¿Quién creó a Dios?

mayo 18, 2009

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El que no cree en Dios buscará explicaciones que concuerden con sus preconceptos.

Esta pregunta, formulada por un niño, es comprensible y hasta encomiable. Sin embargo, cualquier adulto que se atreva a preguntar quién creó a Dios—como últimamente lo han hecho algunos jóvenes universitarios queriéndoselas dar de sagaces y originales—, en la mayoría de los casos no hace más que manifestar a todas luces su puerilidad e ignorancia o su intento de formular una pregunta capciosa que a fin de cuentas no lo es. La respuesta es tan obvia que se cae del árbol. Nuestra mente no puede comprender realmente el concepto de un Dios eterno, quien no fue creado por nadie —porque de otra forma no sería Dios— y que existe independientemente del universo que Él creó. Poseemos mentes finitas, sujetas a la estructura de un universo constituido por el espacio-tiempo-materia en el que funcionan. Nuestras mentes carecen de la capacidad para comprender el infinito y la eternidad fuera de los límites del espacio y el tiempo o anterior a los mismos. No obstante lo dicho, lo que no podemos comprender, podemos creerlo.

En ocasiones me han preguntado si creo en el relato bíblico de la creación literal de Adán y Eva, en el nacimiento virginal de Cristo y en su resurrección, y en los milagros. Cuando me hacen preguntas semejantes, después de responder que sí,  lo primero que hago es averiguar si mi interrogador alguna vez ha leído la Biblia en su totalidad. Muy pocas veces me veo obligado a formular la segunda pregunta: ¿cuántas veces la ha leído?, porque la mayoría de los que formulan estas preguntas jamás ha leído la Biblia. Sólo el mentecato se atreve a juzgar un libro que jamás ha leído. Dicho esto, debe quedar claro que a la Biblia, al igual que a los leones, no hace falta defenderla: sólo basta con abrirle la jaula.

Venimos a este mundo no sabiendo nada. Sin embargo al llegar a la adolescencia muchos piensan que lo saben todo. A menudo es necesario que transcurran veinte o treinta años antes de que comprendan lo poco que realmente  saben. No obstante estos jóvenes, envalentonados en parte por la distante proximidad (esto es un oxímoron) y el anonimato que proporciona la Internet y también, no cabe duda, por la ignorancia, que a menudo es tan atrevida que aquel que la padece confunde la astucia con la  sabiduría y la temeridad con el valor, equivocadamente concluyen que el campo de juego es parejo para todos. Pero lo que no se les acaba de meter en el caletre es que, aun suponiendo que el campo fuese parejo para todos, los más talentosos y experimentados son los que  siguen saliendo al campo de juego regularmente; los demás continuarán, en el mejor de los casos, jugando en las ligas menores y esperando su turno (si es que llega algún día) o seguirán siendo espectadores, aunque se autoengañen pensando que  son capaces de batirse téte a téte con los versados en cualquier materia que a ellos se les antoje discutir, haciendo alarde de su ignorancia. Bien ha dicho Jorge Mañach que “es siempre posible que cualquier “chisgarabís” (mequetrefe) se crea con derecho a discutir los pareceres del especialista más autorizado, y que el talento o la larga dedicación se hallen un poco a la merced del primer bufo que les salga al paso, a veces con una pluma en la mano”. Y en la actualidad este fenómeno ha adquirido proporciones epidémicas, porque cuando Mañach escribió esto, no existía la Internet. Por eso no nos asombra que estos jóvenes que niegan a Dios y formulan preguntas como la que encabeza este artículo, sean los mismos que creen en los mitos modernos, como los logros de la revolución cubana, el Che Guevara, el calentamiento global provocado por el ser humano, y otros por el estilo, y ni siquiera se molestan en comprobar, buscando en esa Internet que tanto usan, si lo que creen es cierto o pura ficción. Por lo antes dicho es conveniente recordar siempre la sabiduría del viejo refrán: “Quien con perros se echa, con pulgas se levanta”. Y otro de parecido significado: “El que con niños se acuesta, mojado se levanta”.

El corazón entendido busca sabiduría: mas la boca de los necios se alimenta de necedades (Proverbios 15:14).

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.

 


El ateísmo: peligroso juego de ruleta rusa con el alma

marzo 21, 2009

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                   Abraham e Isaac, Rembrandt van Rijn

 

Nunca he encontrado un hombre verdaderamente pensador que no creyera en Dios.  

Robert A. Millikan, físico norteamericano

 

 En términos sencillos, ¿qué significa la palabra ateo? ¿Qué cree o no cree un ateo?

 Ateo, en el sentido más amplio de la palabra, es aquel que niega a Dios y vive como si Él no existiera. El vocablo ateo proviene del prefijo griego a (sin o no) y el sustantivo Teos (Dios). El ateo cree que hay pruebas de que Dios no existe. De manera que el mundo,  el universo y todo lo que existe puede explicarse mediante el naturalismo y no a través del súpernaturalismo o la creación especial. El ateo acepta el materialismo como filosofía de vida, y está convencido de que toda creencia, evidencia religiosa y la fe son falsas.

Hay ateos que prefieren que se les llame ateístas o no teístas en vez de ateos, puesto que el vocablo ateo ha tenido históricamente un significado peyorativo.

¿Cuáles son las principales diferencias entre el ateo, el agnóstico y el escéptico?

El agnóstico (del griego a (sin o no) y el sustantivo gnosis (conocimiento, generalmente empírico) cree que no existe suficiente evidencia para probar o descartar la existencia de Dios. Y el escéptico ni afirma ni niega la existencia de Dios. Tampoco niega que sea imposible saber, sin embargo, lo cuestiona todo.

 

¿Qué dice la Biblia sobre el ateo?

No mucho. Pero lo que declara es en extremo significativo y devastador: “Dice el necio en su corazón: no hay Dios” (Salmos 14:1; 53:1). El Dios de La Biblia concibe el ateísmo como idolatría, porque en el sitio que debía corresponderle a Dios queda un vacío que luego ocupa un ídolo, ya sea el ego, otra persona, una profesión, la imagen de un ser humano o de un animal, o cualquier otra cosa. Y a la idolatría sí se le dedica considerable espacio en la palabra de Dios. El ateo entonces, como hemos dicho en anterior artículo, no es tanto aquel que no cree en la existencia de Dios, sino la persona que quiere a Dios fuera de su vida para luego entronizar a un ídolo. Y un ídolo es cualquier persona o cosa que desaloja a Dios de la preeminencia en nuestra vida. “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (Ro. 1:21-23).  

                                                                                                                

Por otra parte, La Biblia enseña que el principio de la sabiduría es el temor de Dios (Salmos 111:10). La sabiduría va mucho más allá de la acumulación de conocimientos: es la capacidad dada por Dios para utilizar correcta y oportunamente nuestros conocimientos y las experiencias de la vida. El verdadero sabio respeta a Dios y tiene siempre presente los principios expuestos en La Biblia, los cuales rigen su vida. Y dije principios divinos, no reglas y mandamientos de hombres, porque los primeros liberan, los últimos esclavizan.

En este punto es necesario señalar que, de todas las libertades, sin duda la más valiosa es la espiritual. El mismo Jesucristo dijo: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. “Así que si el hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:31, 36). Es esencial comprender que el auténtico cristianismo es una relación personal con Cristo y es a su vez un sistema total de vida que nos permite ver el mundo en que vivimos como realmente es, a la vez que nos enseña a vivir según las leyes y los principios morales establecidos por Dios.

 

¿Constituye el ateísmo una muestra de individualidad e inteligencia, o se arriesga innecesariamente todo el que niega la existencia de Dios?

 

No es muestra de ninguna de las dos. El ateísmo es, en la práctica, un juego de ruleta rusa con el alma. Es necesario señalar que resulta muchísimo menos arriesgado y considerablemente más inteligente tener fe en Dios, en su existencia, que no tenerla. La postura del ateo es una especie de intransigencia, de estulticia (a la que ya dije que la Biblia llama necedad: “Dice el necio en su corazón: no hay Dios”, o más bien: “no, Dios”. Salmos 14:1), la decisión descabellada de jugar a la ruleta rusa con su alma. Sólo los tontos, los faltos de entendimiento, o los desquiciados juegan a la ruleta rusa con un revólver y una bala real. El ateísmo es una necedad, una estupidez, una ruleta rusa infinitamente más peligrosa, porque lo que está en juego es el destino eterno del que la practica. Porque si Dios no existe, el creyente no tiene nada que perder. No obstante, si Dios existe, todo aquel que se ha negado en vida a creen en Él, lo perderá todo. Cristo mismo dijo: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?” (Mateo 16:26).

 

Viene al caso un corito, sencillo pero con un mensaje muy profundo, que frecuentemente cantamos en la iglesia:

 

Perder los bienes es mucho,

Perder la salud es más.

Perder el alma es pérdida tal

Que no se recobra jamás.

 

 

¿Qué lugar ocupa en la ciencia moderna la creencia en un Dios creador del universo?

 

Ninguno. La ciencia moderna fue concebida para que excluyera a un Diseñador y Creador. Está fundamentada en el ateísmo filosófico, en el naturalismo y en el materialismo, es decir, en las doctrinas que enseñan que la realidad natural y material es la única que existe, que la naturaleza es todo lo que hay y que la realidad material es la única realidad.

 

Sin embargo, ni la realidad material ni la verdad científica constituyen toda la verdad. Hay infinidad de verdades y de realidades que están más allá de la razón. El naturalismo y el materialismo no son conclusiones científicas, sino proposiciones o premisas. En otros términos, son artículos de fe. No obstante, la fe en Dios busca una ruta que ha sido vedada para la razón, y prosigue cuando la razón no encuentra más derroteros. El verdadero creyente en Dios jamás acepta la fe “a ciegas”, como equivocadamente suponen muchos incrédulos, sino con “los ojos bien abiertos”. La fe, a pesar de que pisa sobre el abismo, siempre encuentra la roca debajo. 

En el libro titulado The Creation-Evolution Controversy ((La controversia entre la creación y la evolución), Randy L. Wysong, profesor de anatomía humana y fisiología, afirma: “Se puede concebir la evolución como un tipo de religión mágica. La magia es simplemente un resultado sin causa, al menos sin una causa competente. “La casualidad”, “el tiempo” y “la naturaleza” son los tres dioses venerados en los templos evolucionistas. Sin embargo, estos dioses no pueden explicar el origen de la vida: son dioses impotentes. De este modo, la evolución queda sin causa competente y, por ende, es sólo una explicación mágica de la existencia de la vida”.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor

 

 


El ateísmo y el humanismo secular ante la muerte

marzo 16, 2009

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Las tres cruces,  Rembrandt Van Rijn

 

 

Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón (Jeremías 29:13). 

 

El ateísmo y el humanismo secular no proporcionanni pueden proporcionarrespuestas ni medianamente satisfactorias para las preguntas fundamentales de la vida: ¿De dónde venimos y quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué ha marchado mal en este mundo? ¿Qué podemos hacer para arreglarlo?

 ¿Por qué? Porque la cruz de Cristo es lo único que nos permite hallarle sentido a nuestra existencia. La obra de Cristo en la cruz provee respuestas inequívocas y concluyentes para las preguntas fundamentales de la vida. Todo aquel que vive como si Dios no existiera rechaza la obra de Cristo en la cruz. La muerte de Cristo en la cruz es la obra consumada, inmejorable, perfecta, que proporciona genuino significado a todo en la vida. En la cruz todo encuentra su resolución. Los sufrimientos y las injusticias en este mundo carecerían de todo sentido sin Dios y sin la existencia de la vida más allá de la muerte. Sólo si existe un Dios misericordioso y justo, quien ha provisto en Cristo la solución para el dilema de la raza humana, es que hay vida eterna y un cielo para todo creyente en Cristo, y un infierno perpetuo para el  incrédulo. Nuestro apóstol, José Martí, al meditar sobre este asunto, dijo: “Las vida humana sería una invención repugnante y bárbara, si estuviera limitada a la vida en la tierra”. Podemos aliviar el hambre, el temor, la injusticia, y hasta las trágicas consecuencias de la guerra en el mundo, sin embargo, en última instancia, los efectos de la muerte de Cristo en la cruz constituyen la única solución para la condición humana.

 ¿Qué mensaje de consuelo y esperanza puede proveer un ateo a un familiar suyo o a un amigo en su lecho de muerte, o en un velorio a los familiares del finado, si él no cree en Dios ni en la vida después de la muerte? ¿Diría, por ejemplo, ya fulano no está con nosotros, ha desaparecido para siempre, ya nunca más le veremos, si tuvo fe en Dios y en Cristo no le sirvió de nada, porque Dios no existe y Cristo no fue más que un bohemio soñador; ahora sólo le aguardan  la inconsciencia, la nada y el olvido eternos, como los que nos aguardan a nosotros también cuando muramos? Ante la absoluta ausencia de respuestas satisfactorias, no le queda más remedio que guardar silencio, o sentarse en un rincón a dormitar, como los he visto yo, mientras que el ministro abre la palabra de Dios para proporcionar consuelo y esperanza, mediante la muerte y la resurrección de Cristo, a todo el que quiera recibirlos:

“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:1-3, 6).

Es necesario hacer hincapié en que las verdades más importantes y elevadas están disponibles a través de la fe, no de la razón. De otra forma, sólo un grupo de privilegiados a lo largo de la historia de la humanidad, es decir, los más inteligentes-quizás los “brillantes” intelectuales ateos como Rousseau, Shelley, Ibsen, Tolstoi, Hemingway, y otros-, hubiera tenido acceso a la verdad; los demás se quedarían en la ignorancia. La entrada al cielo sería semejante a recibir un premio al mérito de la inteligencia privilegiada. No obstante Dios, en su infinito amor y en su inescrutable sabiduría, ha querido hacer espacio para todo tipo de persona. De manera que el creyente emplea la fe para lograr la entrada al ámbito de la revelación, e ingresa con la esperanza de que la fe saque a la luz verdades que están ocultas para la razón.

 El apóstol Pablo, citando la palabra de Dios en el Antiguo Testamento, dice: Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1 Corintios 1:19-21, 26-29).

Para concluir, es preciso señalar que Dios no se manifiesta a todo el mundo, sino sólo a aquellos que lo buscan de corazón: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13). De manera que ni el ateo ni el agnóstico, ni ninguna persona que rechace al verdadero Dios y a su Hijo Jesucristo, tendrán acceso a las verdades más importantes del universo mientras persista en su rechazo. De ahí que el propósito de la fe, aún en lo que concierne a la salvación, sea el descubrimiento de verdades de vital importancia para el ser humano, las cuales están fuera de nuestro alcance a través de medios puramente naturales.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor