El ateísmo y el humanismo secular ante la muerte

marzo 16, 2009

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Las tres cruces,  Rembrandt Van Rijn

 

 

Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón (Jeremías 29:13). 

 

El ateísmo y el humanismo secular no proporcionanni pueden proporcionarrespuestas ni medianamente satisfactorias para las preguntas fundamentales de la vida: ¿De dónde venimos y quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué ha marchado mal en este mundo? ¿Qué podemos hacer para arreglarlo?

 ¿Por qué? Porque la cruz de Cristo es lo único que nos permite hallarle sentido a nuestra existencia. La obra de Cristo en la cruz provee respuestas inequívocas y concluyentes para las preguntas fundamentales de la vida. Todo aquel que vive como si Dios no existiera rechaza la obra de Cristo en la cruz. La muerte de Cristo en la cruz es la obra consumada, inmejorable, perfecta, que proporciona genuino significado a todo en la vida. En la cruz todo encuentra su resolución. Los sufrimientos y las injusticias en este mundo carecerían de todo sentido sin Dios y sin la existencia de la vida más allá de la muerte. Sólo si existe un Dios misericordioso y justo, quien ha provisto en Cristo la solución para el dilema de la raza humana, es que hay vida eterna y un cielo para todo creyente en Cristo, y un infierno perpetuo para el  incrédulo. Nuestro apóstol, José Martí, al meditar sobre este asunto, dijo: “Las vida humana sería una invención repugnante y bárbara, si estuviera limitada a la vida en la tierra”. Podemos aliviar el hambre, el temor, la injusticia, y hasta las trágicas consecuencias de la guerra en el mundo, sin embargo, en última instancia, los efectos de la muerte de Cristo en la cruz constituyen la única solución para la condición humana.

 ¿Qué mensaje de consuelo y esperanza puede proveer un ateo a un familiar suyo o a un amigo en su lecho de muerte, o en un velorio a los familiares del finado, si él no cree en Dios ni en la vida después de la muerte? ¿Diría, por ejemplo, ya fulano no está con nosotros, ha desaparecido para siempre, ya nunca más le veremos, si tuvo fe en Dios y en Cristo no le sirvió de nada, porque Dios no existe y Cristo no fue más que un bohemio soñador; ahora sólo le aguardan  la inconsciencia, la nada y el olvido eternos, como los que nos aguardan a nosotros también cuando muramos? Ante la absoluta ausencia de respuestas satisfactorias, no le queda más remedio que guardar silencio, o sentarse en un rincón a dormitar, como los he visto yo, mientras que el ministro abre la palabra de Dios para proporcionar consuelo y esperanza, mediante la muerte y la resurrección de Cristo, a todo el que quiera recibirlos:

“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:1-3, 6).

Es necesario hacer hincapié en que las verdades más importantes y elevadas están disponibles a través de la fe, no de la razón. De otra forma, sólo un grupo de privilegiados a lo largo de la historia de la humanidad, es decir, los más inteligentes-quizás los “brillantes” intelectuales ateos como Rousseau, Shelley, Ibsen, Tolstoi, Hemingway, y otros-, hubiera tenido acceso a la verdad; los demás se quedarían en la ignorancia. La entrada al cielo sería semejante a recibir un premio al mérito de la inteligencia privilegiada. No obstante Dios, en su infinito amor y en su inescrutable sabiduría, ha querido hacer espacio para todo tipo de persona. De manera que el creyente emplea la fe para lograr la entrada al ámbito de la revelación, e ingresa con la esperanza de que la fe saque a la luz verdades que están ocultas para la razón.

 El apóstol Pablo, citando la palabra de Dios en el Antiguo Testamento, dice: Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1 Corintios 1:19-21, 26-29).

Para concluir, es preciso señalar que Dios no se manifiesta a todo el mundo, sino sólo a aquellos que lo buscan de corazón: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13). De manera que ni el ateo ni el agnóstico, ni ninguna persona que rechace al verdadero Dios y a su Hijo Jesucristo, tendrán acceso a las verdades más importantes del universo mientras persista en su rechazo. De ahí que el propósito de la fe, aún en lo que concierne a la salvación, sea el descubrimiento de verdades de vital importancia para el ser humano, las cuales están fuera de nuestro alcance a través de medios puramente naturales.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor


El ateísmo: ¿rebelión intelectual o moral?

marzo 9, 2009

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La creencia popular es que el ateísmo es primordialmente una rebelión intelectual. ¿Será esto cierto, o podremos demostrar, sin lugar a dudas, que el ateísmo no es más que una rebelión moral? Veamos. El mayor problema para el ateo no es la invisibilidad de Dios, sino el hecho de que sus leyes y principios morales le resultan intolerables. Toda manifestación de incredulidad en Dios tiene un origen moral. El ateo vive adaptando la verdad a sus deseos, no viceversa. Es decir, que el carretón para ellos va siempre delante de los bueyes.

No cabe duda de que el atractivo perenne del ateísmo radica en que éste da al traste con Dios—al menos el Dios “inflexible” y “severo” del cristianismo—, y libera al ser humano para que el mismo pueda disfrutar irrestrictamente los placeres del pecado y el desenfreno. Es decir que, al deshacerse del juez, el ateo está convencido de que no estará sujeto a un juicio moral, ni en esta vida, ni después de la muerte. Como dice el conocido refrán: muerto el perro, se acabó la rabia.

 La libertad—más bien el libertinaje—sexual es, sin lugar a dudas, el motivo más poderoso para el ateísmo. Una cosmovisión materialista no puede producir otra cosa que una moralidad materialista. De manera que el darwinismo se ha convertido para un sinnúmero de personas en el fundamento de su moralidad. Si el ser humano desciende de los animales y es una mera continuación de los mismos, y no es fruto de una creación especial, como afirman las Escrituras, “a imagen y semejanza de Dios”, entonces, al igual que ellos, carecemos de conciencia moral. De manera que el darwinismo se convierte en un vehículo conveniente y eficaz para liberar al hombre de la restrictiva y asfixiante moralidad tradicional. El ateo puede entonces desentenderse, de una vez y para siempre, de las antiguas ataduras morales y vivir de acuerdo a sus deseos y pasiones naturales.

Todo el que conoce la historia del ateísmo sabe que Julian Huxley, nieto de Tomás H. Huxley, amigo y socio de Darwin, afirmó: “La sensación de alivio espiritual que resulta del rechazo del concepto de Dios como ser sobrenatural es enorme”. Su propio hermano, Aldous Huxley, conocido ateo, dijo: “Yo tenía motivos para no querer que el mundo tuviera significado, por lo que di por sentado que no lo tenía, y pude fácilmente encontrar motivos satisfactorios para apoyar esta suposición. Para mí, sin duda al igual que para la mayoría de mis contemporáneos, la filosofía de la absurdidad era fundamentalmente un instrumento de liberación. Deseábamos liberación de determinado sistema de moralidad, el cual interfería con nuestra libertad sexual” (itálicas del autor).

En el libro titulado Por qué no soy cristiano, Bertran Russell afirmó: “La peor característica de la religión cristiana es su actitud tocante al sexo”. Por eso precisamente es que la mayoría de los ateos contemporáneos han decidido romper con el cristianismo. Denish D’Souza, en su libro titulado What´s  So Great About Chirstianity (Lo grandioso del cristianismo), afirma que “cuando un ateo provee justificaciones detalladas de por qué Dios no existe y por qué la moralidad tradicional es una ilusión, lo más probable es que esté pensando en sus órganos sexuales”.

Éste es precisamente el motivo por el cual muchas personas niegan la existencia de Dios, muy en particular el Dios del cristianismo: para evadir la responsabilidad de rendir cuentas a Dios en la vida venidera. En Romanos 2:6-8 dice: El cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad,  pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia”.

Y en Apocalipsis 21:8 leemos: “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”.

 El ateísmo: un falso refugio

Por lo tanto, el ateísmo es un falso refugio. La Biblia enseña que la muerte no es el fin: nos conduce a la presencia del Señor y Juez del universo, a quien rendiremos cuentas. Muchos procuran evitar a toda costa esta irrevocable comparecencia ante el Juez supremo y, procurando tapar el sol con un dedo, es decir, pretendiendo que Dios no existe, suponen que han anulado su existencia. Es algo así como la promulgación de una ordenanza en una ciudad para abolir la ley de gravedad todos los días entre el medio día y la una de la tarde. ¿Quién será el tonto que se atreverá a lanzarse desde el décimo piso de un edificio hacia la calle a las doce y treinta de la tarde para comprobar la efectividad de la nueva ley? En Juan 3:20 dice: “Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas”.

El ateísmo proporciona un falso refugio para aquellos que se niegan a reconocer que son pecadores y necesitan el perdón de Dios. Porque si Dios no existe, los principios y mandatos suyos en la Biblia, sobre todo cualquier índole de relación sexual fuera del matrimonio, no se convierten en pecados que deben evitarse, sino en incitaciones a las que debemos sucumbir. La reacción de todo el que rechaza a Dios y sus principios morales debe ser, como dice una popular canción de Joan Manuel Serrat, “vencer la tentación sucumbiendo en sus brazos”.

No cabe duda de que muchas personas convenientemente aceptan la declaración nietzscheana de que Dios está muerto. Mas el que está muerto hace más de un siglo es Nietzsche, no Dios. Dinesh D’Souza, en el libro ya citado, tiene razón cuando afirma que “en el plan de Nietzsche, no es enteramente correcto afirmar que Dios ha muerto. Más bien, el ser humano ha matado a Dios con el propósito de obtener la libertad que le permite inventar su propia moralidad”.

Y como que Dios es el origen de la ley moral, su muerte o inexistencia significa que nos hemos quedado sin fundamento ético. Esta falta de fundamento ético permite que el ateo  y todo el que desecha a Dios, evada la culpabilidad, porque su moral es relativa y se define según su conveniencia. Todo el que no cree en Dios buscará explicaciones que concuerden con sus preconceptos. Cada quien se convierte en la autoridad final en lo que a sus principios se refiere. Por eso hemos concluido, sin lugar a dudas, que el ateísmo es fundamentalmente una rebelión moral, no intelectual.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor 

 


El auténtico intelectual y la fe en Dios

febrero 24, 2009

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            J. J. Rousseau                                C.S. Lewis

¿Se puede ser un auténtico intelectual y a su vez tener fe en Dios? También cabe la pregunta, ¿se puede ser un verdadero intelectual y al mismo tiempo ser ateo? Aunque la palabra “intelectual” en la actualidad tiene connotaciones peyorativas, es preciso que primero definamos en términos sencillos y al menos en el sentido más amplio del vocablo quién es un intelectual. El diccionario de la Real Academia Española define a un intelectual como aquel que se ha “dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras”. En el antiguo Diccionario Webster Ilustrado leemos que un intelectual es aquel que “posee un elevado grado de inteligencia y entendimiento”. En la actualidad abundan los diccionarios en línea. Uno de los más conocidos, WordReference.com, aporta la siguiente definición de intelectual: “Que realiza actividades que requieren preferentemente el empleo de las facultades del intelecto”.  Según la edición en español (Siglo XXI, México, febrero de 2001), del Diccionario de Política de Bobbio, Matteucci y Pasquino, los intelectuales son “artistas, investigadores, científicos y, en general, los que han adquirido, con el ejercicio de la cultura, una autoridad y un influjo en las discusiones públicas”. Según el escritor cubano Carlos Alberto Montaner, un intelectual es “alguien que se aproxima a la realidad desde el mundo de las ideas”. Otra definición añade que un “intelectual es aquel que está enamorado de la sabiduría y anda siempre en busca de la verdad”.

Aunque las definiciones anteriores son incompletas –en particular las de los diccionarios, que son tan generales que ayudan poco–, y el intelectual escapa a una definición concreta y restrictiva, las mismas arrojan alguna luz sobre el significado del vocablo. Tomándolas en conjunto, podemos afirmar que un intelectual es la persona que consagra una porción substancial de su vida al estudio y la reflexión crítica y equilibrada sobre la realidad y el mundo en que la ha tocado vivir. Por eso estimamos que ningún ateo puede ser un auténtico intelectual; en el mejor de los casos se trata de un intelectual incompleto o truncado, porque aparte de Dios no hay verdadero conocimiento ni reflexión crítica y equilibrada sobre la realidad ni sobre nada.

Cuando se descarta a Dios, la sabiduría humana no sólo es incompleta sino en extremo engañosa. A la persona que busca sabiduría prescindiendo de Dios, puede ocurrirle lo que dice la Biblia: que siempre está aprendiendo, pero nunca llega al conocimiento de la verdad; o se envanece en sus propios razonamientos, y profesando ser sabio, no hace otra cosa que convertirse en necio. Porque es imposible ser sabio prescindiendo de Dios. El que desecha a Dios tiene, en el mejor de los casos, una perspectiva muy limitada y defectuosa de la realidad, de la vida en general y del ser humano en particular. Y al desechar a Dios, desprecia la sabiduría por excelencia y eterna, se pierde en el laberinto de los conocimientos humanos y se convierte en sabio según su propia opinión.

Antiguamente el intelectual era el sacerdote o el ministro religioso. A partir del siglo dieciocho, con Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), considerado uno de los escritores más influyentes de todos los tiempos, quien a su vez era un desequilibrado mental con delirio de persecución, y un mentiroso patológico, convencido de su absoluta rectitud moral, comenzaron a surgir los intelectuales modernos y laicos, entre los que ha habido creyentes en el Dios verdadero, agnósticos y ateos. Según el historiador británico Paul Johnson, en su libro titulado Intelectuales,  “por primera vez en la historia humana, y con confianza y audacia creciente, estos hombres afirmaban que podían diagnosticar los males de la sociedad, y curarlos, usando sólo sus propios intelectos”. Estos “nuevos intelectuales laicos”, afirma Johnson, desde entonces “han sometido con deleite a la religión y a sus protagonistas al escrutinio crítico”. (Es incomprensible cómo los intelectuales le han prestado tanta atención durante más de dos siglos a las ideas incongruentes y contradictorias del sagaz e infame de Rousseau. Sólo la credulidad y la ceguera humanas pueden explicar al menos en parte este fenómeno.  En el libro ya citado, Johnson señala que “todo esto es muy desconcertante y sugiere que los intelectuales son tan poco razonables, tan ilógicos y tan supersticiosos como cualquiera. La verdad parece ser que Rousseau fue un escritor de genio, pero irremediablemente desequilibrado tanto en su vida como en sus ideas”.) Además de lo antes dicho, debe tenerse presente que la intransigencia y el extremismo fueron características distintivas de casi todos los intelectuales más influyentes de las dos últimas centurias, como Rousseau, Shelley, Marx, Ibsen, Tolstoi, Brecht, Russell, Sartre,  Gollancz y Hemingway, para mencionar sólo a algunos de los más conocidos.

 

A pesar de que hay diversidad de ideologías entre la intelectualidad y no existen criterios de objetividad absoluta para reconocer a una persona como intelectual, consideramos que un “intelectual ateo” es en gran medida un oxímoron, una contradictio in terminis, aun teniendo en cuenta el alto grado de secularización y hostilidad hacia el cristianismo del mundo actual. El auténtico intelectual busca la verdad sobre todas las cosas, aunque el descubrimiento de la misma le obligue a menudo a cambiar de parecer. Ciertamente, como en una de las definiciones ya citadas, el intelectual está enamorado de la sabiduría: una sabiduría que incluye sin lugar a dudas la palabra de Dios. Esta búsqueda invariablemente conducirá de regreso a Dios, porque el principio de la auténtica sabiduría “es el temor de Jehová” (Proverbios 1:7). Además, el auténtico intelectual, aunque casi siempre es opinionado y crítico, no es sabio en su propia opinión ni soberbio, pues esto es característico del ignorante, no del genuino intelectual, del necio, no del sabio.

 

El auténtico intelectual tiene una mente abierta ante las distintas interpretaciones de la realidad, sin embargo posee discernimiento y sabiduría desarrollados y refinados por un profundo conocimiento de la palabra de Dios, los cuales le permiten con convicción y denuedo, en base a los principios expuestos en la palabra de Dios y a una percepción correcta de la realidad, intentar guiar a la sociedad y por ende contribuir de alguna manera a la transformación del mundo para bien. Aunque, a decir verdad, en el mundo actual este papel tradicional y un tanto mesiánico del intelectual ya ha pasado a la historia. Su rol actual no es tan determinante como quizás lo fue en otras épocas. Además, el auténtico intelectual jamás pierde de vista que Dios existe, está presente y se mantiene muy al tanto de todo lo que ocurre en este mundo que Él creó, a pesar de que los falsos intelectuales modernos quieran de un plumazo hacerlo desaparecer.

 

El verdadero intelectual es tolerante con las ideas ajenas, aunque discrepe de las mismas. El escritor cubano Jorge Mañach, en su ensayo titulado La crisis de la cultura en Cuba, con mucho acierto afirma: “El intelectual que se pique definitivamente con un juicio adverso al punto de acibarar su antigua simpatía, no tiene de “intelectual” sino el ribete, pues aun estará por florecer en él la devoción esencial de todo espíritu culto, que es el amor a la verdad, y en todo caso, al respeto de la civil opinión ajena”. Sin embargo, pese a que el auténtico intelectual debe ser tolerante con las ideas ajenas y a su vez ser consciente de sus flaquezas y tener presente sus limitaciones y lagunas de conocimientos, existe una debilidad humana universal y perenne que los amenaza constantemente, no sólo a ellos, sino también al resto de la humanidad, a saber: no creer la verdad y darle crédito a la mentira. Y la mentira a menudo es difícil de descubrir, porque cabalga sobre los lomos de la verdad.

 

Para concluir, citamos como ejemplo de auténtico intelectual a Clive Staples Lewis, nacido en Belfast, Irlanda en 1898. C.S. Lewis fue profesor de Literatura Medieval y Renacentista en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y ha sido uno de los grandes intelectuales de todos los tiempos. El maestro apologista fue autor de Las Crónicas de Narnia, Cartas del diablo a su sobrino, Trilogía cósmica, Mero cristianismo, La abolición del hombre, El problema del dolor, Los cuatro amores y muchas otras conocidas e influyentes obras literarias a nivel mundial. Se convirtió al cristianismo en 1931 y se hizo miembro de la Iglesia de Inglaterra (Anglicana). El propio Lewis señala su amistad con el escritor británico J.R.R. Tolkien (El señor de los anillos) y los escritos de G.K. Chesterton como influencias definitivas en su conversión.

 

Por supuesto, estamos hablando de “auténticos intelectuales”, y de estos, desafortunadamente, ha habido muy pocos en el mundo.

 

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor