Televisión y decadencia

agosto 11, 2011

Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro.      Groucho Marx 

 La prosperidad material y el avance tecnológico constituyen armas de doble filo que es imperativo saber manejar, de lo contrario pueden arrastrarnos a la decadencia espiritual y cultural, y por ende dar pie al anquilosamiento creativo. Lamentablemente, esta decadencia o desculturización de la sociedad es una realidad actual, gracias, no en pequeña medida, al narcótico más adictivo y de más amplio consumo en Estados Unidos y en todo el mundo: la televisión. La cultura audiovisual de la televisión representa todo lo que la auténtica cultura no es. La persona que busca estímulo intelectual y enriquecimiento cultural, no los hallará en la televisión sino en la buena literatura.

La televisión nos entretiene—y esta es una función válida—y a veces puede hasta instruirnos. Sin embargo, ¿cuánto tiempo pasamos idiotizados por las superfluas y a menudo degradantes tramas televisivas ideadas para nuestro consumo? ¿Somos conscientes de todo el tiempo que hemos perdido hablando de lo que sucede en la televisión, en la mayoría de los casos inconsecuente? ¿Cuántas horas hemos malgastado embobados por una retahíla de culebrones, telenovelas a menudo genéricas,  siempre políticamente correctas y descafeinadas? No en balde al televisor se le llama acertadamente la “caja del idiota”.

La decadencia de la sociedad en todo aspecto y la corrección política han contaminado a la televisión quizá más que a ningún otro medio. Los antihéroes se multiplican como los conejos. La claridad moral ha sido reemplazada por la ambigüedad. En la guerra sin cuartel de los ratings, se apunta a lo más bajo para llegar a mayor número de televidentes. Así, la hedionda marea de vulgaridad continúa su ascenso. Y es que la virtud por excelencia en este espléndido mundo posmoderno— donde las verdades absolutas no tienen cabida, el revisionismo histórico es norma y el razonamiento lógico y el discernimiento fundamentado en el bien y el mal han sido tirados por la borda— es la bendita “tolerancia” de todos y de todo.

Es cierto que no todo lo que nos llega a través de la pantalla chica es nocivo. Sin embargo, quizá uno de los mayores peligros de la televisión es la pasividad de la televidencia, la cual daña la capacidad de abstracción, porque mediante el continuo bombardeo de imágenes, nos lo entrega todo masticado y semidigerido. La televisión es, además, enemiga a muerte de la lectura y la reflexión, ya que nos convierte en espectadores pasivos y nos va formando una coraza de indolencia cada vez más gruesa e impenetrable.

La cultura que debe concernirnos y formarnos es la del libro. La cultura popular de la pantalla chica, superflua y  vulgar, es una agresión continua e inmisericorde contra el pensamiento y contra el conocimiento que verdaderamente enriquece. Aun en el actual mundo en que priman las imágenes televisivas, la cultura está primordialmente ligada a los libros, puesto que las imágenes televisivas no pueden transmitir cultura ya que el sentido de lo comunicado está íntimamente ligado al medio de la comunicación. Esto se debe a que la comunicación de la televisión es parecida a la de la realidad, en la que la voz, los gestos, el lenguaje corporal y las emociones,  junto con otros factores, hacen posible la transmisión del sentido. Sin las imágenes (el medio) la comunicación del significado se hace imposible. De ahí la capital importancia del hábito de la lectura.

El insustituible hábito de la lectura

El mundo está dividido en dos grupos: los que leen y los que no leen. Desafortunadamente, los que leen son una minoría. Las estadísticas recientes sobre la lectura en Estados Unidos, el primer mercado editorial del mundo, no son alentadoras: El 50 por ciento de los adultos carece de la capacidad para leer un libro con nivel de lectura de octavo grado; El 42 por ciento de los graduados universitarios nunca más leyó un libro después de su graduación; Sólo el 5 por ciento de aquellos que se consideran lectores dice haber leído obras exclusivamente de ficción. No en balde en Estados Unidos se han debilitado los vínculos y referencias culturales comunes, y es evidente el empobrecimiento del acervo cultural de la sociedad.

En un hogar donde los adultos no acostumbran a leer, es sumamente difícil que un niño adquiera este insustituible hábito. De manera que quienes no leen o leen sólo cuando están obligados a hacerlo, puestos a escoger, siempre optarán por la pantalla chica. Por eso quien no logra superar su aversión a la lectura jamás podrá ser un buen estudiante, y mucho menos una persona culta, ya que las riquezas de la cultura estarán siempre fuera de su alcance.

Para empeorar aún más las cosas, hoy tenemos el lenguaje escrito en la modalidad del “texteo” telefónico, casi carente de gramática, que no es más que una desintegración del idioma en el que lo único que subsiste es el vocabulario, y para colmo abreviado, en detrimento de la buena ortografía.

El mercado de los libros está en crisis. En Estados Unidos, el decreciente número de librerías en este panorama sombrío continúa librando una valiente batalla para impedir, o al menos retardar, su desaparición. El aumento de la venta de libros electrónicos a nivel mundial y el fácil acceso a las librerías en línea, han agudizado esta crisis, pero no la han causado. Según las estadísticas, la verdad incuestionable es que cada día se venden menos libros y periódicos. El público en su mayoría no recurre a los periódicos y a los libros para informarse e ilustrarse, sino a la televisión y a Internet.

No obstante, la buena literatura nunca pasa de moda, ni es, como algunos piensan, un frívolo pasatiempo de mujeres. La buena literatura ha sido y seguirá siendo la fuente primaria de la verdadera cultura. Por eso es que los libros, cuando hemos aprendido a escogerlos,  a valorarlos y a invertir tiempo y esfuerzo en su lectura, son amigos fieles, pacientes y sabios que enriquecen nuestras vidas como tal vez ninguna otra cosa puede hacerlo.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.

Publicado en El Nuevo Herald el 22 de mayo de 2011,  Televisión y decadencia


¿Quién creó a Dios?

mayo 18, 2009

Flowers

El que no cree en Dios buscará explicaciones que concuerden con sus preconceptos.

Esta pregunta, formulada por un niño, es comprensible y hasta encomiable. Sin embargo, cualquier adulto que se atreva a preguntar quién creó a Dios—como últimamente lo han hecho algunos jóvenes universitarios queriéndoselas dar de sagaces y originales—, en la mayoría de los casos no hace más que manifestar a todas luces su puerilidad e ignorancia o su intento de formular una pregunta capciosa que a fin de cuentas no lo es. La respuesta es tan obvia que se cae del árbol. Nuestra mente no puede comprender realmente el concepto de un Dios eterno, quien no fue creado por nadie —porque de otra forma no sería Dios— y que existe independientemente del universo que Él creó. Poseemos mentes finitas, sujetas a la estructura de un universo constituido por el espacio-tiempo-materia en el que funcionan. Nuestras mentes carecen de la capacidad para comprender el infinito y la eternidad fuera de los límites del espacio y el tiempo o anterior a los mismos. No obstante lo dicho, lo que no podemos comprender, podemos creerlo.

En ocasiones me han preguntado si creo en el relato bíblico de la creación literal de Adán y Eva, en el nacimiento virginal de Cristo y en su resurrección, y en los milagros. Cuando me hacen preguntas semejantes, después de responder que sí,  lo primero que hago es averiguar si mi interrogador alguna vez ha leído la Biblia en su totalidad. Muy pocas veces me veo obligado a formular la segunda pregunta: ¿cuántas veces la ha leído?, porque la mayoría de los que formulan estas preguntas jamás ha leído la Biblia. Sólo el mentecato se atreve a juzgar un libro que jamás ha leído. Dicho esto, debe quedar claro que a la Biblia, al igual que a los leones, no hace falta defenderla: sólo basta con abrirle la jaula.

Venimos a este mundo no sabiendo nada. Sin embargo al llegar a la adolescencia muchos piensan que lo saben todo. A menudo es necesario que transcurran veinte o treinta años antes de que comprendan lo poco que realmente  saben. No obstante estos jóvenes, envalentonados en parte por la distante proximidad (esto es un oxímoron) y el anonimato que proporciona la Internet y también, no cabe duda, por la ignorancia, que a menudo es tan atrevida que aquel que la padece confunde la astucia con la  sabiduría y la temeridad con el valor, equivocadamente concluyen que el campo de juego es parejo para todos. Pero lo que no se les acaba de meter en el caletre es que, aun suponiendo que el campo fuese parejo para todos, los más talentosos y experimentados son los que  siguen saliendo al campo de juego regularmente; los demás continuarán, en el mejor de los casos, jugando en las ligas menores y esperando su turno (si es que llega algún día) o seguirán siendo espectadores, aunque se autoengañen pensando que  son capaces de batirse téte a téte con los versados en cualquier materia que a ellos se les antoje discutir, haciendo alarde de su ignorancia. Bien ha dicho Jorge Mañach que “es siempre posible que cualquier “chisgarabís” (mequetrefe) se crea con derecho a discutir los pareceres del especialista más autorizado, y que el talento o la larga dedicación se hallen un poco a la merced del primer bufo que les salga al paso, a veces con una pluma en la mano”. Y en la actualidad este fenómeno ha adquirido proporciones epidémicas, porque cuando Mañach escribió esto, no existía la Internet. Por eso no nos asombra que estos jóvenes que niegan a Dios y formulan preguntas como la que encabeza este artículo, sean los mismos que creen en los mitos modernos, como los logros de la revolución cubana, el Che Guevara, el calentamiento global provocado por el ser humano, y otros por el estilo, y ni siquiera se molestan en comprobar, buscando en esa Internet que tanto usan, si lo que creen es cierto o pura ficción. Por lo antes dicho es conveniente recordar siempre la sabiduría del viejo refrán: “Quien con perros se echa, con pulgas se levanta”. Y otro de parecido significado: “El que con niños se acuesta, mojado se levanta”.

