El arte y la cultura en la vida del creyente

noviembre 12, 2013

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La mayor parte del arte creado por creyentes en la actualidad es mediocre, en el mejor de los casos. Esta declaración fue válida hace cuarenta años y, lamentablemente, lo sigue siendo en la actualidad. La preeminencia artística de los hijos de Dios en siglos anteriores ha quedado en las páginas de la historia. La literatura escrita por creyentes, en particular la ficción, a menudo carece de calidad, autenticidad y de la rica textura de la vida real. ¿Por qué? Primordialmente, porque sus autores continúan empeñándose en emplear los diversos géneros literarios mayormente como herramienta evangelística para “alcanzar” a aquellas personas que suponen hostiles al evangelio si se valen de otros métodos de acercamiento. En la iglesia y en la vida cotidiana del creyente promedio prevalecen la superficialidad y el sentimentalismo barato, la falta de conocimiento bíblico y de cultura general, y la adicción a la pantalla chica, el actual opio del pueblo. En otros términos, podemos decir sin temor a equivocarnos, que el pueblo de Dios hoy en día es adicto a la mediocridad.

   Por otra parte, la ignorancia a menudo nos impide apreciar, no sólo la importancia, sino también el talento otorgado por Dios y el esfuerzo humano en las artes. Como consecuencia, el creyente se priva de un caudal formidable de enriquecimiento y experiencias culturales.

   El auténtico cristianismo no es una mera subcultura que subsiste aislada en una burbuja eclesiástica.  Se trata de una relación personal con Cristo y a su vez de un sistema total de vida. Jesús es el Señor. ¿Qué significa esto? Significa que es amo de toda nuestra vida y de todo en nuestra vida: cuando nos sentamos a la mesa a comer, cuando practicamos un deporte, cuando escribimos una carta o un relato, cuando leemos; también durante las horas laborales y las de descanso.  Quiere decir, además, que Jesús es Señor del arte y la cultura. Entonces, ¿por qué a menudo cuidamos con esmero y desarrollamos únicamente la vida devocional y eclesiástica y dejamos al garete, como jardín estéril, otros aspectos importantes de la vida, como el intelecto, el lado estético, la cultura? Las artes juegan un papel importante en nuestra comprensión del mundo y no es necesario que sean precisamente tratados evangelísticos, teológicos o devocionales para comunicar o mostrar verdades y seamos enriquecidos como personas. Con demasiada frecuencia el mensaje implícito del cristianismo, incluso de los sermones dominicales, ha sido que un creyente en Cristo no debe convertirse en actor, compositor, pintor o novelista. A menudo nuestro cristianismo fracasa en la capacitación de los creyentes para que jueguen un papel dinámico en la cultura fuera de las puertas de la iglesia. Tenemos propensión a los extremos: o nos aislamos en nuestra burbuja eclesiástica como ascetas posmodernos, o perdemos nuestra identidad permitiendo que la cultura popular se meta en el santuario, dirija nuestros cultos y por ende rija la totalidad de nuestra vida.

   El “consumo” de arte del creyente promedio es casi nulo. Lo peor de todo es que la lectura de ficción, como el consumo de cualquier arte con fines no evangelísticos o devocionales, para muchos creyentes es una pérdida de tiempo. Según los mismos todo lo que necesitamos saber respecto a cualquier asunto de la vida se encuentra en La Biblia. Lo demás es superfluo. Esta lamentable conclusión se basa principalmente en el hecho de que la mayor parte del arte (inclusive el de mejor calidad) lo crean los no creyentes, de manera que exponerse al mismo, deducen, podría perjudicar nuestra salud espiritual.

   El arte tiende a indicar más que a contar. Miguel Hernández, poeta y dramaturgo español, dijo: “El verdadero arte no debe mostrar, sino evocar”. Hay cristianos, inclusive pastores, que creen firmemente que los creyentes deben escribir sólo acerca del cristianismo y principal o exclusivamente para creyentes. Se equivocan los que así piensan. La primordial preocupación del artista no debe ser el pronunciamiento de criterios en torno a la condición humana, ni la elaboración de un comentario acerca de los tiempos. El creyente que desea escribir, no importa cuál sea el género literario que elija, debe hacerlo con percepción divina en lugar de escribir exclusivamente acerca de religión o cristianismo. Además, la lectura de buena literatura no es un simple pasatiempo de mujeres, porque se trata de la historia de la experiencia de la humanidad. La literatura posibilita el acceso a un mundo diferente. El erudito alemán Dietrich Schwanitz, en su excelente libro titulado La cultura, provee una concisa y valiosísima definición de literatura: “La literatura es el arte de escribir la historia en forma de vivencias y experiencias personales”. De manera que si deseamos comprender nuestra propia cultura, no existe mejor herramienta para lograrlo que la literatura. Acerca de la literatura, concretamente sobre la importancia de la novela, Dietrich Schwanitz afirma en el libro antes citado: “En este sentido, la novela es única. Nos ofrece algo imposible en cualquier otro género artístico y en la realidad: ver el mundo desde la perspectiva de otra persona y, al mismo tiempo, observar su experiencia”.

  El arte proporciona la oportunidad de conocer otra manera de ver el mundo. Lamentablemente, pocas personas (incluso creyentes y líderes cristianos) están interesadas en enriquecer su cultura. La persona culta invariablemente se distingue por la avidez de instruirse y la sed de saber. Y estas dos cualidades las he visto brillar por su ausencia, tanto en la iglesia como fuera de la misma. La persona culta, además de la Biblia, conoce las grandes obras literarias. Quien no las conoce, no es culto. No obstante, hay quienes piensan que sólo con respirar el aire de una biblioteca, en la que casi nunca entran, o el de una librería, donde entran poco (hoy menos aún, porque las librarías tradicionales están desapareciendo), pero nunca en busca de buena literatura, se les pega el conocimiento que contienen sus libros. Quizá algunos de ellos, como dijera el novelista uruguayo Juan Carlos Onetti, no son cultos pero están enterados. La mayoría, lamentablemente, ni siquiera esto.

   El cine forma parte de la cultura actual. Hay mucho que aprender y disfrutar del buen cine. Y no es necesario convertirse en cinéfilo para apreciar la riqueza filmográfica universal que tenemos a nuestra disposición. La persona culta no tiene por qué ocultarle a nadie sus conocimientos del séptimo arte. Sin embargo, la cultura no se despliega como si fuera una bandera. Por eso la persona verdaderamente culta no hará ostentación de la misma. La cultura es como la humildad: si la tienes no la ostentas; si la ostentas, no la tienes. No se es culto para que los demás nos aplaudan.

   En lo que a la lectura de buena literatura se refiere, la iglesia es con demasiada frecuencia predio desolado e infecundo. En mi artículo titulado Televisión y decadencia, publicado en El Nuevo Herald el 22 de mayo de 2011, dije que “el mundo está dividido en dos grupos: los que leen y los que no leen. Desafortunadamente, los que leen son una minoría”. A continuación cito íntegramente uno de los párrafos de mi referido artículo, porque viene al caso:

    “El mercado de los libros está en crisis. En Estados Unidos, el decreciente número de librerías en este panorama sombrío continúa librando una valiente batalla para impedir, o al menos retardar, su desaparición. El aumento de la venta de libros electrónicos a nivel mundial y el fácil acceso a las librerías en línea, han agudizado esta crisis, pero no la han causado. Según las estadísticas, la verdad incuestionable es que cada día se venden menos libros y periódicos. El público en su mayoría no recurre a los periódicos y a los libros para informarse e ilustrarse, sino a la televisión y a Internet”.

   Los desconcertantes datos provistos por encuestas recientes en torno a la lectura en Estados Unidos, reafirman mis anteriores conclusiones. En Estados Unidos, primer mercado editorial del mundo, el 34 por ciento de las personas conservadoras nunca lee. Sólo el 5 por ciento de los que se consideran lectores afirma haber leído obras exclusivamente de ficción. Para rematar, el 50 por ciento de los adultos no posee siquiera la capacidad fundamental para disfrutar la lectura de un libro con nivel de octavo grado. El 70 por ciento de los adultos hace cinco años que no entra en una librería. El 80 por ciento de las familias estadounidenses no compró ni un solo libro el pasado año. El 42 por ciento de los graduados universitarios jamás volverá a leer un libro. Si este es el desconcertante panorama en Estados Unidos, ¿esperamos que sea mejor en los países hispanohablantes? (Datos provenientes en parte de Read Faster, Reading Stats).

   Finalmente, en nuestras iglesias no debe marginarse el talento artístico (esto es tema para otro artículo), sino concedérsele espacio y canalizarlo, sin forzarlo a convertirse, desnaturalizándolo, únicamente en una herramienta evangelística.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito de autor.

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Lluvia de semillas en el pueblo

abril 7, 2009

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A continuación publicamos el capítulo sexto del libro recién publicado por Alhambra Publishing Group, titulado Mi patria de papel, escrito por Guido F. Castellanos. Para leer testimonios acerca del libro y comprar, seguir vínculo:

Mi patria de papel

6

Cuando el niño destroza su juguete, parece que anda buscándole el alma.

Víctor Hugo

 

Después de almuerzo me fui al traspatio de la casa de mis abuelos. Hacía menos de una semana que mis padres me habían traído para que pasara mis acostumbradas vacaciones de verano en el campo. Saqué un cartuchito de papel de los que usaban en la bodega, repleto de semillas de mamoncillo secas, que yo había guardado debajo del lavadero de concreto que estaba detrás de la casa. Las semillas de mamoncillo son redondas, duras y a menudo de mayor tamaño que las coloridas bolas de cristal con las que solíamos jugar. Esta fruta tropical se da en un árbol muy alto, que puede alcanzar hasta los treinta metros. Tiene la cáscara de color verde y una semilla redonda cubierta de una masa gelatinosa de color amarillenta tirando a rosada de sabor agridulce. En Cuba se le llama “árbol macho” al mamoncillo que no da fruto y “árbol hembra” al que lo produce. Es una fruta estacional, de modo que cuando se daba, aprovechábamos para comerla, porque no se mantenía fresca por mucho tiempo. Siempre que la comíamos lo hacíamos en presencia de nuestros mayores, y se nos advertía que tuviéramos sumo cuidado, porque si por descuido se nos iba la semilla para la garganta, podíamos asfixiarnos. De manera que siempre la comíamos con mucha cautela, teniendo presente aquella amonestación. Aunque debo confesar que en más de una ocasión pasé un buen susto porque se me rodaba la semilla para la garganta, aunque jamás me tragué ninguna.

Recostado a la derecha del lavadero estaba un viejo palo de escoba que yo había recortado aproximadamente al largo de un bate de béisbol juvenil. Abuela Chalía estaba en la cocina, fregando y secando la losa y los cubiertos del almuerzo, antes de irse a su dormitorio a descansar un rato. Con el bate improvisado y el cartucho de semillas de mamoncillo en las manos, me planté en el mismo centro del patio, para comenzar a batear con el palo de escoba recortado, en divertida práctica, las esféricas y duras semillas de mamoncillo.

Era la hora de la siesta. Después del almuerzo, cuando el calor del verano en mi pueblo natal comenzaba a alcanzar su mayor intensidad, los vecinos habitualmente se entregaban a la inactividad o eran vencidos por el sopor producido por la digestión y la canícula. Reinaban la tranquilidad y el silencio. Abuela, que me conocía como si me hubiera parido, me dijo:

 — No te pongas a tirar semillas de mamoncillo para los techos, que ya me han dado las quejas de que no dejas dormir la siesta a los vecinos.

 —No, abuela, no voy a tirar semillas de mamoncillo—le aseguré yo, no mintiendo del todo, pues no iba a lanzar las semillas con la mano, sino a batearlas con el palo de escoba recortado.

Durante mi niñez mis padres me compraron muchísimos y variados juguetes. Yo siempre prefería los autos y camiones eléctricos motorizados y los de control remoto. Sin embargo, no había uno solo de ellos que yo dejara sin abrir y explorar, con la insaciable curiosidad de averiguar qué tenían dentro estos maravillosos artefactos, fabricados para mi entretenimiento y deleite. No obstante, a los diez años de edad, prefería jugar a las bolas, montar bicicleta o salir al patio a batear semillas de mamoncillo, que jugar con mis carritos, imaginando que estaba en el cajón de bateo de un magnífico terreno de pelota, vestido de reluciente uniforme, enfrentándome a los mejores lanzadores de béisbol de Cuba en aquella época.

Esperé tranquilamente a que abuela terminara sus trajines en la cocina, para que no me sorprendiera infraganti en mi “actividad delictiva”. Lo único que interrumpía el absoluto silencio de aquella hora era el canto de un sinsonte, que siempre alegraba la campiña. El sinsonte era una de las aves cantoras que abundaban en Limones y en toda Cuba. Mario, el carpintero que vivía en la acera de enfrente, tenía un sinsonte enjaulado que había criado desde que era un pichón. Sin embargo, después de haberse visto obligado a un prolongado encierro en su casa, víctima de una tuberculosis que le amenazó la vida, puso en libertar al sinsonte, y nunca más volvió a tener una de estas aves en cautiverio. El encerramiento, la soledad y la fragilidad de la vida, experimentados en carne propia durante su prolongada convalecencia, le hicieron ver la vida de un modo distinto: quizá ahora valoraba mucho más la libertad, el aire libre y puro y la compañía de otras personas.

Mis primos, Rosa María y Rafaelito, hijos de mi tío Rafael y ambos menores que yo, estaban con mi tía, Iraida, en su dormitorio. Ya tenía el campo libre para realizar mi práctica de bateo y a su vez perturbar el sueño y la tranquilidad de los vecinos. Esto último, a decir verdad, no era mi expresa intención, no obstante me deleitaba el estallido que se producía cada vez que uno de aquellos proyectiles redondos daba contra un techo de metal.  De modo que abrí el cartucho, saqué la primera semilla de mamoncillo, la lancé al aire delante de mí, e hice swing con mi bate improvisado. Fallé en el primer intento. La segunda vez conecté un batazo largo y elevado, que pasó sobre el traspatio de la casa aledaña y calló en medio de la calle lateral de tierra. La tercera semilla bateada fue a dar contra el techo de cinc de la cochera de un vecino llamado Nicomedes, y el impacto sobre el metal produjo un fuerte estallido que se oyó a media cuadra de distancia. Luego le siguió una lluvia continua de semillas de mamoncillo, que causó grande conmoción en el vecindario. Uno de los proyectiles fue a dar contra el techo del lavadero de una de las casas al fondo, donde vivían dos primos hermanos de mi madre, Pablito y Rubén, hijos de un difunto hermano de mi abuela, llamado Abelino. Pablito siempre fue muy estudioso y Rubén muy trabajador. Cuando era muchacho, para tener su propio dinero, Rubén iba de puerta en puerta por el pueblo, vendiendo frutas y aguacates. A veces llegaba a casa de mi tía Cuca, hermana mayor de mi padre, con una buena muestra de aguacates para que ella escogiera. Rubén, haciendo memoria de aquellos tiempos, decía: “¡Concho!, Cuca apretaba todos los aguacates maduros y a menudo no me compraba ninguno”.

En medio de la lluvia de semillas, una vecina comenzó a dar voces desde una ventana:

— ¡Oye, Guidito, deja ya de tirar piedras, que no nos dejas descansar! Se lo voy a decir a tus padres cuando vengan a buscarte.

Paraba la lluvia de semillas por unos instantes y me iba al otro lado de la casa, para que no me vieran. Una vez que cesaban las protestas de los vecinos, arremetía nuevamente, procurando no volver a molestar a los vecinos que se habían quejado. Eso requería muy buena puntería, la cual yo tenía. No obstante, a veces se me escapaba algún proyectil hacia la zona “prohibida”, y entonces me veía obligado a suspender mi práctica de bateo y meterme en la casa. Ciertamente yo había producido una lluvia de semillas de mamoncillo que más bien parecían piedras al rebotar contra los techos de metal de las casas en aquella sección del pueblo azucarero, donde sus habitantes procuraban dormir la siesta, reposar tranquilamente, o disfrutar de alguna novela o programa radial transmitido a esa hora del día.

Las veinticinco o treinta semillas secas de mamoncillo que había metido en el cartucho el día anterior se habían agotado, impulsadas por el swing que yo hacía con el palo de escoba recortado. Después de perturbar la tranquilidad de parientes y vecinos, puse mi bate improvisado junto al fregadero y boté el cartucho de papel a la basura, que ya estaba roto y lleno de tierra.

Abuela Chalía no se enteró de inmediato, sin embargo los vecinos afectados por la ruidosa e irritante lluvia de semillas de mamoncillo, no tardaron en darle nuevamente las quejas de mis fastidiosas travesuras. Después de llegar a sus oídos, abuela me regañó, y me aseguró que jamás volvería a comprarme un solo mamoncillo. 

— ¡Carijo, Guidito!, ¿no te dije que no lo hicieras más? Se acabó: no te compro más mamoncillos, porque los vecinos que no saben que estás en Limones, se enteran de tu llegada cuando escuchan el ruido de la lluvia de semillas de mamoncillos que cae sobre sus techos. Todos los veranos es la misma cosa. ¡Qué salación contigo y las dichosas semillas de mamoncillo, muchacho!

Desde luego, esa amenaza jamás se cumplía, porque cuando se le pasaba el berrinche conmigo, mi consentidora abuela me volvía a comprar mamoncillos y entonces yo volvía a la carga y se repetía el mismo ciclo. Con el tiempo, no obstante, dejé de perturbar la tranquilidad pueblerina de los vecinos con mis lluvias de semillas de mamoncillo, y mi llegada a Limones cada verano dejó de ser una temible amenaza para la paz y la tranquilidad del rural vecindario.  

Publicado con permiso de Alhambra Publishing Group

Se prohíbe la reproducción total o parcial de este capítulo de Mi patria de papel

 

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Mi patria de papel


El auténtico intelectual y la fe en Dios

febrero 24, 2009

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            J. J. Rousseau                                C.S. Lewis

¿Se puede ser un auténtico intelectual y a su vez tener fe en Dios? También cabe la pregunta, ¿se puede ser un verdadero intelectual y al mismo tiempo ser ateo? Aunque la palabra “intelectual” en la actualidad tiene connotaciones peyorativas, es preciso que primero definamos en términos sencillos y al menos en el sentido más amplio del vocablo quién es un intelectual. El diccionario de la Real Academia Española define a un intelectual como aquel que se ha “dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras”. En el antiguo Diccionario Webster Ilustrado leemos que un intelectual es aquel que “posee un elevado grado de inteligencia y entendimiento”. En la actualidad abundan los diccionarios en línea. Uno de los más conocidos, WordReference.com, aporta la siguiente definición de intelectual: “Que realiza actividades que requieren preferentemente el empleo de las facultades del intelecto”.  Según la edición en español (Siglo XXI, México, febrero de 2001), del Diccionario de Política de Bobbio, Matteucci y Pasquino, los intelectuales son “artistas, investigadores, científicos y, en general, los que han adquirido, con el ejercicio de la cultura, una autoridad y un influjo en las discusiones públicas”. Según el escritor cubano Carlos Alberto Montaner, un intelectual es “alguien que se aproxima a la realidad desde el mundo de las ideas”. Otra definición añade que un “intelectual es aquel que está enamorado de la sabiduría y anda siempre en busca de la verdad”.

Aunque las definiciones anteriores son incompletas –en particular las de los diccionarios, que son tan generales que ayudan poco–, y el intelectual escapa a una definición concreta y restrictiva, las mismas arrojan alguna luz sobre el significado del vocablo. Tomándolas en conjunto, podemos afirmar que un intelectual es la persona que consagra una porción substancial de su vida al estudio y la reflexión crítica y equilibrada sobre la realidad y el mundo en que la ha tocado vivir. Por eso estimamos que ningún ateo puede ser un auténtico intelectual; en el mejor de los casos se trata de un intelectual incompleto o truncado, porque aparte de Dios no hay verdadero conocimiento ni reflexión crítica y equilibrada sobre la realidad ni sobre nada.

Cuando se descarta a Dios, la sabiduría humana no sólo es incompleta sino en extremo engañosa. A la persona que busca sabiduría prescindiendo de Dios, puede ocurrirle lo que dice la Biblia: que siempre está aprendiendo, pero nunca llega al conocimiento de la verdad; o se envanece en sus propios razonamientos, y profesando ser sabio, no hace otra cosa que convertirse en necio. Porque es imposible ser sabio prescindiendo de Dios. El que desecha a Dios tiene, en el mejor de los casos, una perspectiva muy limitada y defectuosa de la realidad, de la vida en general y del ser humano en particular. Y al desechar a Dios, desprecia la sabiduría por excelencia y eterna, se pierde en el laberinto de los conocimientos humanos y se convierte en sabio según su propia opinión.

