desvinculación de la corrección política, que no es más que una enfermedad paralizante que impide que tengamos el valor de decir lo que realmente creemos y pensamos.

¿Qué es la verdad?, preguntará alguien. La verdad, en términos sencillos, es lo que Dios dice acerca de cualquier asunto.  

El término “cosmovisión” puede parecernos abstracto o filosófico, no obstante la cosmovisión de una persona es sumamente práctica. El Diccionario de la Real Academia Española dice que la cosmovisión “es la manera de ver e interpretar el mundo”. El diccionario en línea WordReference.com la define como la “forma de concebir e interpretar al mundo propia de una persona o época”. De manera que el vocablo cosmovisión significa una orientación filosófica, una perspectiva de la vida, una forma de interpretar el mundo, o una integradora de la vida. Toda persona tiene una cosmovisión. Tal cosmovisión es sencillamente nuestra perspectiva de la realidad. Es el medio por el cual interpretamos las situaciones y circunstancias en nuestro entorno. Se trata de aquello que nos permite integrar todos los aspectos distintos de nuestra vida, fe y experiencia.

 La tarea principal en la vida es descubrir lo que es verdadero y vivir de acuerdo con esa verdad. Jesucristo afirma que él es el camino que todo ser humano debe seguir, la verdad que todo hombre debe creer y aceptar y la vida que toda persona debe recibir, y que nadie puede tener acceso a Dios el Padre sino a través de él (Juan 14:6). El hombre puede conocer la verdad por la revelación de Dios. La verdad de Dios se aplica a todo aspecto de la vida y del conocimiento científico.

La cosmovisión de una persona influye en toda su forma de pensar y en su manera de vivir, en todo aspecto de su vida, aunque la persona no sea consciente de este hecho.  El cristianismo auténtico no puede limitarse sólo a un aspecto de nuestra vida, a una simple práctica u observancia religiosa, o aun a una experiencia de salvación, aunque la salvación es el punto de partida, sin la cual todo lo demás es una imposibilidad.  Es esencial comprender que el auténtico cristianismo es una relación personal con Cristo y es a su vez un sistema total de vida que nos permite ver el mundo en que vivimos como realmente es, y nos enseña a vivir nuestra vida según los principios espirituales y morales establecidos por Dios.

Las locomotoras son máquinas fascinantes, sobre todo los de vapor. Emile Zola, novelista francés, solía decir que las locomotoras de vapor parecían tener alma.  Los trenes han sido diseñados y fabricados para rodar libremente sobre raíles de acero. Los trenes modernos se trasladan de ciudad a ciudad y de país en país, transportando pasajeros y mercancía, a velocidades extraordinarias. Sin embargo, esos trenes que se mueven con impresionante libertad y velocidad sobre los caminos de hierro, si se descarrilan, causan estragos formidables. El tren no puede moverse libremente sobre una calle asfaltada o por una autopista, como lo hace un automóvil. No fue creado para eso. Sólo cuando transita sobre los raíles es que el tren es verdaderamente libre. De igual manera, el ser humano fue creado por Dios para ser verdaderamente libre cuando conoce a Dios y vive de acuerdo a las enseñanzas de su Palabra. El hombre se mueve con auténtica libertad cuando su vida transita sobre “los raíles” de la verdad de Dios.

Lo que hacemos, decimos y callamos

Una cosmovisión, sea cristiana o no, se transmite tanto por ejemplo y palabra, como por lo que uno calla. Si en la escuela, por ejemplo, como en el caso de la enseñanza en la Cuba comunista durante 50 años, nunca se menciona que Dios es el creador del universo y el Señor de la historia, entonces se transmite una cosmovisión humanista secular y por lo tanto falsa. Esto es precisamente lo que ha ocurrido, no sólo en Cuba, sino en todos los países donde se ha instaurado el comunismo y el materialismo ateo, el humanismo secular, y es desafortunadamente lo que ha estado sucediendo con la enseñanza pública o gubernamental en Estados Unidos durante varias décadas.  En la Cuba marxista, desgobernada por los hermanos Castro, no se han producido muchos comunistas, pero sí millones de humanistas seculares, que fundamentalmente no creen en Dios, ni en la Biblia como verdad revelada por Él para guiar nuestra vida y conocer a Dios personalmente, ni en un mundo invisible hacia el cual nos dirigimos todos, tan real como el mundo visible en el que nos desenvolvemos, creamos en el mismo o no, ni en que la vida tiene un propósito, y que un día tendremos que rendir cuentas al Dios y Señor del universo, Juez de todos.

De manera que un concepto miope de la vida, una cosmovisión torcida o falsa de nuestra existencia y nuestro destino eterno, un mapa equivocado de la realidad, sólo se pueden corregir mediante el conocimiento de la Biblia, que es la Palabra de Dios, donde encontramos todas las verdades y principios fundamentales para vivir nuestra vida según el propósito para el que Dios la ha creado. Todo esto comienza con el reconocimiento de que necesitamos a Dios y que Él ha provisto un remedio para el problema del pecado en nuestra vida, a saber: su Hijo Jesucristo, quien fue enviado por el Padre a este mundo para que muriera en sacrificio por nuestros pecados. Cristo vino para ser nuestro substituto en la cruz, para morir en nuestro lugar, para pagar la deuda que teníamos con Dios y no podíamos costear por esfuerzo propio.

Cuando creemos esto y lo aceptamos de corazón, entonces principia una nueva vida: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Aquí comienza el cambio de nuestra perspectiva de la vida. En este punto se inicia la clara comprensión de la cosmovisión cristiana, y empezamos a ver la vida y el mundo que nos rodea tal y como Dios los ve. Entonces sabremos a ciencia cierta de dónde hemos venido, qué ha ido mal en el mundo, cuál es el remedio, y el propósito por el cual Dios nos ha puesto en esta tierra. No existe nada más importante que esto en la vida.  

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor  

 

 

 

 


El auténtico intelectual y la fe en Dios

febrero 24, 2009

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            J. J. Rousseau                                C.S. Lewis

¿Se puede ser un auténtico intelectual y a su vez tener fe en Dios? También cabe la pregunta, ¿se puede ser un verdadero intelectual y al mismo tiempo ser ateo? Aunque la palabra “intelectual” en la actualidad tiene connotaciones peyorativas, es preciso que primero definamos en términos sencillos y al menos en el sentido más amplio del vocablo quién es un intelectual. El diccionario de la Real Academia Española define a un intelectual como aquel que se ha “dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras”. En el antiguo Diccionario Webster Ilustrado leemos que un intelectual es aquel que “posee un elevado grado de inteligencia y entendimiento”. En la actualidad abundan los diccionarios en línea. Uno de los más conocidos, WordReference.com, aporta la siguiente definición de intelectual: “Que realiza actividades que requieren preferentemente el empleo de las facultades del intelecto”.  Según la edición en español (Siglo XXI, México, febrero de 2001), del Diccionario de Política de Bobbio, Matteucci y Pasquino, los intelectuales son “artistas, investigadores, científicos y, en general, los que han adquirido, con el ejercicio de la cultura, una autoridad y un influjo en las discusiones públicas”. Según el escritor cubano Carlos Alberto Montaner, un intelectual es “alguien que se aproxima a la realidad desde el mundo de las ideas”. Otra definición añade que un “intelectual es aquel que está enamorado de la sabiduría y anda siempre en busca de la verdad”.

Aunque las definiciones anteriores son incompletas –en particular las de los diccionarios, que son tan generales que ayudan poco–, y el intelectual escapa a una definición concreta y restrictiva, las mismas arrojan alguna luz sobre el significado del vocablo. Tomándolas en conjunto, podemos afirmar que un intelectual es la persona que consagra una porción substancial de su vida al estudio y la reflexión crítica y equilibrada sobre la realidad y el mundo en que la ha tocado vivir. Por eso estimamos que ningún ateo puede ser un auténtico intelectual; en el mejor de los casos se trata de un intelectual incompleto o truncado, porque aparte de Dios no hay verdadero conocimiento ni reflexión crítica y equilibrada sobre la realidad ni sobre nada.