El corazón entendido busca sabiduría: mas la boca de los necios se alimenta de necedades (Proverbios 15:14).

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor.

 


La verdad y la cosmovisión cristiana

marzo 2, 2009

sunset12 

Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres (Juan 8:32).

Vivimos en un mundo postmoderno donde las verdades absolutas no tienen cabida en la vida de un creciente número de personas, incluso de una alarmante cantidad de aquellos que se denominan creyentes en Cristo. Esta peligrosa y lamentable tendencia sólo puede contrarrestarse con la clara exposición de la verdad, tanto desde nuestros púlpitos, como mediante revistas, periódicos, programas televisivos, sitios en la Internet y blogs como éste. Para esto es necesario un conocimiento profundo de la palabra de Dios, el valor para no dejarnos amedrentar por nada ni por nadie y la completa desvinculación de la corrección política, que no es más que una enfermedad paralizante que impide que tengamos el valor de decir lo que realmente creemos y pensamos.

¿Qué es la verdad?, preguntará alguien. La verdad, en términos sencillos, es lo que Dios dice acerca de cualquier asunto.  

El término “cosmovisión” puede parecernos abstracto o filosófico, no obstante la cosmovisión de una persona es sumamente práctica. El Diccionario de la Real Academia Española dice que la cosmovisión “es la manera de ver e interpretar el mundo”. El diccionario en línea WordReference.com la define como la “forma de concebir e interpretar al mundo propia de una persona o época”. De manera que el vocablo cosmovisión significa una orientación filosófica, una perspectiva de la vida, una forma de interpretar el mundo, o una integradora de la vida. Toda persona tiene una cosmovisión. Tal cosmovisión es sencillamente nuestra perspectiva de la realidad. Es el medio por el cual interpretamos las situaciones y circunstancias en nuestro entorno. Se trata de aquello que nos permite integrar todos los aspectos distintos de nuestra vida, fe y experiencia.

 La tarea principal en la vida es descubrir lo que es verdadero y vivir de acuerdo con esa verdad. Jesucristo afirma que él es el camino que todo ser humano debe seguir, la verdad que todo hombre debe creer y aceptar y la vida que toda persona debe recibir, y que nadie puede tener acceso a Dios el Padre sino a través de él (Juan 14:6). El hombre puede conocer la verdad por la revelación de Dios. La verdad de Dios se aplica a todo aspecto de la vida y del conocimiento científico.

La cosmovisión de una persona influye en toda su forma de pensar y en su manera de vivir, en todo aspecto de su vida, aunque la persona no sea consciente de este hecho.  El cristianismo auténtico no puede limitarse sólo a un aspecto de nuestra vida, a una simple práctica u observancia religiosa, o aun a una experiencia de salvación, aunque la salvación es el punto de partida, sin la cual todo lo demás es una imposibilidad.  Es esencial comprender que el auténtico cristianismo es una relación personal con Cristo y es a su vez un sistema total de vida que nos permite ver el mundo en que vivimos como realmente es, y nos enseña a vivir nuestra vida según los principios espirituales y morales establecidos por Dios.

Las locomotoras son máquinas fascinantes, sobre todo los de vapor. Emile Zola, novelista francés, solía decir que las locomotoras de vapor parecían tener alma.  Los trenes han sido diseñados y fabricados para rodar libremente sobre raíles de acero. Los trenes modernos se trasladan de ciudad a ciudad y de país en país, transportando pasajeros y mercancía, a velocidades extraordinarias. Sin embargo, esos trenes que se mueven con impresionante libertad y velocidad sobre los caminos de hierro, si se descarrilan, causan estragos formidables. El tren no puede moverse libremente sobre una calle asfaltada o por una autopista, como lo hace un automóvil. No fue creado para eso. Sólo cuando transita sobre los raíles es que el tren es verdaderamente libre. De igual manera, el ser humano fue creado por Dios para ser verdaderamente libre cuando conoce a Dios y vive de acuerdo a las enseñanzas de su Palabra. El hombre se mueve con auténtica libertad cuando su vida transita sobre “los raíles” de la verdad de Dios.

Lo que hacemos, decimos y callamos

Una cosmovisión, sea cristiana o no, se transmite tanto por ejemplo y palabra, como por lo que uno calla. Si en la escuela, por ejemplo, como en el caso de la enseñanza en la Cuba comunista durante 50 años, nunca se menciona que Dios es el creador del universo y el Señor de la historia, entonces se transmite una cosmovisión humanista secular y por lo tanto falsa. Esto es precisamente lo que ha ocurrido, no sólo en Cuba, sino en todos los países donde se ha instaurado el comunismo y el materialismo ateo, el humanismo secular, y es desafortunadamente lo que ha estado sucediendo con la enseñanza pública o gubernamental en Estados Unidos durante varias décadas.  En la Cuba marxista, desgobernada por los hermanos Castro, no se han producido muchos comunistas, pero sí millones de humanistas seculares, que fundamentalmente no creen en Dios, ni en la Biblia como verdad revelada por Él para guiar nuestra vida y conocer a Dios personalmente, ni en un mundo invisible hacia el cual nos dirigimos todos, tan real como el mundo visible en el que nos desenvolvemos, creamos en el mismo o no, ni en que la vida tiene un propósito, y que un día tendremos que rendir cuentas al Dios y Señor del universo, Juez de todos.