Antiguamente el intelectual era el sacerdote o el ministro religioso. A partir del siglo dieciocho, con Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), considerado uno de los escritores más influyentes de todos los tiempos, quien a su vez era un desequilibrado mental con delirio de persecución, y un mentiroso patológico, convencido de su absoluta rectitud moral, comenzaron a surgir los intelectuales modernos y laicos, entre los que ha habido creyentes en el Dios verdadero, agnósticos y ateos. Según el historiador británico Paul Johnson, en su libro titulado Intelectuales,  “por primera vez en la historia humana, y con confianza y audacia creciente, estos hombres afirmaban que podían diagnosticar los males de la sociedad, y curarlos, usando sólo sus propios intelectos”. Estos “nuevos intelectuales laicos”, afirma Johnson, desde entonces “han sometido con deleite a la religión y a sus protagonistas al escrutinio crítico”. (Es incomprensible cómo los intelectuales le han prestado tanta atención durante más de dos siglos a las ideas incongruentes y contradictorias del sagaz e infame de Rousseau. Sólo la credulidad y la ceguera humanas pueden explicar al menos en parte este fenómeno.  En el libro ya citado, Johnson señala que “todo esto es muy desconcertante y sugiere que los intelectuales son tan poco razonables, tan ilógicos y tan supersticiosos como cualquiera. La verdad parece ser que Rousseau fue un escritor de genio, pero irremediablemente desequilibrado tanto en su vida como en sus ideas”.) Además de lo antes dicho, debe tenerse presente que la intransigencia y el extremismo fueron características distintivas de casi todos los intelectuales más influyentes de las dos últimas centurias, como Rousseau, Shelley, Marx, Ibsen, Tolstoi, Brecht, Russell, Sartre,  Gollancz y Hemingway, para mencionar sólo a algunos de los más conocidos.

 

A pesar de que hay diversidad de ideologías entre la intelectualidad y no existen criterios de objetividad absoluta para reconocer a una persona como intelectual, consideramos que un “intelectual ateo” es en gran medida un oxímoron, una contradictio in terminis, aun teniendo en cuenta el alto grado de secularización y hostilidad hacia el cristianismo del mundo actual. El auténtico intelectual busca la verdad sobre todas las cosas, aunque el descubrimiento de la misma le obligue a menudo a cambiar de parecer. Ciertamente, como en una de las definiciones ya citadas, el intelectual está enamorado de la sabiduría: una sabiduría que incluye sin lugar a dudas la palabra de Dios. Esta búsqueda invariablemente conducirá de regreso a Dios, porque el principio de la auténtica sabiduría “es el temor de Jehová” (Proverbios 1:7). Además, el auténtico intelectual, aunque casi siempre es opinionado y crítico, no es sabio en su propia opinión ni soberbio, pues esto es característico del ignorante, no del genuino intelectual, del necio, no del sabio.

 

El auténtico intelectual tiene una mente abierta ante las distintas interpretaciones de la realidad, sin embargo posee discernimiento y sabiduría desarrollados y refinados por un profundo conocimiento de la palabra de Dios, los cuales le permiten con convicción y denuedo, en base a los principios expuestos en la palabra de Dios y a una percepción correcta de la realidad, intentar guiar a la sociedad y por ende contribuir de alguna manera a la transformación del mundo para bien. Aunque, a decir verdad, en el mundo actual este papel tradicional y un tanto mesiánico del intelectual ya ha pasado a la historia. Su rol actual no es tan determinante como quizás lo fue en otras épocas. Además, el auténtico intelectual jamás pierde de vista que Dios existe, está presente y se mantiene muy al tanto de todo lo que ocurre en este mundo que Él creó, a pesar de que los falsos intelectuales modernos quieran de un plumazo hacerlo desaparecer.

 

El verdadero intelectual es tolerante con las ideas ajenas, aunque discrepe de las mismas. El escritor cubano Jorge Mañach, en su ensayo titulado La crisis de la cultura en Cuba, con mucho acierto afirma: “El intelectual que se pique definitivamente con un juicio adverso al punto de acibarar su antigua simpatía, no tiene de “intelectual” sino el ribete, pues aun estará por florecer en él la devoción esencial de todo espíritu culto, que es el amor a la verdad, y en todo caso, al respeto de la civil opinión ajena”. Sin embargo, pese a que el auténtico intelectual debe ser tolerante con las ideas ajenas y a su vez ser consciente de sus flaquezas y tener presente sus limitaciones y lagunas de conocimientos, existe una debilidad humana universal y perenne que los amenaza constantemente, no sólo a ellos, sino también al resto de la humanidad, a saber: no creer la verdad y darle crédito a la mentira. Y la mentira a menudo es difícil de descubrir, porque cabalga sobre los lomos de la verdad.

 

Para concluir, citamos como ejemplo de auténtico intelectual a Clive Staples Lewis, nacido en Belfast, Irlanda en 1898. C.S. Lewis fue profesor de Literatura Medieval y Renacentista en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y ha sido uno de los grandes intelectuales de todos los tiempos. El maestro apologista fue autor de Las Crónicas de Narnia, Cartas del diablo a su sobrino, Trilogía cósmica, Mero cristianismo, La abolición del hombre, El problema del dolor, Los cuatro amores y muchas otras conocidas e influyentes obras literarias a nivel mundial. Se convirtió al cristianismo en 1931 y se hizo miembro de la Iglesia de Inglaterra (Anglicana). El propio Lewis señala su amistad con el escritor británico J.R.R. Tolkien (El señor de los anillos) y los escritos de G.K. Chesterton como influencias definitivas en su conversión.

 

Por supuesto, estamos hablando de “auténticos intelectuales”, y de estos, desafortunadamente, ha habido muy pocos en el mundo.

 

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor

 


Influencia del ateísmo y el humanismo secular en el arte contemporáneo

enero 21, 2009

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Colorful Glass Reflection, arte digital

Guido F. Castellanos

 

 

 

 

El verdadero artista siempre ha empleado su arte para hallarle sentido al mundo en que le ha tocado vivir. Su arte, ya sea la literatura, la poesía, la pintura, la escultura, la música, o la actuación, es tanto su herramienta para el continuo descubrimiento, como el medio para la transmisión de sus descubrimientos al público, pues la obra artística se destina a los demás. El artista no sólo comparte tales develamientos con el mundo, sino que él mismo se convierte en vehículo de cultura.

 

 

Gabriel García Márquez, galardonado con el premio Nobel de Literatura en 1982, en su libro de memorias titulado Vivir para contarla, con mucho acierto dice: “La vocación artística es la más misteriosa de todas, a la cual se consagra la vida íntegra sin esperar nada de ella”. Dicho esto, es necesario señalar que, lamentablemente, el arte contemporáneo, regido mayormente por un código humanista secular, ateo, materialista, y políticamente correcto, ha asumido un papel central como medio de autorrealización y de libre expresión. Y digo “autorrealización y libre expresión” porque éstas no son equivalentes de auténtico arte. En la actualidad innumerables “artistas” emplean la pintura, la escultura, la poesía, la literatura, la música, la actuación, como vehículos para exteriorizar un ser íntimo y recóndito que con harta frecuencia, aun después de una reiterada exteriorización, es incomprensible para los demás.