Cuando se descarta a Dios, la sabiduría humana no sólo es incompleta sino en extremo engañosa. A la persona que busca sabiduría prescindiendo de Dios, puede ocurrirle lo que dice la Biblia: que siempre está aprendiendo, pero nunca llega al conocimiento de la verdad; o se envanece en sus propios razonamientos, y profesando ser sabio, no hace otra cosa que convertirse en necio. Porque es imposible ser sabio prescindiendo de Dios. El que desecha a Dios tiene, en el mejor de los casos, una perspectiva muy limitada y defectuosa de la realidad, de la vida en general y del ser humano en particular. Y al desechar a Dios, desprecia la sabiduría por excelencia y eterna, se pierde en el laberinto de los conocimientos humanos y se convierte en sabio según su propia opinión.

Antiguamente el intelectual era el sacerdote o el ministro religioso. A partir del siglo dieciocho, con Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), considerado uno de los escritores más influyentes de todos los tiempos, quien a su vez era un desequilibrado mental con delirio de persecución, y un mentiroso patológico, convencido de su absoluta rectitud moral, comenzaron a surgir los intelectuales modernos y laicos, entre los que ha habido creyentes en el Dios verdadero, agnósticos y ateos. Según el historiador británico Paul Johnson, en su libro titulado Intelectuales,  “por primera vez en la historia humana, y con confianza y audacia creciente, estos hombres afirmaban que podían diagnosticar los males de la sociedad, y curarlos, usando sólo sus propios intelectos”. Estos “nuevos intelectuales laicos”, afirma Johnson, desde entonces “han sometido con deleite a la religión y a sus protagonistas al escrutinio crítico”. (Es incomprensible cómo los intelectuales le han prestado tanta atención durante más de dos siglos a las ideas incongruentes y contradictorias del sagaz e infame de Rousseau. Sólo la credulidad y la ceguera humanas pueden explicar al menos en parte este fenómeno.  En el libro ya citado, Johnson señala que “todo esto es muy desconcertante y sugiere que los intelectuales son tan poco razonables, tan ilógicos y tan supersticiosos como cualquiera. La verdad parece ser que Rousseau fue un escritor de genio, pero irremediablemente desequilibrado tanto en su vida como en sus ideas”.) Además de lo antes dicho, debe tenerse presente que la intransigencia y el extremismo fueron características distintivas de casi todos los intelectuales más influyentes de las dos últimas centurias, como Rousseau, Shelley, Marx, Ibsen, Tolstoi, Brecht, Russell, Sartre,  Gollancz y Hemingway, para mencionar sólo a algunos de los más conocidos.

 

A pesar de que hay diversidad de ideologías entre la intelectualidad y no existen criterios de objetividad absoluta para reconocer a una persona como intelectual, consideramos que un “intelectual ateo” es en gran medida un oxímoron, una contradictio in terminis, aun teniendo en cuenta el alto grado de secularización y hostilidad hacia el cristianismo del mundo actual. El auténtico intelectual busca la verdad sobre todas las cosas, aunque el descubrimiento de la misma le obligue a menudo a cambiar de parecer. Ciertamente, como en una de las definiciones ya citadas, el intelectual está enamorado de la sabiduría: una sabiduría que incluye sin lugar a dudas la palabra de Dios. Esta búsqueda invariablemente conducirá de regreso a Dios, porque el principio de la auténtica sabiduría “es el temor de Jehová” (Proverbios 1:7). Además, el auténtico intelectual, aunque casi siempre es opinionado y crítico, no es sabio en su propia opinión ni soberbio, pues esto es característico del ignorante, no del genuino intelectual, del necio, no del sabio.