De manera que un concepto miope de la vida, una cosmovisión torcida o falsa de nuestra existencia y nuestro destino eterno, un mapa equivocado de la realidad, sólo se pueden corregir mediante el conocimiento de la Biblia, que es la Palabra de Dios, donde encontramos todas las verdades y principios fundamentales para vivir nuestra vida según el propósito para el que Dios la ha creado. Todo esto comienza con el reconocimiento de que necesitamos a Dios y que Él ha provisto un remedio para el problema del pecado en nuestra vida, a saber: su Hijo Jesucristo, quien fue enviado por el Padre a este mundo para que muriera en sacrificio por nuestros pecados. Cristo vino para ser nuestro substituto en la cruz, para morir en nuestro lugar, para pagar la deuda que teníamos con Dios y no podíamos costear por esfuerzo propio.

Cuando creemos esto y lo aceptamos de corazón, entonces principia una nueva vida: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Aquí comienza el cambio de nuestra perspectiva de la vida. En este punto se inicia la clara comprensión de la cosmovisión cristiana, y empezamos a ver la vida y el mundo que nos rodea tal y como Dios los ve. Entonces sabremos a ciencia cierta de dónde hemos venido, qué ha ido mal en el mundo, cuál es el remedio, y el propósito por el cual Dios nos ha puesto en esta tierra. No existe nada más importante que esto en la vida.  

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor  

 

 

 

 


El auténtico intelectual y la fe en Dios

febrero 24, 2009

rousseau1

cs-lewis1

            J. J. Rousseau                                C.S. Lewis

¿Se puede ser un auténtico intelectual y a su vez tener fe en Dios? También cabe la pregunta, ¿se puede ser un verdadero intelectual y al mismo tiempo ser ateo? Aunque la palabra “intelectual” en la actualidad tiene connotaciones peyorativas, es preciso que primero definamos en términos sencillos y al menos en el sentido más amplio del vocablo quién es un intelectual. El diccionario de la Real Academia Española define a un intelectual como aquel que se ha “dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras”. En el antiguo Diccionario Webster Ilustrado leemos que un intelectual es aquel que “posee un elevado grado de inteligencia y entendimiento”. En la actualidad abundan los diccionarios en línea. Uno de los más conocidos, WordReference.com, aporta la siguiente definición de intelectual: “Que realiza actividades que requieren preferentemente el empleo de las facultades del intelecto”.  Según la edición en español (Siglo XXI, México, febrero de 2001), del Diccionario de Política de Bobbio, Matteucci y Pasquino, los intelectuales son “artistas, investigadores, científicos y, en general, los que han adquirido, con el ejercicio de la cultura, una autoridad y un influjo en las discusiones públicas”. Según el escritor cubano Carlos Alberto Montaner, un intelectual es “alguien que se aproxima a la realidad desde el mundo de las ideas”. Otra definición añade que un “intelectual es aquel que está enamorado de la sabiduría y anda siempre en busca de la verdad”.

Aunque las definiciones anteriores son incompletas –en particular las de los diccionarios, que son tan generales que ayudan poco–, y el intelectual escapa a una definición concreta y restrictiva, las mismas arrojan alguna luz sobre el significado del vocablo. Tomándolas en conjunto, podemos afirmar que un intelectual es la persona que consagra una porción substancial de su vida al estudio y la reflexión crítica y equilibrada sobre la realidad y el mundo en que la ha tocado vivir. Por eso estimamos que ningún ateo puede ser un auténtico intelectual; en el mejor de los casos se trata de un intelectual incompleto o truncado, porque aparte de Dios no hay verdadero conocimiento ni reflexión crítica y equilibrada sobre la realidad ni sobre nada.

Cuando se descarta a Dios, la sabiduría humana no sólo es incompleta sino en extremo engañosa. A la persona que busca sabiduría prescindiendo de Dios, puede ocurrirle lo que dice la Biblia: que siempre está aprendiendo, pero nunca llega al conocimiento de la verdad; o se envanece en sus propios razonamientos, y profesando ser sabio, no hace otra cosa que convertirse en necio. Porque es imposible ser sabio prescindiendo de Dios. El que desecha a Dios tiene, en el mejor de los casos, una perspectiva muy limitada y defectuosa de la realidad, de la vida en general y del ser humano en particular. Y al desechar a Dios, desprecia la sabiduría por excelencia y eterna, se pierde en el laberinto de los conocimientos humanos y se convierte en sabio según su propia opinión.