 

 

Hace poco leí la entrevista de una poetisa, quien declaró sin el menor reparo que su único dios es la poesía. Supongo que estos “poetas ateos” concuerdan con el bardo inglés Shelley cuando éste afirma que “la poesía, con su servidora la imaginación y su ambiente natural la libertad, constituyen el trípode sobre el que se apoyan la civilización y la ética”. Este renombrado poeta e intelectual inglés fue uno de los fervientes discípulos del trastocado intelectual Juan Jacobo Rousseau, sustentaba principios socialistas y perseguía una transformación política que incluía la destrucción de la religión organizada. Lamentablemente, hay artistas que tienen fe en muchas cosas menos en el verdadero Dios. Ciertamente si Dios no existiera, cualquier dios podría ser bueno, si se entiende por “dios” cualquier persona o cosa que tiene la preeminencia en nuestra vida; el arte sería posiblemente uno de los mejores. Pero como que Dios sí existe, ningún substituto satisface plenamente, ninguno es bueno aparte del Dios verdadero; todos se convierten en simples ídolos con pies de barro, y con harta frecuencia en tiranos. No es de extrañar que el arte contemporáneo haya sustituido en gran medida a la religión organizada.

 

 

La influencia demoledora del ateísmo y el humanismo secular en el arte contemporáneo se pone de manifiesto en la creciente y desafortunada tendencia de empequeñecer al ser humano y despojarlo de su dignidad. Se ha ido colando el concepto humanista secular y ateo de que no somos más que carne, huesos y fluidos corporales, que no tenemos un espíritu que trascenderá a nuestros cuerpos mortales, limitados por la materia, el espacio y el tiempo, por lo que muchos artistas se han obsesionado con la miseria, la degradación, la decadencia y la vulgaridad. Estos temas son ensalzados y recurrentes en sus obras. Y muchos, si no se han adherido de lleno al feísmo, al menos incursionan en el terreno de esta tendencia artística y literaria que se empeña en defender lo antiestético y lo vulgar.

 

 

Como acertadamente ha expresado Pedro Carrero Eras, profesor de literatura de la Universidad de Alcalá de Henares, en España, “el arte, en cualquiera de sus manifestaciones y recursos temáticos, está obligado a distanciarse de la vulgaridad”. La vulgarización de las artes, particularmente de la literatura, es mayormente fruto del relativismo moral, el cual se origina en el ateísmo y el humanismo secular. Hay escritores que ridiculizan la misma noción de la expresión vulgar y desvergonzada y rinden culto al mal gusto, porque para ellos todo lenguaje, por procaz y ofensivo que sea, es válido para expresarse libremente. Porque lo que estos artistas llaman “libertad de expresión” a menudo no es otra cosa que un conveniente pretexto para el egoísmo, la irrespetuosidad y la desvergüenza. Con frecuencia esa “libertad de expresión” que tanto exigen, cacarean y defienden no es más que burdo libertinaje. De manera que el concepto de vulgarización, en lo que a la literatura se refiere, es inaceptable para estos literatos modernos. Sin embargo, la marcada vulgarización de una sociedad, como la cubana bajo el régimen marxista y ateo de La Habana, es innegable síntoma del avanzado grado de relajamiento y decadencia de una cultura que ha sido brutal y sistemáticamente destruida. Los artistas no hacen más que reflejar en su obra esa destrucción. Y si para ellos Dios no existe, si impera el relativismo moral, y lo procaz y degradante es plausible como legítima expresión artística, ¿de dónde provendrá la inspiración para crear un arte de elevado vuelo, ennoblecedor, que realmente inspire y edifique? ¿Del nihilismo, del relativismo moral, del feísmo, del empobrecimiento y la vulgarización cultural?

 

 

Lo antes dicho tiene poco o nada que ver con la creación de “arte religioso”, porque el elemento religioso con harta frecuencia está presente en el arte de los ateos y humanistas seculares, aunque el mismo sea hostil al Dios verdadero y al cristianismo. Por eso es que en tantos museos y galerías de arte contemporáneo, al igual que en librerías, cada día se exhiben y se ponen a la venta mayor número de “obras de arte” y “literarias” en las que se celebra lo chabacano, lo escatológico, lo chocante, lo grotesco y lo vulgar.

 

 

Para concluir, citemos como ejemplo las obras de dos pintores franceses afamados de siglos pasados: George Rouault y Henri de Toulouse-Lautrec. El artista católico Georges Rouault pintó prostitutas, como también lo hicieron numerosos de sus contemporáneos. Sin embargo, vale la pena notar la diferencia entre la obra de Rouault y la de Tolouse-Lautrec. El influyente crítico de arte francés Louis Vauxcelles, a quien se atribuyen los vocablos denominativos de dos estilos artísticos, Fauvismo y Cubismo, notó la diferencia en la obra de Rouault: “A diferencia de Toulouse-Lautrec, cuando Rouault pinta una prostituta no existe el deleite cruel de presenciar la exaltación del vicio por parte de una criatura. Él sufre y además llora”. En esto, precisamente, radica uno de los grandes males que aquejan al arte contemporáneo, fruto primordialmente de la perniciosa influencia del ateísmo y el humanismo secular.

 

 

Guido F. Castellanos

 

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor


Publicación de nuevo libro escrito por Guido Félix Castellanos

junio 24, 2008

  

Alhambra Publishing Group se complace en anunciar la publicación del libro titulado Mi patria de papel, obra del escritor cubano Guido Félix Castellanos.

El libro consta de dieciséis conmovedores relatos en los que se narran vivencias del autor durante su niñez y adolescencia, en una época sumamente difícil de la historia de Cuba. La obra consta de 230 páginas y contiene más de 30 fotografías de la época (1955-1973), nunca antes mostradas al público, las cuales se convierten en complemento inmejorable de la narrativa.

En esta obra Guido Félix Castellanos nos transporta a su terruño y, como dice Adela Soto Álvarez en el prólogo: “El tiempo va acumulando sobre su corazón una ausencia grande que no cabe en ninguna narración por extensa que fuera, sin embargo en la novela testimonio creada por el escritor cubano Guido Félix Castellanos, Mi patria de Papel, nada se queda por decir y nos atrapa en cada lugar que describe con maestría y tristeza”.

A continuación citamos lo que otros autores, académicos y periodistas conocidos dicen acerca de Mi patria de papel.

 

“Con la precisión y ternura que otorga el saber de ausencia, Mi patria de papel evoca parajes y paisajes que todos los que nos criamos en Cuba reconocemos como nuestros. Si recordar es volver a vivir, escribir con la maestría de Guido Castellanos es perpetuar en la memoria de la comunidad lo revivido en el recuerdo. Es el suyo un libro edificante y conmovedor.”