 

El auténtico intelectual tiene una mente abierta ante las distintas interpretaciones de la realidad, sin embargo posee discernimiento y sabiduría desarrollados y refinados por un profundo conocimiento de la palabra de Dios, los cuales le permiten con convicción y denuedo, en base a los principios expuestos en la palabra de Dios y a una percepción correcta de la realidad, intentar guiar a la sociedad y por ende contribuir de alguna manera a la transformación del mundo para bien. Aunque, a decir verdad, en el mundo actual este papel tradicional y un tanto mesiánico del intelectual ya ha pasado a la historia. Su rol actual no es tan determinante como quizás lo fue en otras épocas. Además, el auténtico intelectual jamás pierde de vista que Dios existe, está presente y se mantiene muy al tanto de todo lo que ocurre en este mundo que Él creó, a pesar de que los falsos intelectuales modernos quieran de un plumazo hacerlo desaparecer.

 

El verdadero intelectual es tolerante con las ideas ajenas, aunque discrepe de las mismas. El escritor cubano Jorge Mañach, en su ensayo titulado La crisis de la cultura en Cuba, con mucho acierto afirma: “El intelectual que se pique definitivamente con un juicio adverso al punto de acibarar su antigua simpatía, no tiene de “intelectual” sino el ribete, pues aun estará por florecer en él la devoción esencial de todo espíritu culto, que es el amor a la verdad, y en todo caso, al respeto de la civil opinión ajena”. Sin embargo, pese a que el auténtico intelectual debe ser tolerante con las ideas ajenas y a su vez ser consciente de sus flaquezas y tener presente sus limitaciones y lagunas de conocimientos, existe una debilidad humana universal y perenne que los amenaza constantemente, no sólo a ellos, sino también al resto de la humanidad, a saber: no creer la verdad y darle crédito a la mentira. Y la mentira a menudo es difícil de descubrir, porque cabalga sobre los lomos de la verdad.

 

Para concluir, citamos como ejemplo de auténtico intelectual a Clive Staples Lewis, nacido en Belfast, Irlanda en 1898. C.S. Lewis fue profesor de Literatura Medieval y Renacentista en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y ha sido uno de los grandes intelectuales de todos los tiempos. El maestro apologista fue autor de Las Crónicas de Narnia, Cartas del diablo a su sobrino, Trilogía cósmica, Mero cristianismo, La abolición del hombre, El problema del dolor, Los cuatro amores y muchas otras conocidas e influyentes obras literarias a nivel mundial. Se convirtió al cristianismo en 1931 y se hizo miembro de la Iglesia de Inglaterra (Anglicana). El propio Lewis señala su amistad con el escritor británico J.R.R. Tolkien (El señor de los anillos) y los escritos de G.K. Chesterton como influencias definitivas en su conversión.

 

Por supuesto, estamos hablando de “auténticos intelectuales”, y de estos, desafortunadamente, ha habido muy pocos en el mundo.

 

Guido F. Castellanos

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La teoría darwiniana de la evolución: ¿auténtica ciencia o hipótesis fallida?

febrero 14, 2009

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 Darwin y la teoría de la evolución (breve análisis)

“Ciertamente hay quienes sostienen que el universo evolucionó a través de un proceso al azar, pero, ¿qué proceso al azar podría producir el cerebro del hombre o el sistema del ojo humano?”.  Wernher von Braun, fundador del programa espacial de la NASA

 