Antiguamente el intelectual era el sacerdote o el ministro religioso. A partir del siglo dieciocho, con Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), considerado uno de los escritores más influyentes de todos los tiempos, quien a su vez era un desequilibrado mental con delirio de persecución, y un mentiroso patológico, convencido de su absoluta rectitud moral, comenzaron a surgir los intelectuales modernos y laicos, entre los que ha habido creyentes en el Dios verdadero, agnósticos y ateos. Según el historiador británico Paul Johnson, en su libro titulado Intelectuales,  “por primera vez en la historia humana, y con confianza y audacia creciente, estos hombres afirmaban que podían diagnosticar los males de la sociedad, y curarlos, usando sólo sus propios intelectos”. Estos “nuevos intelectuales laicos”, afirma Johnson, desde entonces “han sometido con deleite a la religión y a sus protagonistas al escrutinio crítico”. (Es incomprensible cómo los intelectuales le han prestado tanta atención durante más de dos siglos a las ideas incongruentes y contradictorias del sagaz e infame de Rousseau. Sólo la credulidad y la ceguera humanas pueden explicar al menos en parte este fenómeno.  En el libro ya citado, Johnson señala que “todo esto es muy desconcertante y sugiere que los intelectuales son tan poco razonables, tan ilógicos y tan supersticiosos como cualquiera. La verdad parece ser que Rousseau fue un escritor de genio, pero irremediablemente desequilibrado tanto en su vida como en sus ideas”.) Además de lo antes dicho, debe tenerse presente que la intransigencia y el extremismo fueron características distintivas de casi todos los intelectuales más influyentes de las dos últimas centurias, como Rousseau, Shelley, Marx, Ibsen, Tolstoi, Brecht, Russell, Sartre,  Gollancz y Hemingway, para mencionar sólo a algunos de los más conocidos.

 

A pesar de que hay diversidad de ideologías entre la intelectualidad y no existen criterios de objetividad absoluta para reconocer a una persona como intelectual, consideramos que un “intelectual ateo” es en gran medida un oxímoron, una contradictio in terminis, aun teniendo en cuenta el alto grado de secularización y hostilidad hacia el cristianismo del mundo actual. El auténtico intelectual busca la verdad sobre todas las cosas, aunque el descubrimiento de la misma le obligue a menudo a cambiar de parecer. Ciertamente, como en una de las definiciones ya citadas, el intelectual está enamorado de la sabiduría: una sabiduría que incluye sin lugar a dudas la palabra de Dios. Esta búsqueda invariablemente conducirá de regreso a Dios, porque el principio de la auténtica sabiduría “es el temor de Jehová” (Proverbios 1:7). Además, el auténtico intelectual, aunque casi siempre es opinionado y crítico, no es sabio en su propia opinión ni soberbio, pues esto es característico del ignorante, no del genuino intelectual, del necio, no del sabio.

 

El auténtico intelectual tiene una mente abierta ante las distintas interpretaciones de la realidad, sin embargo posee discernimiento y sabiduría desarrollados y refinados por un profundo conocimiento de la palabra de Dios, los cuales le permiten con convicción y denuedo, en base a los principios expuestos en la palabra de Dios y a una percepción correcta de la realidad, intentar guiar a la sociedad y por ende contribuir de alguna manera a la transformación del mundo para bien. Aunque, a decir verdad, en el mundo actual este papel tradicional y un tanto mesiánico del intelectual ya ha pasado a la historia. Su rol actual no es tan determinante como quizás lo fue en otras épocas. Además, el auténtico intelectual jamás pierde de vista que Dios existe, está presente y se mantiene muy al tanto de todo lo que ocurre en este mundo que Él creó, a pesar de que los falsos intelectuales modernos quieran de un plumazo hacerlo desaparecer.

 

El verdadero intelectual es tolerante con las ideas ajenas, aunque discrepe de las mismas. El escritor cubano Jorge Mañach, en su ensayo titulado La crisis de la cultura en Cuba, con mucho acierto afirma: “El intelectual que se pique definitivamente con un juicio adverso al punto de acibarar su antigua simpatía, no tiene de “intelectual” sino el ribete, pues aun estará por florecer en él la devoción esencial de todo espíritu culto, que es el amor a la verdad, y en todo caso, al respeto de la civil opinión ajena”. Sin embargo, pese a que el auténtico intelectual debe ser tolerante con las ideas ajenas y a su vez ser consciente de sus flaquezas y tener presente sus limitaciones y lagunas de conocimientos, existe una debilidad humana universal y perenne que los amenaza constantemente, no sólo a ellos, sino también al resto de la humanidad, a saber: no creer la verdad y darle crédito a la mentira. Y la mentira a menudo es difícil de descubrir, porque cabalga sobre los lomos de la verdad.

 

Para concluir, citamos como ejemplo de auténtico intelectual a Clive Staples Lewis, nacido en Belfast, Irlanda en 1898. C.S. Lewis fue profesor de Literatura Medieval y Renacentista en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y ha sido uno de los grandes intelectuales de todos los tiempos. El maestro apologista fue autor de Las Crónicas de Narnia, Cartas del diablo a su sobrino, Trilogía cósmica, Mero cristianismo, La abolición del hombre, El problema del dolor, Los cuatro amores y muchas otras conocidas e influyentes obras literarias a nivel mundial. Se convirtió al cristianismo en 1931 y se hizo miembro de la Iglesia de Inglaterra (Anglicana). El propio Lewis señala su amistad con el escritor británico J.R.R. Tolkien (El señor de los anillos) y los escritos de G.K. Chesterton como influencias definitivas en su conversión.

 

Por supuesto, estamos hablando de “auténticos intelectuales”, y de estos, desafortunadamente, ha habido muy pocos en el mundo.

 

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso escrito del autor

 


Resultados de la resurrección de Cristo

marzo 19, 2008

caravaggiotomas.jpg

Caravaggio, Tomás el incrédulo

 

 

“Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres”. El Apóstol Pablo, en 1 Corintios 15:19

 

 

 

Un escéptico francés llamado Renán dijo: “Vosotros los cristianos vivís rodeados de la fragancia de un sepulcro vacío”. Un enemigo de la resurrección afirmó lo siguiente: “Si la resurrección tuvo realmente lugar, tenemos que admitir que el cristianismo es lo que reclama ser, es decir, una revelación directa del mismo Dios”. El apóstol Pablo, habiendo visto al Cristo resucitado y habiendo escuchado su voz, afirmó con gozo y plena certeza: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho” (1 Corintios 15:20).

 

 

Aunque todos vamos a morir un día, jamás he conocido a alguien que afirme que ha venido a este mundo con el propósito de morir. No obstante, Cristo vino al mundo precisamente para morir en sacrificio por los pecados de cada persona: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). Jesucristo murió para resucitar al tercer día. Sin la resurrección, su muerte en la cruz carece de totalmente de valor. La resurrección de Cristo es la piedra angular del cristianismo. Negar este hecho histórico es destruir el fundamento del cristianismo. La fe cristiana tiene como base la resurrección de Cristo. Por eso el verdadero cristianismo es la fe del Resucitado. En otras palabras, no hay cristianismo sin resurrección.

 

Ahora bien, ¿cuáles son los resultados de la resurrección de Cristo? Es decir, ¿qué efectos ha tenido la resurrección de Cristo en este mundo?

 

 

 Resultados de la resurrección en relación con el creyente

Creyente en Cristo es aquel que ha aceptado la palabra, la persona y la obra de Cristo en su favor. Creer no es simple asentimiento intelectual o simpatía, sino plena confianza en lo que Cristo dijo, lo que es y lo que hizo. Cristo dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Auténtico cristiano es aquel que ha creído o depositado su confianza en el hecho de que Jesucristo es el único camino que conduce a Dios, la única verdad revelada sobre la salvación del hombre, y la única persona capaz de darnos vida eterna, como resultado de su propia resurrección física de entre los muertos.

De manera que la resurrección de Cristo nos da seguridad de que Dios ha aceptado a todo aquel que ha depositado su confianza en lo que Cristo dijo, en lo que es y en lo que hizo. Dios ha declarado justo a todo aquel que ha creído en su Hijo Jesucristo: “Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1).

 

La resurrección de Cristo es, además, el sello de aprobación del Padre sobre el sacrificio del Hijo en la cruz. La resurrección no sólo demuestra que Cristo venció la muerte sino también el pecado. Si Cristo no hubiera resucitado, la fe de todo creyente carecería de valor, seríamos falsos testigos, porque predicamos que Jesús resucitó, y aún estaríamos en nuestros pecados, perdidos irremediablemente. Porque si Cristo murió por nuestros pecados y no pudo levantarse de entre los muertos al tercer día, entonces el pecado lo venció. Y si el pecado venció a Cristo, todavía los creyentes en él son pecadores perdidos. Además, todos los que creyeron en Cristo y murieron, jamás se levantarán de la tumba, si no hay resurrección. Si el cristianismo es sólo para esta vida, no sirve para nada, porque no existe cristianismo ni vida eterna sin la resurrección de Cristo (1 Corintios 15:12-19). Si Cristo no resucitó y los muertos no resucitan, hagamos todo lo que nos venga en gana, porque no habrá que rendirle cuentas a nadie después de la muerte. De manera que la resurrección de Cristo provee a los creyentes seguridad de su propia resurrección e inmortalidad: “Sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús” (2 Corintios 4:14).

 

 

 

Resultados de la resurrección en relación con el resto de la humanidad

 

La resurrección de Cristo proporciona la certeza, la garantía de una resurrección para toda la humanidad: “Y vi a los muertos, grades y pequeños, de pie ante Dios, y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras” (Apocalipsis 20:12).

La resurrección de Cristo, finalmente, es la prueba irrefutable de Dios de que habrá un día de juicio para todo ser humano que le rechazó en esta vida: “Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras” (Apocalipsis 20:13). La Biblia afirma que Dios es Dios de vivos, no de muertos (Lucas 20:38), de manera que todo el que no creyó en Cristo ni aceptó el remedio divino para el problema del pecado, no está inscrito en el libro de la vida, pues éste es un libro de vivos espiritualmente, no de muertos.

 Estamos celebrando un año más de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Hagamos una pausa para hacer memoria de lo que Él hizo por nosotros, porque su muerte y resurrección constituyen el evento más importante en toda la historia de la humanidad. Cristo se humilló por nosotros. En la cruz Él cargó con el peso del pecado de toda la humanidad y venció a Satanás, el enemigo de las almas. Al resucitar, venció a la muerte y ahora está “coronado de gloria y de honra” y está sentado “a la diestra de la Majestad en las alturas”. Cristo se convirtió en el Hijo del Hombre para que nosotros pudiéramos ser hijos de Dios. Él vino a esta tierra para que nosotros pudiéramos ir al cielo. En la cruz, Él murió por nuestros pecados, para que nosotros pudiéramos participar de su justicia. Cristo participó de nuestra naturaleza para que nosotros pudiéramos hacernos partícipes de la suya. Él resucitó, y mediante su resurrección nos da la seguridad de que Dios ha aceptado a todo el que ha creído en Él y nos garantiza nuestra propia resurrección y vida eterna.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la publicación total o parcial sin permiso escrito del autor


Pensamientos sueltos

noviembre 28, 2007

waterrocks_close.jpg

 “Cada vez que un hombre ríe, añade un par de días a su vida”. Curzio Malaparte, escritor italiano
 
 No me siento más viejo con el transcurso del tiempo. Cuando me miro en el espejo cada mañana me doy cuenta de que los años no han pasado por mí: ¡se me han quedado pegados en la cara!

Venimos a este mundo no sabiendo nada. Sin embargo al llegar a la adolescencia pensamos que lo sabemos todo. A menudo es necesario que transcurran veinte o treinta años antes de que comprendamos lo poco que realmente sabemos.

La corrección política es una enfermedad paralizante que impide que el hombre tenga el valor de decir lo que realmente piensa.

¿Quién dice que los seres humanos no tenemos control del tiempo? ¡Cada vez que lavo mi automóvil o estreno un par de zapados llueve!

Nada es gratuito en esta vida, ni siquiera la libertad que disfrutamos, pues les ha costado mucho y a menudo todo a aquellos que han luchado para conseguirla y preservarla.

Las personas verdaderamente importantes en nuestra vida son las que nos felicitan el día de nuestro cumpleaños. Las demás, importan poco. ¿Quién te felicitó el día de tu cumpleaños?

La gratitud es como las flores: adorna los jardines desolados y grises de nuestra existencia con color, fragancia y alegría, y hasta convierte las penas más grandes en esperanza y victoria.

La ignorancia es atrevida, pues el que la padece confunde la astucia con la sabiduría y la temeridad con el valor.

El mal aliento es como la infidelidad matrimonial: la persona afectada casi siempre es la última que se entera.

Alguien ha dicho que la música no se piensa, se siente. No obstante estimo que mucha de la que se considera música en la actualidad, si se pensara un poco, jamás se consideraría música.  

La resignación no es una virtud sino un defecto. Resignarse es someterse involuntariamente (estoy sentado por fuera, pero parado por dentro); es debilidad y falsa humildad, que es siempre hipocresía. 

Siempre he oído decir que en los asuntos del corazón nadie manda. No obstante, cada vez que he visto a un hombre perdidamente enamorado quien ha mandado invariablemente ha sido la mujer.

Mi abuelita solía decir que la vejez tiene cara de perro. Yo digo que debemos tener cuidado, porque, como dijera Albert Schweitzer, el rostro que tenemos a los sesenta es el que merecemos.

La Biblia no es un libro científico, no obstante cada vez que trata sobre cualquier asunto relacionado con la ciencia, lo hace con exactitud inequívoca. Alguien ha dicho, con toda la razón, que a la Biblia, al igual que a los leones, no hace falta defenderla: sólo basta con abrirles la jaula.

El efecto negativo o positivo que puede tener la humanidad con respecto al calentamiento global es el mismo que tendrían los habitantes de la Florida si todos decidieran bajar la temperatura en la calle, en agosto al medio día, abriendo puertas y ventanas con el aire acondicionado encendido.

Guido F. Castellanos

Se prohíbe la publicación total o parcial sin permiso escrito del autor


¿Qué sería del mundo si no existieran las flores?

noviembre 19, 2007

      

 

flowersdrybrushfresco-copy.jpg

 La gratitud como actitud de vida

  

 Dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo“. Efesios 5:20 

 

¿Qué sería del mundo si no existieran las flores? Los jardines quedarían desolados y tristes sin la alegría de la infinidad de formas, matices de colores y fragancias de esos delicados milagros que cada día enriquecen nuestras vidas. ¿Qué le regalaría el hombre enamorado a la mujer amada o a la esposa? El hogar se quedaría sin sus mejores adornos y, en fin, el mundo sería muy distinto, tristemente distinto, empobrecido e incompleto, si no existieran las flores. 

 La gratitud es como las flores: adorna los jardines desolados y grises de nuestra existencia con color, fragancia y alegría, y hasta convierte las penas más grandes en esperanza y victoria.  

 A menudo, sin embargo, la sobreabundancia se convierte en un estorbo que no nos permite ver la mano de Dios en todo lo bueno que nos sucede y que hemos recibido. ¿Acaso tenemos algo que no hayamos recibido? Por ejemplo, ¿quién nos dio la inteligencia y los talentos que tenemos? ¿De dónde vienen la abundancia material, la salud y la vida misma? Son valiosísimos dones otorgados por un Dios que, sin merecerlos, los derrama sobre nosotros a diario.  

 Sin embargo, la gratitud tiene un enemigo despiadado y mortal en la vida del ser humano: el orgullo. La persona orgullosa no es agradecida, porque el orgullo anula el agradecimiento. Mi abuelita materna solía decir que la persona ingrata no merecía vivir. Y no estaba muy lejos de la verdad. En la Biblia se relata la historia de diez leprosos que Cristo sanó. Después de que Cristo los sanara, sucedió algo muy curioso: sólo uno de los diez leprosos volvió para darle las gracias a Jesús por haberle restablecido la salud. Al que volvió a dar gracias, Cristo le preguntó: “¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” (Lucas 17:1:19). Esto, aunque pueda sorprendernos, es una actitud bastante común entre los seres humanos. Y es que la gratitud es mucho más que un gesto: se trata de una actitud hacia Dios como Señor y Soberano, y hacia nuestros semejantes. De la misma manera en que la luz destruye la oscuridad, la gratitud como actitud de vida en nosotros acaba con el orgullo, porque ciertamente nada tenemos que no hayamos recibido.  

 Cuando damos gracias, debemos tener presente que el mismo vocablo proviene de la palabra “gracia”, que significa “favor no merecido”, de modo que el agradecimiento es un reconocimiento de que no merecemos lo que hemos recibido.  

 La gratitud puede transformar en amigos a los conocidos. La persona desagradecida no tiene amigos, pues su ensimismamiento, su orgullo enceguecedor, su autosuficiencia y su impaciencia no le permiten ver el enorme valor que tienen otras personas y lo mucho que pueden enriquecer su vida. Siempre es más importante el dador que la dádiva, porque “la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee”.  

No obstante lo dicho, uno no puede sentirse agradecido por aquello que no sabe que tiene. Y es que el verdadero cristiano siente profunda y constante gratitud hacia Dios por el regalo de la vida eterna que de Él ha recibido por medio de Jesucristo. El apóstol Pablo pudo decir: “Gracias a Dios por su don inefable” (II Co. 9:15). ¿Qué significa eso del “don inefable”? El término “don” viene de la palabra griega “charis”, que significa regalo. Un don es un regalo. En este caso se trata nada menos que de un regalo de Dios. Dice, además, que es un don o regalo “inefable”, es decir, que no se puede explicar con palabras, porque es indescriptible. ¿Nos damos cuenta de qué clase de regalo tiene que ser éste para que el mismo apóstol Pablo no encuentre palabras para explicarlo? Y este es el regalo de Dios al hombre: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Dios nos regaló a Su único Hijo. Todo regalo tiene un precio. Cuando recibimos un regalo el día de nuestro cumpleaños o en Navidad, damos las gracias al dador, reconociendo así que no lo merecemos. No obstante, ese regalo que no nos costó nada a nosotros le costó algo o mucho a la persona que nos lo hizo. Alguien siempre paga el precio por todo lo que recibimos. De igual manera, Cristo pagó el precio, con su muerte en la cruz, para poder ofrecerle a la humanidad el regalo de la vida eterna. Y hoy lo ofrece gratuitamente a todo el que quiera recibirlo: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). 

 En esta época en que celebramos el Día de Acción de Gracias y luego la Navidad, agradezcamos lo mucho que hemos recibido sin merecerlo, incluso la libertad que todavía disfrutamos en este país, y pidamos a Dios que nos ayude a desarrollar la gratitud como actitud de vida. Y no nos olvidemos de ser generosos con los demás y de hacerlo con alegría, porque “más bienaventurado es dar que recibir” (Hch. 20:35).

 Guido F. Castellanos

Este artículo fue publicado en El Nuevo Herald, el 23 de noviembre, 2006 

Se prohíbe la publicación total o parcial sin permiso escrito del autor