Dr. Gustavo Pérez Firmat,

 Escritor, poeta y académico, ex Profesor de la Universidad de Duke y actual Profesor de Humanidades David Feinson de la Universidad de Columbia

 

“Recomendamos la lectura de Mi patria de papel, advirtiendo que quizá alguno de sus lectores se pueda reconocer él mismo en el entorno que tan bien nos describe el autor. Independientemente de que se lo haya propuesto o no, Castellanos nos entrega otra crónica de nuestro tiempo”.

                                                Dr. Marcos Antonio Ramos,

Académico correspondiente de la Real Academia Española de Madrid

 

 “Situada en la corriente de literatura testimonial, esta obra es una de las más logradas, pues la prosa es fluida, adjetivada con habilidad, sin grandes aventuras. Páginas escritas con naturalidad, dejando que la memoria sea la protagonista, permitiendo que la nostalgia ocupe su lugar, pero sin resentimiento o frustración. Es un libro que dice: esta es mi vida, tal vez también pudo haber sido la tuya”. 

 Revista del Diario, Diario Las Américas

 

“El carácter popular del exilio cubano ha desarrollado un género literario, entre la memoria personal y el testimonio. El libro de Guido Félix Castellanos, Mi patria de papel, es un libro feliz, aunque lo desborde la nostalgia. En él retrata un tiempo que permanece congelado en la añoranza de sus protagonistas, y logra conmovernos precisamente con su modestia. El título alude al último capítulo del libro. La patria de papel es la colección de sellos del autor, que es también el protagonista. Las vicisitudes de esa colección de sellos y el empeño en reconstruirla coronan perfectamente la vida que explican”.

El Nuevo Herald

 

 Prólogo

La soledad y la invocación de lo añorado cruza sin limites los más puros sentimientos de los hombres, que de una forma u otra van por la vida sin poder sentir el calor de su patria. Por lo que para Guido Félix Castellanos no fue fácil narrar desde el exilio parte de la historia de su generación, y especialmente conseguir que el toque de cubanía no dejara de fluir en cada línea.

Pero aún así, a pesar del distanciamiento y la nostalgia, el enfoque es preciso, lográndose que la devoción no faltara dentro de lo abrupto, y que lo ideal y lo real resaltaran en su excelente historia.

Mi patria de papel aborda, entre otros perfiles, lo social, también lo histórico y tras una aproximación genérica preliminar, se nos revela que ante todo está su deseo de expresarse en absoluta libertad.

Cada cita expuesta en el encabezamiento de los capítulos nos muestra un contenido estético y ético de su filosofía personal, por lo que el cuerpo temático de esta detallada obra, con tantos componentes ligados a la savia ancestral, demuestra a las claras que es escrita en un enfrentamiento con la distancia.

Además, el texto toca importantes sucesos de nuestra historia, los cuales van  como eslabones dialécticos,  sin dejar de pasar por románticas épocas y  en cada línea refleja una realidad estremecedora de la Cuba de hoy, desgarrada y sumida en el cautiverio que desangra el espíritu y la voz.

El tiempo va acumulando sobre su corazón una ausencia grande que no cabe en ninguna narración por extensa que fuera, sin embargo en la novela testimonio creada por el escritor cubano Guido Félix Castellanos, Mi patria de Papel, nada se queda por decir y nos atrapa en cada lugar que describe con maestría y tristeza.

Los recuerdos familiares, el abuelo, las calles de Matanzas, La Víbora, 10 de Octubre, van evocando esa cubanía que no se separa por distante que se encuentre en cuerpo.

Mi patria de papel, es un finísimo relato donde su autor plasma con palabras sencillas su infancia y juventud, además del inevitable momento en que tuvo que partir al exilio.

“Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces”, dijo Marcos Valerio en una de sus citas, pero Guido Castellanos lo ha llevado a la práctica con la ternura y destreza de un pintor que deja en cada rasgo todo un efecto acumulado que fue recopilado en su vocación filatélica.

Mi patria de papel, más que una narrativa es un diario de combate donde cada palabra describe el dolor del destierro, y va calando muy hondo en cada lector que se identifica con ese terruño que dejamos detrás pero que no se aparta de nuestros recuerdos a pesar de que no sea lo mismo como bien expresa el autor.

Dejemos pues que cada lector se adentre en esta magnífica narrativa donde cada cual va a encontrar su propia vida y que en honor a este escritor cubano diga la última palabra”.

Lic Adela Soto Álvarez

Escritora y Periodista cubana

 

·            230 páginas

·            Tamaño: 5.5″ x 8.5″

·            Idioma: español

·            Encuadernación: Perfect Bound (Paperback)

·            ISBN: 978-0-9818355-0-1

·            Copyright: APG, Guido F. Castellanos

·            Publicado en EE.UU. por Alhambra Publishing Group

·            Fecha de publicación: otoño de 2008

·            Precio: $15.95 (más $4.00 de envío en EE.UU.)

·            Precio fuera de EE.UU.: $15.95, más $10.00 de envío por el correo de Estados Unidos

Para comprar a través de la Internet, siga el siguiente enlace:

 Mi patria de papel (Comprar)

 También puede enviar un cheque o un giro postal a nombre de:

Guido F. Castellanos

Alhambra Publishing Group

Email: alhambrapublishinggroup@gmail.com


El Profeta habla de los cubanos

febrero 4, 2008

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  Luis Aguilar León

 El doctor Luis Aguilar León, historiador, ensayista político y profesor cubano, nacido en Manzanillo (Oriente), aunque de niño también vivió en Cárdenas y Remedios, enseñó en Columbia University, en Georgetown University y en Cornell University, y fue columnista semanal de El Nuevo Herald. Fue director del Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad de Miami. El doctor Luis Aguilar León falleció el pasado 5 de enero, en su casa en Key Biscayne, Florida. El siguiente artículo, escrito por él, lo publicamos para rendirle homenaje póstumo a una figura tan trascendente de la cultura cubana, latinoamericana y universal.

Desde una roca en el puerto, El Profeta contemplaba la blanca vela de la nave que a su tierra había de llevarlo. Una mezcla de tristeza y alegría inundaba su alma. Por nueve años sus sabias y amorosas palabras se habían derramado sobre la población. Su amor lo ataba a esa gente. Pero el deber lo llamaba a su patria. Había llegado la hora de partir. Atenuaba su melancolía pensando que sus perdurables consejos llenarían el vació de su ausencia.

Entonces un político de Elmira se le acercó y le dijo: Maestro, háblanos de los cubanos.

 

El Profeta recogió en un puño su alba túnica y dijo:

“Los cubanos están entre vosotros, pero no son de vosotros. No intentéis conocerlos porque su alma vive en el mundo impenetrable del dualismo. Los cubanos beben de una misma copa la alegría y la amargura. Hacen música de su llanto y se ríen con su música. Los cubanos toman en serio los chistes y hacen de todo lo serio un chiste. Y ellos mismos no se conocen”.

“Nunca subestiméis a los cubanos. El brazo derecho de San Pedro es cubano, y el mejor consejero del Diablo es también cubano. Cuba no ha dado ni un santo ni un hereje. Pero los cubanos santifican entre los heréticos y heretizan entre los santos. Su espíritu es universal e irreverente. Los cubanos creen simultáneamente en el Dios de los católicos, en Changó, en la charada y en los horóscopos. Tratan a los dioses de tú y se burlan de los ritos religiosos. Dicen que no creen en nadie, y creen en todo. Y ni renuncian a sus ilusiones, ni aprenden de las desilusiones”.

“No discutáis con ellos jamás. Los cubanos nacen con sabiduría inmanente. No necesitan leer, todo lo saben. No necesitan viajar, todo lo han visto. Los cubanos son el pueblo elegido … de ellos mismos. Y se pasean entre los demás pueblos como el espíritu se pasea sobre las aguas”.

“Los cubanos se caracterizan individualmente por su simpatía e inteligencia, y en grupo por su gritería y apasionamiento. Cada uno de ellos lleva la chispa del genio, y los genios no se llevan bien entre sí. De ahí que reunir a los cubanos es fácil, unirlos imposible. Un cubano es capaz de lograr todo en este mundo menos el aplauso de otro cubano”.

“No les habléis de lógica. La lógica implica razonamiento y mesura, y los cubanos son hiperbólicos y desmesurados. Si os invitan a un restaurante, os invitan a comer no al mejor restaurante del pueblo, sino “al mejor restaurante del mundo”. Cuando discuten, no dicen “no estoy de acuerdo con usted”, dicen “usted está completa y totalmente equivocado”.

“Tienen una tendencia antropofágica. “Se la comió”, es una expresión de admiración, “comerse un cable”, señal de situación crítica y llamarle a alguien “comedor de excrementos”, es su mas usual y lacerante insulto. Tienen voluntad piromaniaca, “ser la candela” es ser cumbre. Y aman tanto la contradicción que llaman a las mujeres hermosas “monstruos” y a los eruditos “bárbaros”; y cuando se les pide un favor no dicen “si” o “no”, sino que dicen “sí, como que no”.

“Los cubanos intuyen las soluciones aún antes de conocer los problemas. De ahí que para ellos “nunca hay problema”. Y se sienten tan grandes que a todo el mundo le dicen “chico”. Pero ellos no se achican ante nadie. Si se les lleva al estudio de un famoso pintor, se limitan a comentar “a mí no me dio por pintar”. Y van a los médicos, no a preguntarles, sino a decirles lo que tienen”.

“Usan los diminutivos con ternura, pero también con voluntad de reducir al prójimo. Piden “un favorcito”, ofrecen “una tacita de café”, visitan “por un ratico”, y de los postres solo aceptan “un pedacitico”. Pero también a quien se compra una mansión le celebran “la casita” que adquirió, o “el carrito” que tiene a quien se compró un coche de lujo”.

“Cuando visité su isla me admiraba su sabiduría instantánea y colectiva. Cualquier cubano se consideraba capaz de liquidar al comunismo o al capitalismo, enderezar a la América Latina, erradicar el hambre en África y enseñar a los Estados Unidos a ser potencial mundial. Y se asombran de que las demás gentes no comprendan cuan sencillas y evidentes son sus fórmulas. Así, viven entre ustedes, y no acaban de entender por qué ustedes no hablan como ellos”.

Había llegado la nave al muelle. Alrededor del Profeta se arremolinaba la multitud transida de dolor. El Profeta tornose hacia ella como queriendo hablar, pero la emoción le ahogaba la voz. Hubo un largo minuto de conmovido silencio. Entonces se oyó la imprecación del timonel de la nave: “Decídase, mi hermano, dése un sabanaso y súbase ya, que ando con el schedul retrasao”.

El Profeta se volvió hacia la multitud, hizo un gesto de resignación y lentamente abordó la cubierta. Acto seguido, el timonel cubano puso proa al horizonte.

Alhambra Publishing Group se complace en anunciar la publicación del libro titulado Mi patria de papel, obra del escritor cubano Guido Félix Castellanos.


¿Domina usted su idioma?

enero 2, 2008
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“La civilización que pierde el poder sobre su propia lengua, ha perdido el poder sobre el instrumento con que se piensa. Sin ese poder el pensamiento carece de grandeza y exactitud”.  Harris Benton 

¿Domina usted su idioma? Le invitamos a que lea las siguientes cuestiones idiomáticas, para que compruebe cuánto sabe o ignora referente a la lengua de Cervantes.

·         La lengua que hablamos se llama tanto castellano como español. Sí, como acaba de leer. Pero esto no es nada nuevo. Hace muchísimo tiempo que se le dan ambos nombres. Los ciudadanos bilingües del Estado Español son los que han propuesto una vuelta a la denominación antigua que tuvo nuestro idioma, es decir, castellano. Pero en los países de Latinoamérica, el Caribe y en EE.UU., se entienden ambos términos como sinónimos a la hora de referirse al nombre de nuestro idioma. Insistir en llamarle castellano exclusivamente a nuestra lengua significa una vuelta al pasado, a los orígenes del idioma, lo cual no sería más que una medida retrógrada y provinciana. Cuando se fundó la Real Academia Española, sus miembros utilizaron la denominación de lengua española para referirse al castellano o español. El español o castellano es el cuarto idioma del mundo, según el número de hablantes, aventajado por el chino mandarín, el inglés y el hindú. Y en cuanto a importancia, sólo es superado por el inglés.

  ·         La v (cuyo nombre es ve o uve) se pronuncia igual que la b (be) en nuestro idioma. De modo que los términos barón y varón, basto y vasto, bacilo y vacilo, bacía y vacía, bello y vello, bacante y vacante, botar y votar, son homófonos (de igual sonido). Ambas consonantes son bilabiales. Tanto es así que las voces que llevan n delante de v, como invariable, inversión, invierno, envidia, articulan esa n como m, luego deben pronunciarse: imbariable, imbersión, imbierno, embidia.

 Si desea comprobar lo antes dicho, consulte cualquier Manual de Pronunciación Española. 

·         ¿Cómo pronuncia el lector las palabras hierro, hiena, hielo, hierba, enhiesto y otros términos que tienen la combinación hie? ¿Se sorprendería si le informamos que la combinación hi en el diptongo hie, suena como y? Pues así es, de modo que estas palabras se pronuncian: yerro, yena, yelo, yerba, enyesto.

 ·         A menudo hemos oído o leído: recién llego; recién comí; recién lo he visto; recién apareció; recién llamó; recién vuelvo, en los que el adverbio de tiempo recién se ha usado incorrectamente antepuesto a una forma verbal.

El adverbio de tiempo recién sólo se usa antepuesto a los participios pasivos, nunca a una forma verbal. Se usa correctamente como sigue: recién llegado; recién nacido; recién comido; recién terminado; recién pintado; recién aparecido, etc.

·         Nadie puede considerarse conocedor del idioma si hace uso de la preposición de en construcciones que no la llevan. Por ejemplo: Creo de que no se lo merece; Me parece de que no debe arriesgarse; Me recordaron de que tenía una cita, etc.

·         Las clases y las conferencias no se dictan, pues el verbo dictar no se ajusta a lo que se quiere decir. Se pueden emplear los siguientes vocablos: explicar, ofrecer, desarrollar, dar, pero nunca dictar.

·         ¿Sabe el lector cuándo se acentúa aun? Lleva acento cuando significa todavía, no importa el lugar que ocupe en la oración: Aún hay esperanzas; Hay esperanzas aún; No ha llegado aún; Aún no ha llegado. No lleva acento, no obstante, cuando quiere decir hasta, también, inclusive, ni siquiera: Te pagaré el viaje y aun haré más, si me lo permites; Ni aun pudo hacer lo que le pedí antes de marcharse; Aun se lo advertí.  

·         Influidos por la corriente anglicada, particularmente en EE.UU., muchas personas se empeñan en usar influenciar en vez de influir, que es el vocablo castizo. Ejs: La conducta de la madre influyó mucho en la de sus hijos; Espero que mi consejo influya en tus decisiones.

 Influenciar proviene del francés influencer y, según la Real Academia Española, este vocablo se ha ido extendiendo hasta generalizarse en todos los países hispanohablantes. Sin embargo, nos parece innecesario emplear un término que proviene de otro idioma, cuando en el nuestro tenemos el vocablo influir, que tiene el mismo sentido. Se entiende perfectamente que, por ejemplo, en el caso de la terminología de computación, que por lo novedosa y por su origen mayormente estadounidense y la falta de voces equivalentes en español para la misma, se hayan adoptado numerosos términos del inglés, como software, hardware, etc. Sin embargo, cuando existe un vocablo castizo, éste debe tener preferencia en el uso. No nos consideramos puristas del idioma y somos conscientes de que nuestra lengua ha sido enriquecida a lo largo de los siglos con voces de otros idiomas, como el árabe, el inglés, etc. No obstante, preferimos que influyan en nosotros a ser influenciados, aunque para muchos no haya diferencia entre ambas voces. 

·         Habemos no es una forma de verbo haber. Si alguien se toma la molestia de conjugar este verbo comprobará que, en efecto, habemos no existe.

 Decir Habemos muchos, por Somos muchos es, por tanto, un disparate imperdonable, sobre todo en boca de quienes se consideran cultos.   

·         El grupo de personas que asiste a un espectáculo se puede llamar público (conjunto de personas); auditorio (reunión de oyentes); concurrencia; y espectadores, pero no audiencia, vocablo que existe en nuestro idioma, pero con significados que no se ajustan al concepto expresado por aquellas voces.

·         Recordar y acordarse son dos verbos sinónimos que no se conjugan del mismo modo. Acordarse es un verbo pronominal, por lo que debe usarse con un pronombre de la misma persona del sujeto: Me acuerdo de ti. ¿Te acordaste de abrigarte bien? Nos acordamos de ella a menudo. Sin embargo, recordar no lleva los pronombres, porque no es un verbo pronominal. De manera que se equivocan los que dicen: Me recuerdo; ¿Te recordaste?; Nos recordaremos, en lugar de Recuerdo; ¿Recordaste?;Recordaremos. 

·         Todo el que haya cursado el sexto grado de primaria debe saber que la segunda persona de singular del pretérito indefinido (simple) no termina en s. Se dice, pues: comiste, llegaste, hablaste, oraste, trajiste, hiciste, pintaste, etc. Ponerle una s final a estas formas es signo de profunda ignorancia. 

·         Sino y si no se diferencian en la escritura, en la pronunciación y en el significado, a pesar de lo cual muchos oradores, maestros y predicadores los confunden y muchos escritores usan uno por otro. Sino, con la fuerza de pronunciación en la sílaba si, es conjunción adversativa con que se contrapone un concepto afirmativo y otro negativo: Pedro no es arquitecto, sino ingeniero; No estamos en noviembre, sino en diciembre.

 Si no es locución formada por la conjunción condicional si y el adverbio de negación no, en que cada elemento conserva su independencia: Perderá el avión si no llega pronto; Si no le gusta el frío no debe viajar a Chicago en invierno. En estas oraciones la fuerza de pronunciación recae en no. 

·         Muchas personas dicen extrovertido cuando no existe la preposición extro. La preposición correcta es extra, que significa fuera de y que forma compuestos como, extramuros, extraoficial, extraordinario, extravertido, extravertida, etc. Tomen nota de esto los que hablan y escriben para el público.

·         En nuestra lengua tenemos los verbos adoctrinar y doctrinar con los mismos significados. De modo que no hay ninguna razón para decir o escribir indoctrinar, que es pura copia del inglés “indoctrinate”.

 También tenemos el sustantivo adoctrinamiento y los adjetivos adoctrinador, ra; y doctrinador, ra. 

·         Durante más de ocho años desempeñándome como editor de revistas de ingeniería civil y minería, para el mercado latinoamericano, escuché y leí casi a diario el verbo soportar empleado para referirse al apoyo técnico que proporciona al cliente una empresa después de la venta de un producto o equipo. Esto no es más que una traducción literal de “support”. Este verbo y el español soportar son palabras cognadas, pero el contenido semántico del verbo inglés es más abundante que el del nuestro. Sin embargo, los anglomaníacos emplean soportar en todas las acepciones que tiene “support”. No se soportan las ideas de un partido, sino se apoyan o respaldan; no se provee soporte técnico, sino apoyo o respaldo técnico. Comprendemos que hay clientes difíciles y las empresas que les han vendido los productos y proveen el respaldo o apoyo técnico, a veces se ven obligadas a soportarlos.

·         Asumir se usa en nuestra lengua como aceptar o tomar: El General asumió el mando de las tropas; No debes asumir esa actitud de rebeldía. Pero es anglicismo imperdonable usarlo con la acepción de suponer, presuponer, presumir o dar por sentado, que tienen en inglés: “He assumed that the train would be on time” no debe traducirse por Asumió que el tren llegaría a tiempo, porque eso no es español. La traducción debe ser: Pensó, supuso, creyó o dio por sentado…que el tren llegaría temprano.

·         Muchas personas usan el adjetivo hispanoparlante (que no existe en español) por hispanohablante, que es la persona que tiene como lengua materna el español. Se trata de un compuesto del adjetivo hispano y el participio activo de hablar, hablante.

·         El verbo confraternizar no existe en nuestro idioma. El vocablo correcto es confraternar 

 ·         Para muchas personas, la abreviatura p.m., que se acostumbra poner después de las horas de la tarde y de la noche, se lee pasado meridiano, por analogía quizá, con la abreviatura a.m., que se lee antemeridiano. P.M., sin embargo, debe leerse postmeridiano o posmeridiano (sin la t). Nos reuniremos a las 7:00 p.m. (posmeridiano). 

 Guido F. Castellanos 

Se prohíbe la publicación total o parcial sin permiso escrito del autor

Dibujo de Don Quijote y Sancho Panza: serie de dibujos animados. Dirigido por: Cruz Delgado Palomo y producido por:  José Romagosa Gironella