La “gente de derecha” en Estados Unidos, como la denomina Álvaro Vargas Llosa en su artículo titulado Darwin y la derecha, publicado en El Diario Las Américas el 12 de febrero pasado, no menosprecia a Darwin porque lo crea un icono de la izquierda, que de hecho lo ha sido ( el darwinismo ha sido devastador para el mundo por el mensaje fundamental que comunica, las nefandas filosofías que ha engendrado y por los desastrosos efectos que ha tenido dondequiera que se ha arraigado), sino que rechaza sus absurdas teorías de la evolución orgánica porque carecen de auténtica evidencia científica que las sustenten; asimismo constituyen una versión depurada de la mentalidad científica del siglo dieciséis, la cual sustentaba el concepto de la refutada y desacreditada generación espontánea. Además, son irreconciliables con las enseñanzas bíblicas relacionadas con el origen del universo y de la humanidad. A las fallidas teorías de  Darwin no se les puede dar una “segunda oportunidad”, como algunos piden que se les dé, porque para esto es preciso renunciar a las creencias y principios cristianos provenientes de la Palabra de Dios, los cuales constituyen el fundamento inconmovible de nuestras vidas y de la propia sociedad libre y democrática en que aún vivimos. 

Muchos teólogos católicos y de otras denominaciones han abandonado la hermenéutica y prefieren la conveniente interpretación simbólica de la Biblia, lo que deja espacio para acomodar la hipótesis de la evolución. El propio Papa Juan Pablo II publicó una declaración en la que aseveraba que los nuevos conocimientos revelaban que la evolución era “más que sólo una hipótesis”, pero no dio a conocer cuáles eran los nuevos conocimientos a que se refería, ni por qué las milenarias verdades bíblicas relacionadas con el origen del universo y del ser humano habían perdido su validez.

Es lamentable y a su vez vergonzoso que la Iglesia de Inglaterra se haya apartado de la verdad que había creído y proclamado durante siglos al pedirle  disculpas innecesarias e inmerecidas a Carlos Darwin en una carta escrita en el 2008, por haber rechazado en el pasado sus teorías sobre el origen de las especies y del hombre. Con esto, rechazaron el verdadero Evangelio de Cristo, porque la aceptación de una teoría que niega la creación directa y literal de Dios y el pecado original de Adán, es la negación de la eficacia de la obra de Cristo en la cruz. Porque si Dios no creó al ser humano, no hay pecado original, por lo tanto, queda eliminada la necesidad de un Redentor que viene al mundo para rescatar al hombre de las consecuencias del pecado y a concederle la oportunidad del perdón, reconciliarse con Dios y recibir la vida eterna. Al negar esto, la iglesia renuncia a su auténtica razón de ser, a su misión en este mundo.

Carlos Darwin perdió la fe en Dios mucho antes de que se publicara, en 1859, su controvertida obra titulada El origen de las especies. Esto ocurrió, en primer lugar, porque Darwin no podía tolerar la enseñanza cristiana (bíblica) de la condenación eterna. En segundo lugar, se sabe que Darwin padeció enormemente por la muerte de Annie, su hija de diez años. En el caso de Darwin, el abandono de la fe cristiana bien pudo haber sido consecuencia directa de haberse negado a “perdonar” a Dios por la pérdida de su pequeña hija, y de no aceptar sus designios, dos actitudes que luego pueden haberse convertido en un puño de resentimiento y venganza levantado contra Dios mediante su labor científica y sus escritos.

Con la teorías expuestas por Carlos Darwin en El origen de las especies y El origen del hombre, se ha intentado desacreditar el relato bíblico de la creación o, como desdeñosamente lo llama Vicente Echerri en su artículo titulado Doscientos años de Darwin, publicado el pasado 12 de febrero en El Nuevo Herald, “mitos del Edén y visiones de beduinos de hace tres mil años”. No obstante, durante los 150 años transcurridos desde la publicación de la hipótesis darwiniana, no se ha podido probar la veracidad de su teoría. La geología, la paleontología y sobre todo la genética, no han corroborado la teoría de Darwin en modo alguno. Por el contrario, la han desacreditado. 

 

Falsas evidencias

¿Qué evidencias científicas existen de que el hombre desciende de algún primate? Ninguna. Por ejemplo, el Hombre de Piltdown, cuyos restos supuestamente fueron hallados en 1912 en Piltdown, Sussex, Inglaterra, por Charles Dawson, un paleontólogo aficionado, fue construido partiendo de la mandíbula de un antropoide moderno y de un cráneo humano fosilizado. Los paleontólogos del Museo Británico concluyeron que los restos del Hombre de Piltdown tenían quinientos mil años. En 1956 se descubrió el engaño. La revista  Selecciones del Reader’s Digest publicó un artículo abreviado del Popular Science Monthly, titulado “The Great Piltdown Hoax” (El gran engaño de Piltdown). Utilizaron el nuevo método para fechar huesos mediante la absorción de fluoruro y descubrieron que los huesos de Piltdown eran fraudulentos. Las nuevas investigaciones revelaron que la mandíbula pertenecía a un primate que había muerto hacía sólo 50 años. Los dientes habían sido limados. Además, tanto a dientes como a  huesos se les había aplicado bicromato de potasa para descolorarlos y ocultar su auténtica identidad. 

Y como éste hay considerables ejemplos de supuestos eslabones hallados, que resultaron ser fraudulentos, como el Hombre de Neandertal, que no eran más que los restos de un ser humano que había padecido de osteoartritis y raquitismo; y el Hombre–Mono de Java (Pithecanthropus erectus) u hombre mono-erecto, descubierto en 1891 por el evolucionista Eugene Dubois. Se trataba de una pequeña porción de la parte superior del cráneo, un fragmento del fémur y tres molares. Los restos fueron hallados en un área de más de 21 metros, en el transcurso de un año y en el antiguo lecho de un río, mezclados con huesos de animales extintos. Se reunieron 24 científicos europeos para estudiar el hallazgo: 10 de ellos indicaron que los restos provenían de un mono; 7 afirmaron que eran de un hombre; y 7 concluyeron que pertenecían a un eslabón que ya no estaba perdido. La controversia y la división imperaron. El prestigioso profesor Virchow, de Berlín, dijo: “No hay evidencia alguna de que estos huesos hayan formado parte de la misma criatura”.  Más tarde el mismo doctor Dobois cambió de parecer. Concluyó que se trataba de los restos de algún tipo de gibón. A pesar de lo antes dicho, las exhibiciones en museos y los dogmáticos libros de texto universitarios no contienen información en torno a la naturaleza equívoca del Hombre-Mono de Java. Su naturaleza cuestionable, al igual que la de la evolución del hombre, se ignora convenientemente o se oculta tras la máscara de los cacareados  “hechos científicos” de la evolución.

En  este punto es necesario señalar que hace mucho tiempo que los datos empíricos tienen muy poca importancia para la ciencia moderna (que excluye al Diseñador y Creador), sobre todo si los mismos tienden a desacreditar la teoría de la evolución. En la ciencia moderna predomina la teoría sobre los datos. Los evolucionistas interpretan los datos recopilados en términos del paradigma científico prevaleciente. En la actualidad la evolución es el paradigma que predomina y éste es en alto grado inmune a la influencia de los datos empíricos.

 

 Una teoría imposible de probar

La teoría de la evolución sigue siendo una teoría, porque es imposible probar científicamente cualquier hipótesis relativa a los orígenes. Lo único que ha podido verse a todas luces, referente al origen de las especies, es que la propia teoría de la evolución, no las especies, ha evolucionado continuamente, durante la relativa brevedad de su existencia. De manera que no existen discrepancias entre la fe y la verdadera ciencia, porque la teoría de la evolución no es verdadera ciencia comprobada ni comprobable, sino simplemente una hipótesis imposible de probar científicamente, puesto que es imposible observar el origen del universo y realizar experimentos en relación con el mismo. ¿En qué hechos está basada la evolución? En convicción religiosa tal vez, más no en hechos científicos, pues es necesario tener muchísima más fe para creer en la teoría de la evolución que en la declaración bíblica de que Dios creó el universo y todo lo que existe. Si creemos que Dios es Dios, ¿por qué pensamos que hay algo imposible para Él?

El biólogo británico L. Harrison Matthews, en el prefacio de El Origen de las especies de Darwin, edición de 1971, dice: “La evolución es la columna fundamental de la biología; por esa razón la biología está en la particular posición de ser una ciencia fundamentada en una teoría no probada- ¿es entonces ciencia o fe? En este sentido, creer en la teoría de la evolución es exactamente paralelo a creer en la creación- ambos son conceptos cuyos seguidores saben que son verdad, pero ninguno, hasta el momento, ha podido ser probado”.

La teoría de la evolución, después de 38 años de haberse escrito lo anterior, sigue sin ser probada. Por lo tanto, sólo puede ser clasificada como creencia, como filosofía subjetiva de orígenes, y de hecho como la auténtica religión de muchos científicos. Los científicos pueden teorizar tocante al pasado y el futuro, sin embargo sólo el presente puede ser observado. De manera que es falso el concepto generalizado de que la evolución ha sido comprobada científicamente. Durante décadas se ha enseñado en todo el mundo la teoría de la generación espontánea (que la vida proviene de la materia no viviente), a pesar de que esta hipótesis hace tiempo fue desacreditada científicamente por Pasteur, Redi y Spallanzani, quienes demostraron que la vida proviene únicamente de vida pre-existente.

Nos preguntamos, ¿por qué es generalmente aceptada como hecho comprobado una teoría de orígenes desprovista de evidencias científicas reales? La respuesta es obvia: porque la creación especial efectuada por un Dios todopoderoso y eterno es enteramente inaceptable para los científicos ateos y agnósticos. Vale la pena citar lo escrito por George Wald, ganador en 1967 del Premio Nobel de la Paz en el terreno de la ciencia:

“En cuanto al origen de las vida en esta tierra, sólo hay dos posibilidades: creación o generación espontánea (evolución). No hay una tercera forma. La generación espontánea fue refutada hace 100 años, pero eso nos lleva únicamente a otra conclusión: la creación sobrenatural. Esta no podemos aceptarla por razones filosóficas (motivos personales); por tanto, escogemos creer lo imposible: que la vida surgió espontáneamente por casualidad”.

 

Científicos que rechazan la teoría de la evolución

A pesar de esto, no todos los científicos son evolucionistas ateos. Sabemos que numerosos pioneros de la ciencia fueron cristianos devotos que creían en el relato bíblico de la creación, como Luis Pasteur, Isaac Newton, Robert Boyle, Michael Faraday, Lord Kelvin, James Maxwell y Samuel Morse, para citar sólo algunos de lo más conocidos. Y cada día se suman más nombres a la larga lista de científicos que rechazan la evolución y creen en la creación especial.

Ahora surge una pregunta: ¿Por qué es tan importante lo que una persona cree tocante al origen del universo y a su propio origen? Porque lo que una persona cree siempre determina su estilo de vida y, sobre todo, su destino eterno.  Si la evolución es cierta, la vida carece de propósito, de manera que vivamos la vida como mejor nos parezca, porque mañana moriremos y ahí concluirá nuestra existencia. No obstante, si Dios nos creó, la vida no sólo tiene significado sino un propósito eterno. Entonces, lejos de ser un accidente evolutivo, el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, se convierte en la corona de la creación (Génesis 1:26-27).

Aquellos que rechazan y ridiculizan el relato bíblico de la creación y tienen por ignorantes, supersticiosos, anticuados o  “derechistas intransigentes” a los creyentes en Cristo que nos negamos a aceptar una hipótesis de orígenes popular pero fallida, y aceptan por conveniencia moral o arrogancia intelectual la teoría de la evolución como verdad comprobada e irrebatible, es preciso que sepan que el propio peso acumulativo de los hechos científicos y bíblicos ha desacreditado el fraude insostenible y pernicioso de la teoría de la evolución.

Guido F. Castellanos

 Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor